Comercios en pánico: la Navidad se apaga y las ventas caen
El árbol de Vigo medirá 44 metros y llevará una estrella de 19 metros de diámetro. Es la única cifra que crece en esta campaña. Mientras Abel Caballero anuncia el adorno navideño «más grande del planeta», los indicadores adelantados apuntan todos en la misma dirección: la actividad se hunde, la inflación ha recortado la capacidad de compra y el consumo llega a diciembre con el freno de mano echado. En una empresa de reformas lo ven a diario: los clientes piden lo más barato, las calidades más bajas, y los proyectos se cancelan. Solo se ejecuta lo mínimo. Muchas veces, reparaciones pagadas por aseguradoras.
El diagnóstico se repite sector a sector. En el taxi, este mes hay «un parón brutal, estilo 2008». Una tienda de bicicletas de barrio estudia cerrar en unos meses: los márgenes han caído y solo entran reparaciones, que dejan poco. En la calle Fuencarral de Madrid han bajado la persiana dos locales con más de una década de antigüedad, uno frente al otro. Y en Asturias, los bares han recortado horarios: cierran domingo, lunes, martes y miércoles.
Por qué el Black Friday y la Navidad llegan con las ventas mermadas
La secuencia es conocida. La revisión anual de las hipotecas añade de media unos 300 euros al recibo y el resto lo hace la inflación. El resultado es un consumidor que compra menos y más barato, que adelanta las compras a las promociones para esquivar el «atraco» de los comercios en diciembre y que convierte la cena navideña en un plato de subsistencia. «La escudella i carn d’olla será el plato estrella esta navidad... adiós a los langostinos», resume un mensaje. La ironía duele porque es exacta.
El calendario tampoco ayuda. Nochebuena y Nochevieja caen en domingo, las cenas de empresa se concentran en dos días y mucha plantilla no irá. A eso se suma la incertidumbre meteorológica de la semana festiva y el arranque tardío de las estaciones de esquí. Cada pieza resta.
El IVA al 21% y el hastío del consumidor
Hay un cabreo transversal con el IVA. «Casi un cuarto del total», se repite. El impuesto se cuela en cada reparación, cada recambio, cada menú. Y el hastío no es solo de precio: es de servicio. Quien antes llevaba el coche al taller ha decidido hacerlo en casa tras comprobar que le cobran tarifa premium por materiales, mano de obra de agencia espacial y, encima, le devuelven el vehículo con plásticos rotos y presillas fuera de sitio.
La restauración sufre el mismo cálculo. Cocinar en casa lo que antes se pedía fuera, quedar en plan picnic en vez de en un bar, comprar el género y prepararlo uno mismo. No es tacañería. Es aritmética.
El comercio de proximidad cierra y el alto standing resiste
Queda un nicho que sigue contratando: el alto standing. Reformas integrales, equipamiento caro, caprichos. Pero está competido y es difícil de captar. El resto del mercado se ha partido en dos: reparaciones de aseguradora y subsistencia. En el sector de la bicicleta, el debate derivó hacia el equipamiento: hay quien sostiene que dejarse 10.000 euros en material es una de las primeras tonterías que se recortan cuando la hipoteca sube y la comida se encarece.
El comercio online y las grandes cadenas tampoco son un refugio. La queja se extiende a perfumerías y a firmas concretas a las que se pide boicot por motivos que nada tienen que ver con el precio.
Una Navidad sin ilusión y con menos niños
Hay un factor que no sale en las estadísticas de ventas: las ganas. La Navidad se vive mejor con críos pequeños en casa, y la baja natalidad explica parte de esa falta de ilusión inocente. Sin cabalgata que esperar, sin mañana de Reyes que madrugar, la celebración se reduce a un trámite. La gente está quemada y celebra por inercia.
Aun así, la campaña no está muerta. En algunas ciudades los comercios «no dan abasto» y hay quien ya ha cerrado sus compras navideñas. La geografía del consumo se ha vuelto caprichosa: depende del barrio, del sector y de cuánta hipoteca quede por pagar.
¿Y si el problema no fuera el precio, sino que hemos dejado de querer comprar?