El menú de 1,97 € que Bielorrusia vende como logro social
¿Cuánto cuesta comer en Bielorrusia? Siete rublos. Al cambio,
1,97 euros por un primero, un segundo, bebida y postre en cualquier comedor estatal, según el mensaje que ha reabierto la discusión sobre el coste real de la vida al otro lado del antiguo telón de acero. La foto que lo acompaña muestra otra cosa: caldo de sobre, una albóndiga de cerdo con puré y algo que unos leen como galleta industrial y otros como un dulce de requesón. Barato es. Lo de
delicioso ya depende del hambre y de la nostalgia.
Qué incluye el menú de 7 rublos y por qué se compara con España
El tipo de cambio que se maneja es de 3,5 rublos bielorrusos por euro, así que los 7 rublos equivalen a esos 1,97 euros. Con descuentos para trabajadores de fábrica, el comedor estatal se presenta como un servicio de barrio y heredero directo de los comedores soviéticos. La comparación con España llega en la primera réplica: por dos euros, se argumenta, aquí se sirve una tapa, y cualquier comedor social da mil vueltas a esa bandeja. La crítica más repetida no discute el precio, sino el plato. Nada fresco, ni una pieza de fruta, ni verdura, proteína ultraprocesada y almidón de sobre. Un menú así en un colegio español habría abierto telediarios; en el Este, se defiende como conquista social.
Barato para el turista, caro para el salario local
Un participante calcula que el sueldo medio bielorruso
no llega a los 500 euros, mientras el español supera los 2.000. Ese es el nudo del asunto: dos euros son calderilla para un visitante con euros en el bolsillo y una comida entera para quien cobra 300. La media española tampoco se libra del escrutinio. Frente al dato de los 2.000 euros se responde que la mayoría de los asalariados cobra entre 1.000 y 1.500, y que la presión fiscal no es la misma en Minsk que en Madrid. El reparto por tramos remata la faena: de los
22.000.000 de asalariados, el 25% supera los 31.500 euros brutos anuales y el 10% pasa de 42.000. Con esos números, el menú deja de ser un
chollo y pasa a ser aritmética.
Cupones, gasto mínimo obligatorio y la anécdota de la lata de gato
Quien viajó al bloque soviético recuerda otra película. En 1980, relata un participante, al entrar en aquellos países había que declarar los días de estancia y aceptar un gasto diario mínimo: te daban tiras de cupones por ese valor y en la primera cena se iba buena parte. La gente, añade, tenía mal aspecto, se vendían dólares y marcos en cada esquina y los restaurantes decentes, con ciervo, jabalí, caviar y champán a precio de saldo, eran cosa de turistas. La anécdota que redondea el cuadro es la del piloto Viktor Belenko, que se pasó a Occidente con un MiG-25 y compró una lata con un gato dibujado creyendo que era atún. Era comida para gatos. Dijo que sabía mejor que las conservas que encontraba en la URSS.
Quien ha recorrido el país con cámara en mano ofrece el reverso amable: por unos 5 euros se come hasta reventar en un local modesto, repitiendo segundo, y los hoteles son baratos. Otra experiencia insiste en que en Minsk se come bien y barato, con fruta local y arándanos del bosque a precio de saldo, efecto colateral de las sanciones con Europa.
¿Por qué la nostalgia del Este no se traduce en votos?
La presunta añoranza tiene nombre en Alemania del Este:
ostalgie, con negocios que replican los alimentos de la RDA. De ahí a las urnas hay un trecho. Treinta años después de la caída del comunismo en la esfera soviética, los partidos que lo reivindican obtienen resultados residuales allí donde se presentan, sostiene uno de los intervinientes, y en varios países exsoviéticos están directamente prohibidos. La contra replica que la nostalgia es real y que en Rusia el apoyo va a quien se percibe como restaurador del orgullo nacional perdido, aunque no reivindique la economía socialista. Si el Kremlin es continuista de la URSS o
capitalismo de amiguetes con otro envoltorio es una discusión que nadie cierra.
El dato de deuda que ninguno de los dos bandos usa bien
Según los porcentajes que cita un participante, Bielorrusia tiene una
deuda pública en torno al
40% del PIB, frente al
115% español. Si se mide la deuda externa sobre PIB, el 66% bielorruso contra el 111% español. La diferencia admite dos lecturas opuestas: o el sector público bielorruso está mejor gestionado, o dedica muchos menos recursos a su población. Las dos caben en el mismo gráfico y ninguna deja bien a quien presume de comedor.
Queda la duda de si el mérito del menú consiste en cocinar barato o en pagar poco al que lo cocina. Ninguna de las dos cosas sale en la foto.