Cryptospain: 600 millones desaparecidos y nadie denuncia
Un yate rumbo a Malta, un calvo con mascarilla y entre 400 y 600 millones de euros volatilizados. Así resume una parte del foro el caso Cryptospain, la presunta estafa que gira en torno a Álvaro Romillo y su club de inversión Madeira Invest. Lo llamativo no es el montante —que también—, sino el silencio que lo rodea:
meses después de la desaparición, no hay denuncias públicas, no hay investigaciones visibles y el 95% de las menciones al caso siguen siendo por los 100.000 euros del asunto Alvise.
El dinero, mientras, sigue sin aparecer. Y las preguntas se acumulan sin respuesta.
El vídeo del «morro» y la recompensa de un millón
La escena que más ha circulado es la de un supuesto intermediario —conocido como «Preico Jurídicos»— ofreciendo
una recompensa de 1.000.000€ libres de impuestos a quien localice a Luis Cryptospain (Álvaro Romillo) en persona. En el vídeo, el hombre amenaza con ir a por él por haberle levantado 15 millones a un «importantísimo amigo empresario vasco». Pasan los meses. Nada.
El episodio, más que miedo, provoca estupefacción. Hay quien señala que el propio denunciante es un presunto estafador —se le atribuyen cobros de 1.000€ por adelantado más cuotas mensuales a clientes de casos de usura, con abogados que no tramitan, contestadores que no responden y documentación que se pierde—. La conclusión es tan obvia como incómoda:
un timador acusando a otro timador.
Por qué nadie denuncia: Hacienda, el miedo y el dinero negro
La explicación más repetida tiene que ver con la Agencia Tributaria.
Los estafados tendrían más miedo a Hacienda que al propio Cryptospain. Si el dinero invertido no estaba declarado, denunciar equivale a autoinculparse. La frase que resume esa lógica es demoledora: «Son tontos estafados, pero no son gilipollas».
A eso se suma el factor reputacional. Admitir que te han tangado cientos de miles de euros en un chiringuito financiero no es precisamente una medalla. En el mundo de los negocios, se prefiere maquillar la pérdida como «inversión que salió mal» antes que reconocer que te la colaron con un vídeo de un tipo con mascarilla.
El silencio es, en muchos casos, una estrategia de supervivencia social.
El calvo, el testaferro y la teoría de las narices grandes
Una corriente del análisis sostiene que Romillo es solo la cara visible.
«No son calvas lo que hay detrás, sino grandes narices», resume una de las teorías más repetidas: el calvo sería un hombre de paja, una distracción, y los verdaderos cerebros del golpe no se habrían dejado ver. El argumento es que un golpe de esta magnitud —cientos de millones, estructuras opacas, yate incluido— requiere una organización que excede a un solo individuo, y menos a alguien a quien no se le intuye una inteligencia excepcional.
La comparación con Paesa planea sobre el asunto.
El estafador que se la jugó a mafiosos y a jefes de Estado se usa como vara de medir: si Paesa pudo desaparecer, ¿por qué no iba a poder este? La diferencia es que Paesa tenía un plan. Aquí, la sensación dominante es que el calvo huyó con lo puesto y con lo ajeno.
El papel de Hacienda: ¿crimen perfecto o acuerdo silencioso?
Una de las hipótesis más incómodas es que
Hacienda tuviera a Cryptospain en el punto de mira desde el principio. No solo por el fraude fiscal, sino porque estaba abriendo los ojos a muchos jóvenes sobre la carga impositiva del Estado. Según esta lectura, se habría alcanzado un acuerdo: él entrega los datos de todos los que blanqueaban dinero a través de la plataforma, y a cambio se le deja marchar con una parte.
Esos datos serían oro puro, más valiosos que el dinero incautado.
La hipótesis no está confirmada, pero encaja con el hecho de que Romillo haya podido volar a Riad con permiso de la Fiscalía, a condición de declarar contra Alvise.
El crimen perfecto, en este caso, sería un crimen compartido.
El mercado, la codicia y la pregunta incómoda
No todo el mundo siente empatía por los estafados. Una parte del debate es explícita:
«Si has perdido los ahorros, ¿quieres que te lo paguemos entre todos? Las ganancias también las estabas compartiendo». El argumento es que quien entra en un chiringuito que promete rentabilidades imposibles asume un riesgo que no es colectivo. La codicia, en esta lectura, es tan responsable como el engaño.
Otros van más allá y señalan que
el propio Estado es el ladrón mayor: «La mafia del sistema no soporta la competencia. Aquí solo ellos tienen licencia para robar». La paradoja, señalan, es que Hacienda acabará diciendo «ya os lo decíamos» mientras sigue metiendo la mano en el bolsillo de los mismos que ahora se lamentan.
Queda el dato que descoloca:
un empresario de Zaragoza entregó 15 millones de euros al calvo para invertir en criptomonedas. No era un incauto cualquiera. Era alguien con capital, con asesores, con experiencia. Y aun así cayó. Si eso no explica el caso, al menos explica por qué nadie quiere hablar de él.