Conspiranoicos en La Sexta: la etiqueta que iguala al que duda
Etiquetar a alguien de conspiranoico se ha convertido, según los participantes en el debate, en la manera más rápida de cerrar una discusión sin llegar a tenerla. Ese es el punto de partida de la polémica abierta por un programa de La Sexta que entrevista a personas que defienden tesis conspirativas, como las estelas químicas o el rechazo a las vacunas, y que ha derivado en una pelea bastante más incómoda: si reírse de los bulos sirve para desactivarlos o sirve, sobre todo, para meter bajo el mismo sambenito a quien simplemente desconfía del relato oficial. El asunto sigue coleando en el foro.
Qué se emitió y por qué el espacio funciona como un espejo
El formato pone cámara y micro delante de gente que sostiene tesis difíciles de verificar. Uno de los participantes resume el catálogo habitual de estos relatos —las farmacéuticas y sus vacunas, la «fumigación», el control de la población o la
Agenda 2030— y lo presenta como la base de toda conspiración. Uno de los momentos más citados es el de un agricultor que reconoce que no puede hacer análisis científicos ni gastar dinero en ellos. Ahí está el resumen del problema que señalan sus críticos: afirmaciones extraordinarias sin pruebas a la altura.
El programa no descubre nada. Ordena el catálogo. Y ese es justo el reproche de una parte de la audiencia crítica: el ridículo ajeno se usa como argumento de autoridad, como si el absurdo de un entrevistado demostrara por sí solo la solidez del relato contrario. La carcajada no es un dato.
¿Por qué mezclar terraplanistas y críticos debilita a los críticos?
Porque el espectador acaba asociando cualquier duda con el paquete entero. Es la tesis que más se repite: si terraplanistas, creyentes en las estelas y escépticos de la política climática comparten plató y etiqueta, estar en contra de una medida concreta te sitúa, sin más, al lado del que cree que nos fumigan.
En esa lectura, el programa no combatiría la desinformación: la rentabilizaría. La duda razonable —la que pregunta por el coste, por la eficacia o por el interés comercial detrás de una decisión pública— queda contaminada por el vecino de mesa. Quien defiende los bulos sobre salud y clima responde que sin separación previa no hay debate posible, y que mezclarlos con la discrepancia legítima es precisamente lo que hace el
bulo.
Las mascarillas, el episodio que sigue dividiendo
¿Se impuso por ley un objeto de eficacia discutida? Para una parte del debate, sí: la obligación de llevarla hasta para pasear por el monte se recuerda como la prueba de que el criterio oficial mutó según convenía. La escena que se repite es la de quien acude al centro de salud siendo el único sin mascarilla y nota todas las miradas encima.
Del otro lado, el reproche que se repite es que quien duda de la versión oficial se cree, sin más, lo que circula por las redes sociales. Las dos posiciones siguen ahí, sin árbitro. Y ahí está el problema que señalan los críticos: cuando el criterio oficial cambia de forma abrupta, la desconfianza no vuelve sola a su sitio.
Lo que el relato oficial acabó matizando
La afirmación de que la vacuna de Oxford fue retirada en cuestión de semanas es uno de los argumentos que se esgrimen para sostener que no todo era paranoia. También se apunta al concepto de enfermo asintomático y a la estadística de mortalidad como construcciones discutidas. Con ese material, una parte del debate defiende que el oficialismo se ha ido desinflando puertas adentro: de un grupo de cinco personas que discutían, una seguía alineada con el criterio oficial, pero ya ponía en duda la vacuna cuando decidió no inocular a sus hijos.
El frente climático va por otro camino. Se recuerda que el planeta ha atravesado al menos cinco extinciones masivas por causas naturales, y que eso no zanja cuál es el peso real de la actividad humana. Discutir el grado no es negar el hecho, se argumenta. La distancia entre matizar y negar es exactamente donde se juega la etiqueta.
El truco viejo de llamar enfermo al que no se cree la versión oficial
Se sostiene que la etiqueta clínica aplicada al discrepante es una técnica antigua, rastreable hasta el asesinato de Kennedy y perfeccionada en televisión: primero se ridiculiza al que duda y tres minutos después se habla de psicofonías y extraterrestres en el mismo plató. El efecto sería el mismo, se mire por donde se mire: blindar la versión oficial por la vía de la burla.
Conviene no perder de vista el detalle más simple. La palabra que se usa en la conversación para describir el miedo a lo desconocido —
sometizar— no existe en español; es un cruce con somatizar. Se discute mucho sobre el rigor de los demás.
Con la etiqueta ya instalada y el público dividido entre los que se ríen y los que se reconocen en el retratado, lo previsible es que el próximo que pregunte por el coste de una política pública acabe en el mismo saco que el terraplanista. Aunque también puede ocurrir lo contrario: que la carcajada funcione un tiempo y, cuando deje de hacerlo, la desconfianza se haya extendido ya sin necesidad de programa.