Estrella Social
Lonchafinista
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Los inconformes de ayer son los conservadores de hoy
Empiezo diciendo que yo no sé quién esté convocando hoy, y supongo que en días próximos, a las movilizaciones en México. Entiendo, por supuesto, que la gente se harta de la simulación y la ineptitud, y que los gobiernos de Morena se las han arreglado -hazaña política que algún día será estudiada en las facultades de historia y de políticas- para ser más ineficientes que sus presuntos adversarios.
(Paréntesis: los presuntos adversarios son el populista de falsa izquierda PRI y el populista de real derecha PAN, y son presuntos porque los principales cuadros de ambos partidos hace ya tiempo que emigraron cual aves conscientes del frío que se avecina y se han aposentado precisamente en Morena, donde ocupan gubernaturas, secretarías, curules de fruta y senadores, alcaldías y todo tipo de puestos bien remunerados y la mar de cómodos, así que “Morena contra el PRI y el PAN” no pasa de ser un meme propagandístico; Morena es el PRI y el PAN.)
El PRI y el PAN fueron enormemente dañinos para el país, sobre todo al paso del tiempo. Y lo que obtuvieron fue el rechazo de la ciudadanía, sobre todo de los jóvenes, rechazo por el que pasaron el movimiento del 68 (de una limpieza admirable), los sucesos de 1971, las huelgas universitarias, la creación del PRD (que hoy no sabe honrar a los más de 600 perecid que cayeron entre 1988 y 1997 por el delito de querer hacer un partido que desafiara la placidez del sistema) e incluso el movimiento que llevó a López Obrador a la presidencia rodeado de esperanzas que hoy se pudren en el suelo.
Superar eso, insisto, es una hazaña de impericia política de dimensiones colosales.
Lo que más me alarma es que, así como yo no sé quién convoca y qué tan espontáneo pueda ser este movimiento, nadie lo sabe, y por ello cualquier persona razonable se detendría a hacer un análisis de la situación y suspendería el juicio hasta tener más datos. Cierto, la derecha real mexicana de inmediato se ha subido al carro de la protesta, pero esto habla más del oportunismo de la derecha que de la protesta en sí. Cierto, el movimiento podría ser tan poco espontáneo como aquél ejercicio de ingeniería política que fue el 15M en España y que exitosamente consiguió tirar al gobierno socialista y asentar siete años de un gobierno de derecha con Mariano Rajoy al frente. Si eso no era lo que querían, toca asumirlo. Cierto también, puede ser totalmente espontáneo y si se maneja con inteligencia por las bases, puede sacudirse todo intento de instrumentalizarlo por parte, sí, de la derecha de Salinas Pliego y su banda, pero también por una izquierda radical y residual desprovista de otros argumentos que no sean el palo y la piedra.
Todo es una incógnita.
Pero lo increíble, lo inaceptable, lo asombroso, es que no se le trate como una incógnita, sino con la certeza del complot maligno, inmediatamente repetido y ampliado por los medios oficialistas, desde “La base Latinoamérica” de Pablo Iglesias y La Jornada, diario que fuera de oposición repitieron las afirmaciones sin un ápice de posicionamiento crítico, sin dudar de las afirmaciones de Claudia Sheinbaum pese a que ésta no dio pruebas de sus acusaciones… muy al estilo de cómo Fox News o One America News repiten como verdad sagrada cuanto dice Donald Trump.
Ecos del 68
Cuando el movimiento del 68 mexicano, todo era una incógnita y las teorías de la conspiración (que todavía no se llamaban así) abundaban. Cada detalle de los acontecimientos desde el 26 de julio hasta el 2 de octubre era presentado como “prueba” de las maquinaciones de fuerzas mistriosas y malignas. Para el paranoico anticomunista Díaz Ordaz, todo estaba orquestado desde Moscú y era el prolegómeno de la revolución bolchevique con sombrero de charro. (Aclaremos que la paranoia era infundada, la URSS no tenía ningún interés en desestabilizar a un México que mantenía relaciones con Cuba y la URSS y desde el cual iban a Estados Unidos y venían espías y agentes de todo tipo, en una frontera cuya porosidad es inimaginable hoy).
Todas las acciones del gobierno mexicano, sacar a los soldados a las calles, tomar militarmente las principales casas de estudios superiores, hacer detenciones caprichosas, hacer daño y desaparecer a gente que quizás pertenecía o no al movimiento, y culminando con la matanza de Tlatelolco, estuvieron dirigidas por esa íntima convicción de que las modestas exigencias estudiantiles eran los primeros pasos en la formación del Ejército Rojo a la mexicana.
Cuando los archivos de la CIA se desclasificaron, se pudo ver que toda esa paranoia era injustificada. Ni los estadounideneses, que en ese 1968 encontraban agentes soviéticos hasta en la sopa, encontraron a ninguno en el movimiento. Poco consuelo fue éste para quienes perdieron la vida en el desastre provocado por el gobierno.
Y menos consuelo para quienes, convencidos de que en México estaban agotadas las vías democráticas, optaron por tomar las armas, enfrentarse al gobierno desde la violencia y dar pie a la guerra sucia mexicana cuya historia en buena parte está todavía por escribirse.
Cuando escucho -desde la distancia, lo admito, que me da perspectiva pero me hace perder detalle, lo sé- a la presidenta Sheinbaum sugerir que hay “fuerzas malévolas” en acción, que todo es una acción de la derecha e incluso señalar a jóvenes con nombre y cara como enemigos del sacrosanto gobierno, no puedo sino estremecerme. No hay ni un indicio de análisis político, de capacidad de entender que para la gente de a pie la situación es angustiosa (perecid, falta de servicios, sobre todo de salud, una larga lista de omisiones gubernamentales que se solventan con la ametralladora de dinero que se imagina el arma definitiva, el cohecho al pueblo) y por tanto podría ser razonable (que lo sería, pero soy generoso) que la gente saliera a las calles a demandar cambios y esperanza.
Otros lo hicimos, una y otra vez, en contra de los gobiernos del PRI y su descenso a las profundidades de la corrupción, el cinismo y la indolencia. Quien esto escribe, desde 1972 estuvo en las calles, demandando, exigiendo, diciendo al poder (no digo que me escuchara) que los ciudadanos merecían más… más atención, más democracia, más futuro, más oportunidades, más porcentaje del tesoro público empleado en crear millonarios y magnates alejados de la gente.
Y lo peor es que conmigo, con gente como yo, que no somos nadie a ojos del poder, hubo muchos otros más conocidos, más “alguien” a ojos del poder, más distinguidos por su presencia pública, más incisivos en su visión política… y que hoy están cómodamente instalados en los salones del poder, con los salarios del poder, con la impunidad del poder, y ninguno de ellos levanta la voz para decir que aún si esta movilización fuera un sucio truco de la peor derecha, habría que escuchar a quienes sinceramente protestan, exigen, demandan, ejercen sus derechos ciudadanos hoy incivil desde el atril desde donde se ha gobernado México desde hace siete años.
Soy más radical: supongamos que “la derecha” (así, nebulosamente, en esa concepción simplona de la derecha que ha exhibido Sheinbaum) en realidad es la organizadora de esta movilización y supongamos que todos los que van a asistir a ella son ciudadanos con ideas de derecha. ¿Acaso esa adscripción ideológica (debatible, criticable, refutable) cancela hoy los derechos ciudadanos en México tanto como para poner en el disparadero a ciudadanos desprotegidos y exhibirlos en las pantallas para ser señalados desde el atril presidencial? ¿Debería la presidenta señalar con dedo de fuego a todos esos mexicanos que por ser de derecha ya son menos mexicanos o menos personas, o que deberían irse del país -como dijo alguien que me fue cercano- porque sus demandas, exigencias y reclamación de reconocimiento de derechos queda invalidada por pensar distinto de la línea oficial?
Porque eso es exactamente lo que hacía el PRI. Y lo hacía hasta donde alcanzaran sus tentáculos. Uno podía presentarse a cubrir un puesto en un diario amigo del gobierno y ser rechazado “por rojo” (me pasó personalmente).
Como socialdemócrata siempre he dicho, respecto de la derecha pero también de la izquierda divina, la izquierda que estorba, la iluminada, que en el mundo que nosotros queremos hay lugar para ellos… pero en el mundo que ellos quieren no hay lugar para nadie más que para ellos. Y eso es peligrosísimo.
Cerrar puertas y ventanas, oídos y neuronas a lo que reclaman las calles es un quitarse la vida político para cualquier gobierno y de cualquier ideología (yo sostengo que Morena y su gente ya no tienen ideología, se la gastaron en discursos sin realizaciones, y sólo tienen los mismos intereses del populismo convenenciero). Esos mismos que pedían diálogo a los gobiernos lamentables del pasado y que hoy aplauden cuando su gobierno se niega al diálogo con mujeres, padres de niños con cáncer, médicos, madres buscadoras y, ahora, el movimiento autodenominado Generación Z.
Y sin desear la repetición del desenlace, no se me malentienda ni se me acuse de amenazas, no puedo sino recordar el discurso final de Nicolae Ceaușescu el 21 de diciembre de 1989, cuando en una Plaza del Palacio (hoy Plaza de la Revolución) repleta, se asombra infinitamente cuando llegan los inconformes e interrumpen su discurso, lleno de lugares comunes y vacuidades. Elena Ceaușescu le ordena a la multitud que guarde silencio. Nicolae grita que eso es “una provocación”, pero luego pasa a prometer nimios aumentos en salarios, asignaciones por descendientes y pensiones. Los disturbios siguen y se pronuncia “contra quien trate de disminuir nuestra fuerza, la unidad de la nación. ¡Están actuando al servicio de varios círculos imperialistas y servicios de inteligencia para volver a dividir a Rumanía y esclavizar a nuestro pueblo!”
El discurso termina, Ceaușescu deja el balcón y entra a su palacio… no comprende lo que está pasando afuera, la rebelión popular iniciada apenas cinco días antes pero cuya raíz estaba en la carta que seis miembros del Partido Comunista Rumano habián enviado em marzo a President Nicolae Ceaușescu criticando sus abusos y sus políticas económicas. El cuestionamiento de su liderazgo, su convicción impermeable al sufrimiento rumano y los delirantes lujos en los que ha vivido a costa de su gente le impedían comprender. Al día siguiente ni siquiera pudo hablarle a “su pueblo”. El 23, su gobierno se había derrumbado.
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El baño de oro en el palacio de Ceaușescu, reminiscente del gusto de Donald Trump.
Empiezo diciendo que yo no sé quién esté convocando hoy, y supongo que en días próximos, a las movilizaciones en México. Entiendo, por supuesto, que la gente se harta de la simulación y la ineptitud, y que los gobiernos de Morena se las han arreglado -hazaña política que algún día será estudiada en las facultades de historia y de políticas- para ser más ineficientes que sus presuntos adversarios.
(Paréntesis: los presuntos adversarios son el populista de falsa izquierda PRI y el populista de real derecha PAN, y son presuntos porque los principales cuadros de ambos partidos hace ya tiempo que emigraron cual aves conscientes del frío que se avecina y se han aposentado precisamente en Morena, donde ocupan gubernaturas, secretarías, curules de fruta y senadores, alcaldías y todo tipo de puestos bien remunerados y la mar de cómodos, así que “Morena contra el PRI y el PAN” no pasa de ser un meme propagandístico; Morena es el PRI y el PAN.)
El PRI y el PAN fueron enormemente dañinos para el país, sobre todo al paso del tiempo. Y lo que obtuvieron fue el rechazo de la ciudadanía, sobre todo de los jóvenes, rechazo por el que pasaron el movimiento del 68 (de una limpieza admirable), los sucesos de 1971, las huelgas universitarias, la creación del PRD (que hoy no sabe honrar a los más de 600 perecid que cayeron entre 1988 y 1997 por el delito de querer hacer un partido que desafiara la placidez del sistema) e incluso el movimiento que llevó a López Obrador a la presidencia rodeado de esperanzas que hoy se pudren en el suelo.
Superar eso, insisto, es una hazaña de impericia política de dimensiones colosales.
Lo que más me alarma es que, así como yo no sé quién convoca y qué tan espontáneo pueda ser este movimiento, nadie lo sabe, y por ello cualquier persona razonable se detendría a hacer un análisis de la situación y suspendería el juicio hasta tener más datos. Cierto, la derecha real mexicana de inmediato se ha subido al carro de la protesta, pero esto habla más del oportunismo de la derecha que de la protesta en sí. Cierto, el movimiento podría ser tan poco espontáneo como aquél ejercicio de ingeniería política que fue el 15M en España y que exitosamente consiguió tirar al gobierno socialista y asentar siete años de un gobierno de derecha con Mariano Rajoy al frente. Si eso no era lo que querían, toca asumirlo. Cierto también, puede ser totalmente espontáneo y si se maneja con inteligencia por las bases, puede sacudirse todo intento de instrumentalizarlo por parte, sí, de la derecha de Salinas Pliego y su banda, pero también por una izquierda radical y residual desprovista de otros argumentos que no sean el palo y la piedra.
Todo es una incógnita.
Pero lo increíble, lo inaceptable, lo asombroso, es que no se le trate como una incógnita, sino con la certeza del complot maligno, inmediatamente repetido y ampliado por los medios oficialistas, desde “La base Latinoamérica” de Pablo Iglesias y La Jornada, diario que fuera de oposición repitieron las afirmaciones sin un ápice de posicionamiento crítico, sin dudar de las afirmaciones de Claudia Sheinbaum pese a que ésta no dio pruebas de sus acusaciones… muy al estilo de cómo Fox News o One America News repiten como verdad sagrada cuanto dice Donald Trump.
Ecos del 68
Cuando el movimiento del 68 mexicano, todo era una incógnita y las teorías de la conspiración (que todavía no se llamaban así) abundaban. Cada detalle de los acontecimientos desde el 26 de julio hasta el 2 de octubre era presentado como “prueba” de las maquinaciones de fuerzas mistriosas y malignas. Para el paranoico anticomunista Díaz Ordaz, todo estaba orquestado desde Moscú y era el prolegómeno de la revolución bolchevique con sombrero de charro. (Aclaremos que la paranoia era infundada, la URSS no tenía ningún interés en desestabilizar a un México que mantenía relaciones con Cuba y la URSS y desde el cual iban a Estados Unidos y venían espías y agentes de todo tipo, en una frontera cuya porosidad es inimaginable hoy).
Todas las acciones del gobierno mexicano, sacar a los soldados a las calles, tomar militarmente las principales casas de estudios superiores, hacer detenciones caprichosas, hacer daño y desaparecer a gente que quizás pertenecía o no al movimiento, y culminando con la matanza de Tlatelolco, estuvieron dirigidas por esa íntima convicción de que las modestas exigencias estudiantiles eran los primeros pasos en la formación del Ejército Rojo a la mexicana.
Cuando los archivos de la CIA se desclasificaron, se pudo ver que toda esa paranoia era injustificada. Ni los estadounideneses, que en ese 1968 encontraban agentes soviéticos hasta en la sopa, encontraron a ninguno en el movimiento. Poco consuelo fue éste para quienes perdieron la vida en el desastre provocado por el gobierno.
Y menos consuelo para quienes, convencidos de que en México estaban agotadas las vías democráticas, optaron por tomar las armas, enfrentarse al gobierno desde la violencia y dar pie a la guerra sucia mexicana cuya historia en buena parte está todavía por escribirse.
Cuando escucho -desde la distancia, lo admito, que me da perspectiva pero me hace perder detalle, lo sé- a la presidenta Sheinbaum sugerir que hay “fuerzas malévolas” en acción, que todo es una acción de la derecha e incluso señalar a jóvenes con nombre y cara como enemigos del sacrosanto gobierno, no puedo sino estremecerme. No hay ni un indicio de análisis político, de capacidad de entender que para la gente de a pie la situación es angustiosa (perecid, falta de servicios, sobre todo de salud, una larga lista de omisiones gubernamentales que se solventan con la ametralladora de dinero que se imagina el arma definitiva, el cohecho al pueblo) y por tanto podría ser razonable (que lo sería, pero soy generoso) que la gente saliera a las calles a demandar cambios y esperanza.
Otros lo hicimos, una y otra vez, en contra de los gobiernos del PRI y su descenso a las profundidades de la corrupción, el cinismo y la indolencia. Quien esto escribe, desde 1972 estuvo en las calles, demandando, exigiendo, diciendo al poder (no digo que me escuchara) que los ciudadanos merecían más… más atención, más democracia, más futuro, más oportunidades, más porcentaje del tesoro público empleado en crear millonarios y magnates alejados de la gente.
Y lo peor es que conmigo, con gente como yo, que no somos nadie a ojos del poder, hubo muchos otros más conocidos, más “alguien” a ojos del poder, más distinguidos por su presencia pública, más incisivos en su visión política… y que hoy están cómodamente instalados en los salones del poder, con los salarios del poder, con la impunidad del poder, y ninguno de ellos levanta la voz para decir que aún si esta movilización fuera un sucio truco de la peor derecha, habría que escuchar a quienes sinceramente protestan, exigen, demandan, ejercen sus derechos ciudadanos hoy incivil desde el atril desde donde se ha gobernado México desde hace siete años.
Soy más radical: supongamos que “la derecha” (así, nebulosamente, en esa concepción simplona de la derecha que ha exhibido Sheinbaum) en realidad es la organizadora de esta movilización y supongamos que todos los que van a asistir a ella son ciudadanos con ideas de derecha. ¿Acaso esa adscripción ideológica (debatible, criticable, refutable) cancela hoy los derechos ciudadanos en México tanto como para poner en el disparadero a ciudadanos desprotegidos y exhibirlos en las pantallas para ser señalados desde el atril presidencial? ¿Debería la presidenta señalar con dedo de fuego a todos esos mexicanos que por ser de derecha ya son menos mexicanos o menos personas, o que deberían irse del país -como dijo alguien que me fue cercano- porque sus demandas, exigencias y reclamación de reconocimiento de derechos queda invalidada por pensar distinto de la línea oficial?
Porque eso es exactamente lo que hacía el PRI. Y lo hacía hasta donde alcanzaran sus tentáculos. Uno podía presentarse a cubrir un puesto en un diario amigo del gobierno y ser rechazado “por rojo” (me pasó personalmente).
Como socialdemócrata siempre he dicho, respecto de la derecha pero también de la izquierda divina, la izquierda que estorba, la iluminada, que en el mundo que nosotros queremos hay lugar para ellos… pero en el mundo que ellos quieren no hay lugar para nadie más que para ellos. Y eso es peligrosísimo.
Cerrar puertas y ventanas, oídos y neuronas a lo que reclaman las calles es un quitarse la vida político para cualquier gobierno y de cualquier ideología (yo sostengo que Morena y su gente ya no tienen ideología, se la gastaron en discursos sin realizaciones, y sólo tienen los mismos intereses del populismo convenenciero). Esos mismos que pedían diálogo a los gobiernos lamentables del pasado y que hoy aplauden cuando su gobierno se niega al diálogo con mujeres, padres de niños con cáncer, médicos, madres buscadoras y, ahora, el movimiento autodenominado Generación Z.
Y sin desear la repetición del desenlace, no se me malentienda ni se me acuse de amenazas, no puedo sino recordar el discurso final de Nicolae Ceaușescu el 21 de diciembre de 1989, cuando en una Plaza del Palacio (hoy Plaza de la Revolución) repleta, se asombra infinitamente cuando llegan los inconformes e interrumpen su discurso, lleno de lugares comunes y vacuidades. Elena Ceaușescu le ordena a la multitud que guarde silencio. Nicolae grita que eso es “una provocación”, pero luego pasa a prometer nimios aumentos en salarios, asignaciones por descendientes y pensiones. Los disturbios siguen y se pronuncia “contra quien trate de disminuir nuestra fuerza, la unidad de la nación. ¡Están actuando al servicio de varios círculos imperialistas y servicios de inteligencia para volver a dividir a Rumanía y esclavizar a nuestro pueblo!”
El discurso termina, Ceaușescu deja el balcón y entra a su palacio… no comprende lo que está pasando afuera, la rebelión popular iniciada apenas cinco días antes pero cuya raíz estaba en la carta que seis miembros del Partido Comunista Rumano habián enviado em marzo a President Nicolae Ceaușescu criticando sus abusos y sus políticas económicas. El cuestionamiento de su liderazgo, su convicción impermeable al sufrimiento rumano y los delirantes lujos en los que ha vivido a costa de su gente le impedían comprender. Al día siguiente ni siquiera pudo hablarle a “su pueblo”. El 23, su gobierno se había derrumbado.
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El baño de oro en el palacio de Ceaușescu, reminiscente del gusto de Donald Trump.
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