Cañita Brava: 450 euros de pensión y 247 de alquiler compartiendo piso
A sus 80 años, el que fuera uno de los rostros más reconocibles de la televisión de los noventa vive en un apartamento modesto a las afueras de A Coruña que comparte con otras cinco personas. Lo contó él mismo en el programa
Y ahora Sonsoles, de Antena 3, donde el espacio anunció en exclusiva su delicado estado de salud. «Vivo con cinco compañeros, yo cobro una pensión de 450 euros y pago de alquiler 247 euros y los gastos incluidos», resumió. La ecuación no admite muchas lecturas: algo más de doscientos euros al mes para comer, medicinas y todo lo demás.
El testimonio, emitido en vídeo, dejó sin palabras a la mesa del programa. No era para menos. Cañita Brava no es un desconocido: llegó a trabajar con Santiago Segura y forma parte de esa galería de personajes inclasificables que la televisión española convirtió en fenómeno popular. El contraste entre aquel escaparate y el cuarto compartido con una nevera para cuatro es el verdadero asunto de esta historia.
Qué dice exactamente sobre su pensión y su alquiler
Los números que dio son precisos y no dejan margen a la interpretación.
450 euros de pensión frente a
247 euros de alquiler, con los gastos incluidos en esa cantidad. Quedan poco más de doscientos euros para el resto del mes.
Las condiciones de la vivienda completan el cuadro: dos cuartos de baño y una sola ducha para cinco residentes, un armario en el que no le entra la ropa y una nevera compartida entre cuatro personas. La compra, dijo, ronda los
12 euros. «Me gustaría tener un piso con el tiempo, pero si no sale, pues mala suerte», añadió.
Hay un detalle administrativo que conviene aclarar porque circula cierta confusión al respecto. La pensión no contributiva de jubilación o invalidez se sitúa en una cuantía íntegra de
628,80 euros al mes en 14 pagas, según los datos que se manejan en la propia conversación. Que él cobre 450 apunta a una situación distinta de la que sugiere el relato más simple. El ingreso mínimo vital, por su parte, deja de percibirse a partir de los 65 años, de modo que no es una vía disponible en su caso.
Los tres millones y medio que se esfumaron en la ruleta
La parte que más ha removido el avispero es la confesión sobre su patrimonio. «Gané mucho dinero,
tres millones y medio, pero lo gasté por ahí», admitió. El mecanismo, según su propio relato, fue el juego: «Iba ocho días al mes a jugar a la ruleta; una vez gané 1.000 euros, pero me metí otra vez y perdí 8.000 euros». Y la conclusión, sin adornos: «Podría haber tenido un piso, cometí ese error».
Ahí se abre la grieta entre dos formas de leer la misma biografía. Una parte del análisis sostiene que quien dilapida esa cantidad en un casino renuncia voluntariamente a cualquier derecho a la compasión pública. El argumento tiene su lógica contable: con una fracción mínima de ese dinero, la vejez habría sido otra cosa. La otra corriente, bastante menos ruidosa, apunta a un patrón conocido: personas con dificultades cognitivas o adicciones severas que, cuando manejan sumas importantes, acaban desplumadas por terceros que aparecen mientras hay dinero y desaparecen cuando se acaba.
La cifra exacta, además, admite discusión. Hay quien sostiene que hablaba en pesetas y que los tres millones y medio equivaldrían a unos 18.000 euros. La conversación no se cierra.
El cáncer de colon y el estado de salud
Al margen de la economía, el programa abordó su situación médica. «Tengo cáncer de colon. Hay que confiar en los médicos», dijo. Añadió que se siente acompañado: «Me apoya todo el mundo; la gente no quiere que me pase nada. Mi sobrina y mi sobrino me adoran».
Es el punto donde el tono cambia. Aquí no hay margen para la ironía ni para el ajuste de cuentas retrospectivo. Un hombre de 80 años con un diagnóstico oncológico, una pensión que no llega a los 500 euros y una habitación compartida. Los datos son los que son.
Por qué su caso reabre el debate de las pensiones mínimas
La historia funciona como un test de estrés del sistema. Si una persona que trabajó en el espectáculo, que fue popular y que llegó a manejar sumas considerables termina así, la pregunta obvia es qué ocurre con quienes nunca tuvieron nada. La respuesta que da el propio caso es incómoda: la red de protección existe, pero es fina.
Hay quien extrae de aquí una lección de responsabilidad individual: asegurar un piso y unos ahorros mínimos cuando las vacas son gordas, porque las flacas llegan sin avisar. Y hay quien señala el diseño mismo de las prestaciones, donde una persona sin un solo día cotizado puede acceder a una ayuda superior a la de un jubilado que arrastra décadas de precariedad. El cálculo completo, partida a partida, da una diferencia que sorprende a quien lo hace por primera vez.
Queda el dato que descoloca. Un hombre que ganó tres millones y medio vive con 450 euros al mes en una habitación que comparte con cinco personas, con una ducha para todos y una nevera para cuatro. Y lo cuenta sin dramatizar, casi como quien repasa una cuenta pendiente. «Si no sale, pues mala suerte», dice. Esa frase, más que cualquier cifra, explica por qué este caso no se olvida fácilmente.