Fiesta, «harina» y un test de drogas: el caso de Sanna Marin
Un vídeo de móvil, borroso, con un audio todavía peor. En él se distingue, según algunos medios locales, una palabra finlandesa: «jauhojengi», que viene a traducirse como «la pandilla de la harina». De ahí a la cocaína media un salto que nadie ha demostrado.
Sanna Marin, primera ministra de Finlandia, anunció que se sometería a un test de drogas tras la filtración de esos vídeos de fiesta, y el gesto abrió el enésimo rifirrafe sobre qué se le puede exigir a un jefe de Gobierno.
El vídeo, la palabra y lo que no aparece en él
El material filtrado muestra a la primera ministra bailando y cantando en un ambiente privado. Nada más. No hay imágenes de consumo, no hay sustancias a la vista, no hay testigos que hayan declarado haber visto nada. Todo el edificio del escándalo se sostiene sobre una transcripción discutida y sobre la fama, ganada a pulso, de que Marin es una dirigente a la que le gusta salir.
Salir de fiesta no es delito en Finlandia, y menos para quien cobra por gobernar, aunque la frontera entre lo privado y lo público se estrecha cuando tu cara preside el país.
¿Sirve de algo un test de drogas hecho con retraso?
Un análisis de orina no es una máquina de la verdad. En el debate se enlaza una guía sobre cómo no dar positivo y se sostiene que basta con espaciar el consumo, beber agua e informarse. De ahí el argumento más repetido en contra: someterse al control cuando ya ha pasado un tiempo prudencial dice bastante menos de lo que parece.
El cálculo se lee en dos direcciones opuestas. Quien propone el test por iniciativa propia, sostiene una parte, es porque sabe que no ha consumido nada. La otra responde que un positivo habría acabado con ella y que un negativo no convence a quien ya tenía el veredicto escrito de antemano. El resultado, en cualquier caso, no consta de forma pública.
150.000 euros al año y una llegada por la puerta de atrás
El reproche que más se repite no tiene que ver con la cocaína. En el debate se afirma que Marin percibe alrededor de
150.000 euros anuales como jefa de Gobierno y que llegó al cargo sustituyendo a Antti Rinne, apartado por su partido tras un conflicto con los sindicatos del servicio postal finlandés. Se sostiene que no se presentó como candidata a primera ministra y que fue la formación quien la colocó ahí.
Cierto o no el relato, funciona como munición. Si el puesto no se ganó en las urnas, el escrutinio sobre la conducta privada se multiplica. Y con esa vara se mide también la carrera posterior: a los puestos grandes de la política europea —Comisión, Consejo, secretaría general de la OTAN— se les atribuye un sueldo por encima de
350.000 euros al año más dietas, y esa es la meta que se le atribuye a ella.
De la fiesta de Helsinki al mapa de la OTAN
El asunto saltó de la crónica social a la geopolítica en cuestión de horas. Coincidía con la entrada de Finlandia en la OTAN, y la coincidencia se leyó en clave de bloques: para unos, se estaba desgastando a la dirigente que metía a su país en la Alianza; para otros, era un simple desliz de una política joven a la que se le exige un decoro que no se pide a los dirigentes vecinos.
La comparación que más circuló no era de política exterior. La diferencia de esperanza de vida entre hombres y mujeres es de
cinco años en Finlandia y de diez en Rusia, según la cifra que se repite en la polémica. Ahí cabía casi cualquier conclusión, y se sacaron casi todas.
La foto en la residencia oficial y el doble rasero
La polémica no se quedó en los vídeos. Se filtró una imagen de dos amigas de la primera ministra besándose, con poca ropa, en la residencia oficial. Ese segundo frente reabrió la pregunta clásica: dónde acaba la vida privada de un cargo público y dónde empieza el uso de lo público para fines privados.
La respuesta que se da en media Europa es que depende de quién sea el protagonista y de qué interese ese mes. El papel del marido, que en las quinielas aparece como figurante, dio para titulares propios. Y el asunto derivó hacia el puritanismo: hay quien argumenta que el escándalo dice más del observador que de la observada.
Lo que se discute al final no son las sustancias
Fuera del ruido, los números que quedaron sobre la mesa son otros: el sueldo de la primera ministra, el coste de los altos cargos europeos, la brecha de esperanza de vida entre países vecinos. Nadie ha demostrado consumo alguno. Ni falta que hace para que el asunto siga dando titulares.
Un audio inaudible bastó para montar una causa entera. Esa es la parte que descoloca: la prueba más sólida de todo el expediente es una palabra que puede significar cualquier cosa.