China exige a Rusia el gas al precio doméstico subvencionado
El proyecto del gasoducto Power of Siberia 2, que debía unir los yacimientos del oeste de Rusia con el mercado chino a través de Mongolia, se ha topado con un muro que no es técnico sino aritmético. Según las filtraciones publicadas por el
Financial Times a comienzos de junio de 2024,
China habría exigido pagar el gas a precios casi idénticos a los de su propio mercado interno ruso, históricamente
hipersubvencionado, y además estaría dispuesta a comprar solo una fracción pequeña de la capacidad anual proyectada del tubo, fijada en
50.000 millones de metros cúbicos.
El pulso llega en el peor momento posible para Moscú. Gazprom, la gasística estatal, cerró el ejercicio con unas pérdidas de
629.000 millones de rupias (unos 6.900 millones de dólares), las mayores en al menos un cuarto de siglo, después de que Europa haya reducido drásticamente sus compras de gas ruso. El mercado europeo, que durante décadas fue el cliente natural del gas ruso, se ha ido cerrando y Rusia busca desesperadamente una salida hacia el este. La pregunta es a qué precio.
Qué ha pasado con el gasoducto Power of Siberia 2
El trazado proyectado arranca en el Okrug autónomo de Yamalo-Nenets, en el centro de Rusia, y termina en Mongolia Interior, ya en territorio chino. Son
2.600 kilómetros de infraestructura pensada para redirigir hacia Asia el gas que antes fluía hacia Europa. Si se aprueba, conectaría los yacimientos occidentales rusos —los que alimentaban el mercado europeo— con la demanda china, dando oxígeno a Gazprom en un contexto de sanciones occidentales que empiezan a hacer mella en sus cuentas.
Pero las conversaciones no avanzan. Las fuentes citadas por el
Financial Times apuntan a un estancamiento serio por dos motivos: el precio que China está dispuesta a pagar y el volumen que estaría dispuesta a comprar. El desacuerdo fue, según esas mismas fuentes, la razón por la que Alexei Miller, consejero delegado de Gazprom, no acompañó a Vladimir Putin en su visita de Estado a Pekín el mes anterior.
El pulso Putin-Xi: tres peticiones y una negativa
En aquel encuentro, Putin habría planteado a Xi Jinping tres demandas principales: mayor implicación de la banca china en Rusia, un acuerdo para el gasoducto y el rechazo chino a una cumbre de paz sobre Ucrania programada para ese mes. Pekín confirmó poco después que no asistiría a la cumbre en Suiza. Las conversaciones para proteger a uno o varios bancos chinos que financien el comercio de componentes para el sector de defensa ruso siguen en marcha, aunque lejos de lo que Moscú había pedido.
El Kremlin no respondió a las peticiones de comentarios y Gazprom se abstuvo de pronunciarse. China tampoco contestó. El silencio, en este tipo de negociaciones, suele ser más elocuente que cualquier comunicado.
Por qué China tiene la sartén por el mango
La asimetría es evidente. Rusia ha perdido a su mejor cliente, Europa, y su margen de maniobra se reduce a un puñado de compradores: China, India, Turquía. China lo sabe y negocia en consecuencia. No se trata solo de precio: se trata de cuánto gas está dispuesta a absorber y en qué condiciones. Comprar una porción pequeña de la capacidad del tubo deja a Gazprom con infraestructura infrautilizada y sin retorno garantizado.
Hay quien sostiene que China no está pidiendo el gas a precio de coste, sino lo más barato posible asegurando la supervivencia de ambos socios. Otros ven en el pulso un ejercicio de vasallaje: Rusia cede sin contrapartida visible porque no tiene alternativa. La discusión sobre si esto es una alianza estratégica o una relación de dependencia recorre todo el análisis.
Las dudas sobre el relato: ¿negociación real o deseo occidental?
No todos los analistas compran la versión del estancamiento. Una corriente escéptica sostiene que las negociaciones de contratos a décadas se llevan con máxima discreción y que solo se filtra lo que las partes quieren filtrar. Desde esa óptica, airear un desacuerdo de precio en plena negociación sería un movimiento táctico, no una filtración involuntaria. La propia naturaleza del medio que publica la información —el
Financial Times— es, para algunos, motivo suficiente para desconfiar.
Enfrente está el argumento de que los números de Gazprom no admiten interpretación: pérdidas récord, mercado europeo en retirada y necesidad urgente de colocar volumen. Si China no firma en sus términos, Rusia se queda con el gas bajo tierra y la infraestructura sin amortizar.
Qué gana China y qué pierde Rusia
China mejora su competitividad industrial con energía barata y refuerza su posición negociadora frente a otros proveedores. Rusia, en cambio, se enfrenta a un escenario donde su principal activo exportador pierde valor de mercado. La cuestión no es si China quiere el gas —lo quiere—, sino a qué precio y con qué garantías. Y en esa ecuación, Moscú parte con desventaja.
El desenlace sigue abierto. No hay acuerdo firmado, no hay precio cerrado y no hay fecha. Lo único confirmado es que el tubo que debía redirigir el gas ruso hacia Asia sigue sin construirse, y que cada mes que pasa sin acuerdo es un mes más de pérdidas para Gazprom.