Carmen Calvo y el relato de la violencia: los números que no salen
La afirmación de Carmen Calvo de que «a las mujeres nos asesinan» y que «todo lo demás es secundario» ha reabierto una discusión que va mucho más allá de la consigna política. El punto de partida es una cifra: 18 mujeres asesinadas en lo que va de año en un país de casi 50 millones de habitantes. A partir de ahí, el análisis se bifurca entre quienes defienden la prioridad absoluta de la violencia machista y quienes sostienen que el marco oficial oculta un problema mayor.
El dato que más incomoda, según algunos participantes, no es el que se repite en los medios, sino el que se omite. Frente al recuento anual de víctimas mortales por violencia de género,
hay quien afirma que los homicidios de hombres superan con holgura esa cifra y apenas generan cobertura. La comparación con otras realidades, como las desapariciones en Ciudad Juárez, sirve a algunos para relativizar el caso español; a otros, para exigir que se mire el fenómeno sin filtros ideológicos.
¿Cuántas mujeres asesinadas hay realmente y cómo se contabilizan?
El recuento oficial de víctimas mortales por violencia de género se limita a los casos en que la pareja o expareja es hombre. Esa definición deja fuera otros homicidios de mujeres y, sobre todo, los de hombres. El resultado, según se argumenta, es un marcador que sube o baja según el criterio administrativo, no según la violencia total.
18 casos en lo que va de año es la cifra que se maneja, y sobre ella se construye la alarma social que, según algunos, justifica presupuestos, organismos y campañas.
Hay quien señala que esa contabilidad selectiva distorsiona la percepción. Si se aplicara el mismo rasero a los suicidios masculinos —miles cada año— o a los accidentes laborales mortales, el mapa de la violencia cambiaría por completo. La pregunta no es si una víctima importa más que otra, sino por qué el sistema estadístico decide contar solo una parte.
El perfil del agresor: nacionalidad y origen como variable incómoda
Uno de los puntos más polémicos del análisis es el origen de los agresores. Se argumenta que
los extranjeros representan alrededor del 15% de la población pero cometen un porcentaje muy superior de los crímenes machistas. La cifra que circula es del 53%, aunque su metodología y su fuente no siempre se explicitan. Esa brecha, si se confirma, apuntaría a patrones culturales y a fallos en la integración que el relato oficial evita mencionar.
La cautela es obligatoria aquí: correlación no implica causalidad, y generalizar a partir de un porcentaje es un terreno resbaladizo. Pero ignorar la variable por completo, como hace el discurso institucional, tampoco es neutral, según los críticos. El debate real no es si los datos existen, sino por qué se seleccionan unos y se silencian otros.
Los hombres también mueren: suicidios, accidentes y violencia no contabilizada
La otra cara de la moneda es la de los hombres que mueren por causas que el marco de género no recoge.
Los suicidios masculinos superan ampliamente el número de mujeres asesinadas por sus parejas, y muchos de ellos se producen tras procesos de separación, denuncias y pérdida de contacto con los hijos, según se sostiene. La relación entre esas muertes y el sistema legal es un asunto que apenas se investiga.
Se sostiene que las denuncias falsas y las condenas sociales destruyen vidas sin que exista un mecanismo de reparación equivalente. La estadística oficial no mide ese daño. Tampoco mide los homicidios de hombres a manos de sus parejas mujeres, que no suben al marcador de violencia de género. El resultado, según esta visión, es un relato asimétrico que convierte una parte del problema en el problema entero.
El coste económico del relato: organismos, subvenciones y propaganda
Detrás de la consigna hay, según algunos, una estructura económica. La alarma social sostiene un entramado de organismos, observatorios, planes y subvenciones que dependen de que el problema se perciba como estructural y permanente. Si las cifras bajaran a cero, el chiringuito se quedaría sin argumento. Esa es la razón, sostienen algunos, por la que el relato se recicla cada cierto tiempo con nuevos titulares.
La comparación con otras causas —el cambio climático, por ejemplo— es inevitable. Ambas funcionan como marcos morales que justifican políticas públicas y gasto. La diferencia es que la violencia machista tiene víctimas reales, lo que hace más difícil cuestionar el marco sin parecer cómplice. Pero cuestionar el marco no es negar las víctimas: es exigir que se cuenten todas.
El contexto internacional: de Ciudad Juárez a las cifras españolas
La comparación con Ciudad Juárez aparece como contrapunto. Allí desaparecen más mujeres en una semana que en España en un año, según se afirma, y el fenómeno tiene causas distintas. Ese contraste sirve para dos cosas: relativizar la magnitud del caso español y, al mismo tiempo, señalar que la violencia contra las mujeres es un problema global que no se resuelve con un eslogan.
El problema de fondo es metodológico. Sin una definición común de qué cuenta como violencia de género, cada país construye su propia estadística y su propio relato. España ha optado, según los críticos, por un criterio estrecho que maximiza la alarma y minimiza el resto. No es un error técnico: es una decisión política.
Con estos mimbres, es previsible que el debate se recicle cada vez que una figura pública repita la consigna. Lo que no cambiará es la asimetría estadística, según los críticos: mientras el sistema siga contando solo una parte de las muertes, la foto seguirá siendo incompleta. Y los números, a diferencia de los discursos, no se dejan maquillar sin que alguien lo note.