Cómo invadir Taiwán: 100.000 soldados y una isla de 23 millones
Invadir Taiwán no es un problema de soldados. Es un problema de mar. Con
100.000 efectivos y alrededor de
1.000 barcos se podría intentar, según los cálculos que circulan, pero la cifra pesa menos que las condiciones: cruzar los
150 kilómetros de estrecho que separan la isla del continente bajo vigilancia permanente y sin margen para preparar nada parecido a un desembarco de Normandía. Y hay quien sostiene que quizá no haga falta ni desembarcar.
Cuántos soldados y barcos harían falta para invadir Taiwán
La primera cuenta es logística. Unos
1.000 barcos para transportar 100.000 soldados y toda su cadena de suministro. La segunda es temporal: el escenario más repetido arranca con miles de drones y misiles destinados a desmantelar la
defensa antiaérea en una campaña de un mes al estilo occidental, y el desembarco vendría después. La tercera es climática. Monzones y tifones no negocian, y una operación anfibia se cancela o se convierte en una carnicería.
A partir de ahí las cuentas se separan. Hay quien calcula que la isla caería en tres o cuatro días y quien responde que el problema no es la isla, sino el agua que la rodea. Frente al desembarco clásico surge otra vía menos vistosa y bastante más barata. Otra cosa es que salga.
El bloqueo naval: dos meses sin chips
La tesis del cerco tiene su propia aritmética. Si bloqueas por mar y aire que ningún barco de carga se acerque ni salga, Taiwán se apaga solo: en menos de tres meses pediría un acuerdo, y con un par de golpes a la red eléctrica y a las potabilizadoras el plazo se acorta. El argumento de peso no es militar, es económico. Si el mundo occidental se queda
dos meses sin chips, la isla vuelve a la pobreza de los años cincuenta y Occidente llama a la puerta antes que nadie.
La respuesta llega por el otro lado. Con los misiles modernos, dicen, los barcos son un tiro al plato y ninguna armada aguanta un bloqueo a distancia de costa. Y la lista de cosas que pueden salir mal es larga: obuses de 240 milímetros cayendo sobre un puerto del continente, tomahawks contra Shanghái, submarinos torpedeando cargueros, temporada de tifones. El detalle incómodo lo pone el propio bloqueado:
China importa cerca del 60% de su comida, y ese tráfico también es un flanco.
La orografía: picos de 3.000 metros y el 99% en la costa
La antigua Formosa es montañosa. Picos que superan los
3.000 metros, valles estrechos, costa este abrupta e inabordable. Para unos, eso garantiza una resistencia larga: tras la toma de las playas, una guerrilla rural podría durar décadas, y ese es el motivo principal por el que la isla sigue como sigue. Para otros, la orografía está sobrevalorada. El
99% de la población vive en la costa y en la llanura; quien controla las ciudades y corta los suministros no necesita subir a ninguna montaña, porque nadie se va a vivir al monte a hacer el guerrillero si no hay armas ni comida que lleguen.
Los números de partida tampoco ayudan a la épica:
23 millones de habitantes concentrados en una franja mínima frente a un continente que tiene el vecindario entero contando cabezas. Más de 20 millones de personas viviendo prácticamente mirando al mar.
¿Defendería Estados Unidos Taiwán?
Sobre el papel hay alianza militar y política, pero no una ley cerrada y aceptada que obligue a defender la isla, de modo que la intervención llegaría tarde, corriendo y a medias. Aunque para otros el problema no es de leyes. La flota se pone en marcha antes, y antes de ver a un soldado chino pisando Taiwán habría media armada estadounidense plantada enfrente. O no, porque algunos avisan de que un portaaviones es un blanco enorme: el
Gerald Ford mide 337 metros, tres campos de fútbol de acero esperando a un submarino. Y quien defiende el poder naval recuerda que no hace falta acercarse tanto, que ya se han lanzado misiles a 1.200 kilómetros.
¿Cinco días, tres meses o quince años?
El desenlace no tiene fecha. Algunos lo ven en días; otros, en un bloqueo de semanas; los más pacientes hablan de una conquista sin disparos: esperar a que los taiwaneses vean que se vive mejor al otro lado y que Washington ya no manda, cuestión de quince años. El escenario que más inquieta no es un día D, sino una operación relámpago: aviones con transpondedor de aerolínea civil soltando paracaidistas sobre centros de mando, y ferris de pasajeros de los que salen blindados en un puerto cualquiera. En el fondo, la pregunta de fondo es otra: cuánta población se siente parte del continente. La horquilla que se maneja no llega a dos dígitos.
Si el globo sigue calentándose, la ocasión llegará cuando la potencia de turno esté distraída en otros frentes. Es una apuesta razonable. También lo era que el estrecho nunca se cruzaría.