Colas de 1.500€ por el iPhone 15 en Barcelona
¿Cuánto vale tenerlo 24 horas antes que los demás? Mil quinientos euros, si la respuesta se da de pie en una acera de Plaza
Cataluña con el iPhone 15 esperando dentro de la tienda de la manzana, esa que ocupa el chaflán y que cualquiera que frecuente la zona sabe localizar aunque el cartel no salga en la foto. El precio de partida ronda los
1.500 euros; el modelo más barato de la gama no llega a los 1.000. Y una parte de la fila, según varios comentarios, reparte ese pago en cuotas.
La escena se repite con cada lanzamiento y arrastra el mismo reproche:
un sueldo entero por un teléfono que mañana estará en todas las estanterías y que hoy solo aporta una cosa, la primicia. Conviene separar tres cosas que el asunto mezcla sin descanso: lo que cuesta, lo que deja de comprarse con ese dinero y el ruido que todo lo envuelve.
¿Por qué se hace cola por el iPhone 15 si se puede pedir online?
Porque la cola no se hace para tener el teléfono, se hace para ser de los primeros en tenerlo. Pedirlo por internet y recibirlo en casa al día siguiente cuesta menos tiempo, menos esfuerzo y el mismo dinero, pero no da foto. La contradicción es la de siempre: una impaciencia feroz para comprar y una paciencia de monje para esperar de pie.
La lectura más extendida apunta a dos resortes clásicos de manual: la escasez inducida, con pocas unidades para que parezca que hay menos de las que hay, y la validación social, porque si tanta gente espera es que el producto merece la pena. No es una teoría exclusiva de Apple, es el guion de cualquier lanzamiento con fecha marcada en rojo.
¿Cuánto cuesta el iPhone 15 y cómo se paga?
El precio de referencia es de
1.500 euros y la versión más asequible de la familia se queda por debajo de los 1.000. Según varios mensajes del hilo, una parte de la fila no suelta esa cantidad de golpe y la reparte en mensualidades. El contraste con el resto del mercado resulta brutal cuando se pone al lado un teléfono de 200 euros, o uno de 180, capaz de hacer lo que la mayoría usa a diario: llamadas, mensajes, correo, fotos, música y navegar sin dramas.
¿Es criticable gastarse 1.500 euros en un móvil?
Aquí la conversación se parte en dos. Una corriente sostiene que el dinero es de quien lo gana y que nadie tiene por qué rendir cuentas por gastarlo en lo que le apetezca, sea un teléfono o una moto. La otra contesta con la cuenta doméstica: si el desembolso equivale a un sueldo medio y encima se aplaza, la queja posterior sobre el alquiler o la imposibilidad de independizarse pierde bastante fuerza.
Y aparece un matiz que el tiempo no ha desmentido: no es solo una cuestión de bolsillo, es el orden de prioridades el que ha cambiado. Lavadora, nevera y después la tele. Ese era el guion de antes. Ahora el teléfono va primero y la nevera espera.
El coste de oportunidad: del iPhone al coche de segunda mano
El cálculo más repetido pone cifras a la alternativa:
1.500 euros de móvil más 2.500 de patinete eléctrico suman 4.000, y con 4.000 se accede a un coche decente de segunda mano, con el cambio de nombre pagado y un año de seguro incluido. La letra pequeña del automóvil también está sobre la mesa: 400 euros de póliza, 100 al mes de parking y luego ITV, mantenimiento, impuestos y combustible.
El pulso entre patinete y coche se resuelve, según quien lo plantea, en versatilidad: el patinete cubre trayectos que ya se pueden hacer andando; el coche abre la otra punta del país con los colegas dentro. El desglose completo, partida a partida, da una diferencia que sorprende a quien nunca lo ha hecho.
Relojes de 275.000 euros y la escala real del lujo
Para calibrar de qué se está hablando, la comparación se sube al extremo: un reloj de
275.000 euros en la muñeca de Carlos Sainz, de una firma que patrocina a Ferrari y que también ha acompañado a Nadal en partidos, con modelo propio en su honor. Ahí el precio no tiene relación alguna con la función; tiene que ver con el código de acceso a un círculo.
Con esa vara de medir, los 1.500 euros dejan de parecer una locura y pasan a ser una entrada barata al mismo club. Lo cual no arregla la cola, solo la explica un poco mejor.
¿Se está pinchando la burbuja del iPhone?
Hay quien detecta síntomas de agotamiento. En la jornada señalada había gente comprando en el centro de Barcelona, sí, pero ni rastro de la estampida de otras ediciones: en condiciones normales el teléfono se habría agotado en todas partes y habría hordas recorriendo tienda por tienda el centro. Si la fiebre baja, la cola se convierte en residuo, no en termómetro.
A eso se suma la sospecha recurrente de que una parte de los primeros puestos está pagada o forma parte de una campaña viral. No hay ninguna prueba de ello y conviene subrayarlo: es una hipótesis, no un dato.
El desvío hacia agravios que nada tienen que ver con el precio
Como en cada lanzamiento, una porción de la conversación abandona el asunto económico y deriva hacia prejuicios: supuestos robos a la salida de la tienda, sospechas sobre quién compra y descalificaciones sobre el aspecto de la gente de la fila. Ninguna de esas afirmaciones viene acompañada de una cifra ni de un caso concreto, y no explican nada del precio ni de la financiación.
Otra parte de los comentarios se limita a reclamar que cada cual haga con su dinero lo que quiera. Es una salida legítima, aunque deje intacta la pregunta incómoda: por qué se aguantan horas de pie por algo que se puede tener al día siguiente.
Al final, el teléfono se venderá igual, funcionará igual el lunes que el viernes y se devaluará exactamente igual. Lo único que no admite pago a plazos, ni se arregla con una actualización de software, es el rato de pie en la acera.