199.300 afiliados menos en agosto: el peor dato desde 2019
La Seguridad Social perdió
199.300 afiliados en agosto, el mayor descenso en un mes de agosto desde 2019, mientras el paro registrado subió en
21.905 personas. La cifra se ha recibido con un escepticismo que no distingue de dónde viene el mensaje: el mismo dato sirve para celebrar la resistencia del mercado laboral y para certificar que el
empleo que se crea es cada vez más frágil. La brecha entre afiliación y paro registrado —casi
180.000 personas de diferencia entre bajas y aumento del desempleo— es el primer punto que nadie termina de explicar.
El turismo no es el sector que más cae, pero cae
El discurso oficial insiste en que los sectores vinculados al turismo no son los que registran mayores caídas. La respuesta más repetida es que el turismo
siempre cae en agosto, porque los contratos se extinguen el día 31 y las empresas cierran por vacaciones. Es decir: la estacionalidad explica el descenso, pero no lo convierte en buena noticia.
La educación firma el desplome más pronunciado, con
75.869 cotizantes menos en el mes, acumulando el peor fin de curso desde que hay registros. El despido masivo de profesores en verano deja de ser una anomalía para convertirse en tendencia estructural del mercado de trabajo español.
¿Por qué se dan de baja 200.000 cotizantes y solo sube el paro en 22.000?
La aritmética no cuadra a simple vista: si se pierden 199.300 afiliados y el paro registrado solo aumenta en 21.905 personas, hay casi
180.000 personas que desaparecen de los registros sin aparecer en las listas del desempleo. Las explicaciones que circulan apuntan a los fijos discontinuos inactivos —trabajadores con contrato vigente pero sin actividad, que no computan como parados— y a los pluriempleados, que inflan la afiliación contando varias veces a la misma persona.
Un sindicato cifra en
600.000 los pluriempleados y en
830.000 los fijos discontinuos inactivos, y sostiene que el Gobierno «continúa maquillando la realidad». La reforma laboral que debía reducir la temporalidad ha producido, según esta lectura, una figura contractual que difumina la frontera entre empleo y desempleo.
Del escepticismo al recuerdo de 2008
La conversación deriva pronto hacia el paralelismo con la crisis anterior. Quien trabajaba entonces recuerda sueldos de
1.200 a 1.400 euros netos con jornada completa, alquileres que se comían un tercio del salario fuera de Madrid y una cesta de la compra que no obligaba a elegir entre comer y pagar la luz. Hoy, sostiene esa misma comparación, se cobra lo mismo con todo más caro.
El dato que descoloca es el del paro: entonces se rozaba el
30%, ahora ronda el
11%. La tasa es mejor. La sensación de fragilidad, dicen quienes la viven, es peor. Y la vivienda aparece en cada tramo de la conversación como el factor que ninguna estadística de empleo logra compensar.
La hostelería que no encuentra camareros y la que los rota cada dos días
Hay un fenómeno que contradice el relato de la escasez de mano de obra: bares y terrazas que alternan camareros con contratos de uno o dos días, sin que falte personal. No son migrantes, señalan quienes lo observan de cerca: son jóvenes sin otra opción. El empleo se crea, sí, pero troceado.
La lectura más incómoda es que no se está creando empleo neto, sino repartiendo el existente en porciones más pequeñas. Un contrato de cuatro horas, un día alterno, una ruta de reparto. El total de ocupados aguanta; la calidad de cada puesto, no.
La pregunta que sobrevuela todo el análisis no es cuánto empleo se destruye en agosto, sino cuánto del que figura en los registros existe de verdad. Con
199.300 afiliados menos y una tasa de paro que sigue siendo la mitad que la de 2008, las dos verdades conviven sin reconciliarse. ¿Cuál de las dos sostiene el próximo ciclo?