España no toca la media europea de renta desde 2010
La economía española crece en el agregado y se hunde en el bolsillo. Bruselas ha colocado a España bajo vigilancia por sus ingresos reales per cápita: no ha alcanzado ni un solo año la media europea desde 2010. El titular lo resume sin adornos, y la letra pequeña lo empeora: el PIB sube porque hay más gente empujando el carro, no porque cada uno empuje más fuerte.
Un análisis difundido en un foro apunta a una
burbuja demográfica sostenida sobre fondos europeos y déficit público. Llega población, sube la demanda interna, el Estado recauda más por vivienda, comida y consumo básico, y el resultado se maquilla como crecimiento. Según ese análisis, es el mismo mecanismo de 2008 con otro ladrillo: entonces fue el crédito hipotecario, ahora es la población.
¿Por qué baja la renta per cápita si el PIB crece?
Porque el numerador engorda y el denominador engorda más. El reparto es el problema:
los mismos médicos, las mismas carreteras, la misma policía y el mismo parque de viviendas que hace una década, pero para un 15% más de gente. Cuando la tarta no crece y los comensales se multiplican, la ración se encoge. No hay más misterio, aunque haya quien prefiera llamarlo progreso.
La vivienda es el termómetro más visible. La demanda incesante de quienes llegan se cruza con el acaparamiento de los propietarios de toda la vida, y el precio hace el resto. El joven que trabaja no compite solo contra otro joven: compite contra el ahorro acumulado de dos generaciones. Ahí se rompe cualquier expectativa de ascenso social.
El IPC que no cuadra con la cesta de la compra
Hay una corriente que sostiene que los ingresos reales caen porque el IPC oficial no refleja lo que se paga en la caja. El argumento se apoya en indicadores físicos:
cae el consumo eléctrico por habitante, el de carburantes, el de automóviles y el de carne. Si la estadística dice que vivimos mejor y la cesta dice lo contrario, alguien está midiendo mal. O midiendo lo que conviene.
La reduflación completa el cuadro. Las pastillas de turrón menguan de tamaño mientras el precio sube, las latas de conserva traen menos producto, el kilo de cordero pasa de 10 a 20 euros. No es una impresión de comprador nostálgico: es una estrategia comercial documentada en los lineales. El sueldo nominal se mantiene y la capacidad de compra se desangra sin que nadie firme el recorte.
Salarios congelados e impuestos que no se deflactan
El otro mordisco llega por Hacienda.
El IRPF sin deflactar, el ITP del 6 al 10%, el IVA del 16 al 21% y una retahíla de tasas nuevas —residuos, bebidas edulcoradas, plástico, emisiones— convierten cada subida salarial en un espejismo. Se cobra más bruto y se vive peor. La presión fiscal sube sin que ningún gobierno tenga que anunciar una subida de impuestos: basta con no tocar los tramos.
El empleo añade su propia trampa. La figura del fijo-discontinuo, heredera de la legislación laboral franquista que prohibía el trabajo temporal, permite maquillar la estadística de paro con contratos indefinidos que no garantizan estabilidad.
En España hay entre 33 y 34 millones de personas en edad laboral y se trabajan el equivalente a 17 millones de jornadas anuales. El país no tiene un problema de desempleo: tiene un problema de empleo real.
Servicios públicos al límite y presión social
El malestar tiene traducción política. El crecimiento electoral de formaciones críticas con la inmigración, sobre todo entre los más jóvenes, se lee como síntoma de una tensión que ya no se gestiona con paños calientes. Una parte del análisis sostiene que el sistema de bienestar se diseñó para una población que ya no existe y que nadie se atreve a redimensionar. Otra responde que sin llegada de trabajadores el sistema de pensiones se cae antes.
El escenario que más se repite en los análisis pesimistas no es una explosión, sino un goteo: cuando la UE cierre el grifo de los fondos, el BCE deje de comprar deuda y los intereses se disparen, tocará recortar pensiones, sueldos públicos y ayudas. Entonces sí habrá conflicto, y lo protagonizará gente con menos que perder. La pregunta no es si llega, sino cuándo y con qué intensidad.
El dato que descoloca es este: con estos diferenciales de renta y coste de vida, la presión migratoria interna debería ser masiva. Sigue siendo marginal. Nadie cuadra del todo por qué.