De aceite de oliva a girasol: así se degrada la cesta de la compra
Los alimentos más baratos del supermercado son, casi siempre, los más sanos. Avena, arroz, legumbres, huevos, sardinas. Y sin embargo la sensación dominante es la contraria: que comer bien se ha convertido en un privilegio. Esa paradoja recorre un relato de cesta de la compra que ha ido perdiendo calidad pieza a pieza.
Aceite de girasol en lugar de oliva para aliñar, pan de supermercado en vez del de panadería, mucha pasta y arroz donde antes había filetes, pollo como única carne, la fruta reducida a lo más barato de temporada y las latas de atún convertidas en artículo de lujo, sustituidas por salchichas. Quien lo cuenta lo resume así: «me temo que enseguida empezará a empeorar mi salud, y la de la población en general».
Qué cambia en la cesta cuando la inflación aprieta
El ajuste no es una decisión única, sino una suma de microdecisiones que nadie firma en ningún papel. El aceite de oliva se cambia por girasol; la barra de panadería, por tres barras de supermercado que cuestan poco más de un euro y saben a poco. Las lonchas de jamón se cortan cada vez más finas, con guiño incluido, y el suplemento vitamínico es de lo primero que desaparece del carrito. El yogur con frutas pasa a ser yogur básico de sabores y las galletas se eligen ya sin mirar si llevan aceite de palma.
En la leche se busca la entera para echar menos cantidad, con una sospecha que nadie confirma: que la semidesnatada sea leche entera rebajada con agua y el aporte calórico acabe siendo similar. El chocolate se selecciona por precio por kilo, asumiendo que sabe peor que la marca de siempre. Y la miel de apicultor se sustituye por la de marca blanca, de la que se dice que «parece más bien un sucedáneo». El carrito se llena, el ticket cuadra y la despensa, en cambio, se vacía de nutrientes.
¿Es más caro comer sano que comer mal?
Aquí el relato del empobrecimiento choca con el precio real de las estanterías. La avena es de lo más barato del pasillo de cereales y de lo más nutritivo. Las legumbres se han quedado tiradas porque casi nadie cocina:
un kilo ronda los 2 euros y da para una veintena de platos. El pescado azul más humilde es también el más sano y se vende a 3 euros el kilo en muchas lonjas. Y los huevos, aunque han subido, siguen saliendo a
1,80 euros la docena talla L en algunos establecimientos, o a 3 euros si son de gallinas en libertad y comprados a un productor cercano.
La conclusión que se repite con más insistencia: lo que encarece la cesta no es la comida sana, sino los procesados, las galletas y el chocolate. Cambiar proteína animal por arroz y legumbres abarata la compra, no la encarece. El problema es que ese cambio se percibe como una pérdida de estatus y de sabor, no como un ahorro. Y quien cocina poco acaba pagando por comodidad justo lo que le falta en el plato.
El cálculo de la cesta: 10 euros por semana y 80 al mes
Hay quien sostiene que con
10 euros se come una semana: más de cinco kilos de fruta y verdura, un paquete de arroz y otro de legumbres. Añadiendo 40 euros mensuales de verdura y fruta y otros 40 de proteína animal, la cifra total ronda los 80 euros al mes por persona. El contraste con la compra real llega de otra parte: cuatro productos en el supermercado, 23 euros; tres aguacates, un tomate, media docena de huevos ecológicos, un limón y medio litro de aceite de oliva, 20 euros más. Total,
43 euros sin nada especial. El desglose fino de esa cuenta, con la horquilla entre comprar en origen y comprar en tienda, es lo que deja las posturas más enfrentadas.
Al otro lado hay quien recuerda que el agricultor cobra
0,25 euros el kilo por producto que en tienda se vende a 3 y a 4,50 euros, según la variedad. La distancia entre esos dos números no la explica la sequía ni el transporte: la explican los intermediarios. Y en el extremo opuesto están los que directamente dudan del diagnóstico: si el problema es la falta de ingresos, la discusión sobre el precio del tomate es una forma elegante de no hablar de salarios.
La calidad que baja sin que ningún índice la mida
El índice de precios mide precios, no composición. Nadie certifica cuánta agua lleva una leche, cuánta sacarosa tiene un tarro de miel o cuánto pesa de verdad una loncha de jamón cortada fina. Varias voces cifran el encarecimiento percibido en
un 20% respecto a 2022, un porcentaje que no aparece en ninguna estadística oficial pero que encaja con la sensación general de estar comprando menos con el mismo dinero.
A eso se suma un debate sobre el origen. Se argumenta que el producto barato llega de más lejos, con más trayectos y menos frescura, y que la miel envasada puede ser una mezcla de orígenes distintos. Son afirmaciones que circulan sin verificación y que conviene tratar como lo que son: percepciones de consumidor, no datos de laboratorio. Pero explican por qué mucha gente deja de fiarse de la etiqueta antes que del precio.
Trabajar más, ahorrar o resignarse: las salidas que se discuten
Frente al diagnóstico, las recetas se pelean. Una línea sostiene que el problema son los ingresos y que la solución pasa por trabajar más o por ganar más. Otra apunta al gasto superfluo y anima a recortar en salidas, telefonía y suscripciones antes que en comida, porque lo que no se gasta hoy en comer se acaba gastando mañana en medicamentos. Una tercera, más práctica, propone comprar directo a productores, hacerse con el pescado de descarte para caldos, montar un huerto propio o recurrir al ayuno intermitente para saltarse una comida.
También aparece la vía patrimonial: buscar una vivienda más barata y trasladar el ahorro al plato. Y un cálculo que se repite como termómetro: quien no consigue apartar cierta cantidad al mes está perdiendo terreno, aunque no lo note. Con salarios de 1.200 euros hace un cuarto de siglo y 1.560 ahora, la pregunta incómoda es qué se esperaba que pasara.
El resultado, de momento, es una cesta más barata y peor. ¿Se puede comer bien gastando menos o el ajuste terminará pasando factura en la salud de quien lo hace?