El SMI como techo: cuando el salario mínimo se convierte en el más común
Hubo un tiempo en que el Salario Mínimo Interprofesional era una rareza estadística. En 1998, el SMI en España estaba fijado en 68.040 pesetas mensuales, unos 408,93 euros al cambio. Sin embargo, un joven de 17 años que repartía pizzas en moto ese mismo verano asegura haber sacado unas 8.000 pesetas diarias, lo que traducido a 21 días de trabajo suponía unos 1.008 euros mensuales. El triple del mínimo legal. La anécdota, lanzada en un foro de economía, ha desatado un debate que va mucho más allá del cálculo nostálgico: ¿es verdad que antes se cobraba más o es que ahora el SMI se ha convertido en el salario más habitual?
La pregunta que incomoda: ¿alguien cobraba 700 euros antes de 2018?
El planteamiento inicial es directo: si el SMI era tan bajo, ¿por qué nadie recuerda haberlo cobrado? La respuesta que emerge de las experiencias compartidas es que el mercado laboral de los años 90 y 2000 funcionaba con una horquilla salarial mucho más amplia. Un camarero en la costa podía juntar 220.000 pesetas al mes entre sueldo, sobre en negro y propinas, según relata un participante que trabajó en veranos universitarios. Eso son unos 1.300 euros de la época. Una cajera de supermercado en 2007 cobraba poco más de 600 euros, pero era un caso aislado, no la norma. El consenso que se dibuja es que los sueldos de baja cualificación estaban mejor pagados en términos reales, aunque fuera con dinero negro y horas extras.
El mantra de la derecha: ¿mito o realidad?
La discusión deriva rápidamente hacia el terreno político. Hay quien sostiene que con gobiernos de derecha se seguirían cobrando 700 euros, una afirmación que el mensaje inicial pone en cuarentena. Los datos que aportan los participantes apuntan a que el SMI ha pasado de ser una excepción a convertirse en el salario más frecuente. Un cálculo que circula en el debate señala que hace 20 años ni 400.000 personas cobraban el SMI en toda España, mientras que ahora son millones. La consecuencia, según esta corriente, es que se ha igualado a todos por abajo: una limpiadora con trienios puede cobrar casi lo mismo que un profesor, con horquillas que no superan los 300 euros brutos.
La inflación se come el relato: lo que antes valía, ahora no llega
El argumento más repetido es que el problema no es solo cuánto se cobra, sino qué se puede comprar con ello. Un participante recuerda que en 2007, con 900 euros, se vivía; hoy, con 1.000, apenas se comparte piso. La vivienda aparece como el factor desequilibrante: un zulo de 25 metros cuadrados por 1.000 euros era impensable antes, y ahora es una realidad en las grandes ciudades. La cesta de la compra se ha encarecido, según varios testimonios, un 30% o más, mientras los salarios han permanecido estancados. El término mileurista, que en los 2000 designaba a quien no podía comprar casa, hoy describe a quien no puede ni alquilar sola.
Los casos concretos: de 1.800 euros netos en 2007 a 1.100 para un mecánico
Las experiencias personales salpican el debate. Un participante relata que en 2007, en Madrid, ganaba 1.800 euros netos en una consultora, con muchas horas extras, y que al cambiarse de empresa mantuvo el sueldo sin echar ni una hora extra. Otro recuerda que en el sector del automóvil los 1.500 euros estaban asegurados para cualquier puesto, mientras que ahora un mecánico cobra 1.100. Un tercero menciona que en 2014, en plena recuperación, las ofertas rondaban los 800 euros netos en Madrid y las de recursos humanos decían aquello de «es lo que hay». La conclusión que se extrae es que la precariedad no es nueva, pero se ha extendido a sectores que antes pagaban bien.
El SMI como herramienta política: ¿sube los sueldos o los iguala?
La crítica más dura se dirige a la política de subidas del SMI. Hay quien argumenta que se trata de una medida para elevar las bases de cotización y recaudar más, siguiendo órdenes europeas, pero que no tiene en cuenta las diferencias territoriales ni la capacidad de las empresas. El resultado, según esta visión, es que el salario mínimo se ha convertido en el salario más común, arrastrando a la baja a los sectores medios. La réplica, desde otra corriente, es que sin el SMI esos trabajadores cobrarían aún menos y que la verdadera causa de la pérdida de poder adquisitivo es la inflación y el precio de la vivienda, no la intervención del Estado.
La pregunta que queda flotando es incómoda: si antes se cobraba más y ahora el SMI es el salario más frecuente, ¿de qué sirve subir el mínimo si el resto de la escala se ha desplomado?