El sueldo de ingeniero ya solo es 1,8 veces el salario mínimo
Según los datos que aporta un participante sobre su propio convenio sectorial, en 2005 un licenciado o ingeniero superior cubierto por convenio cobraba el triple que el salario mínimo. Dieciocho años después, ese mismo perfil apenas lo supera en 1,8 veces. No ha bajado la nómina de nadie: lo que ocurrió es que una de las dos referencias se movió mucho más rápido que la otra. En la categoría más alta de ese convenio, el sueldo pasó de
21.700 euros brutos anuales en 2005 a 28.000 en la actualidad, un 29% más. El salario mínimo, en el mismo tramo, subió de
513 a 1.080 euros brutos al mes en 14 pagas: un 110%. Con la inflación del periodo en el 45%, el resultado es una escala salarial que se ha partido por la mitad.
Cómo se ha comprimido la escala salarial en España
El efecto no se ve en sueldos que bajan, sino en distancias que se acortan. En 2005 la brecha entre el convenio superior y el SMI era de tres a uno en bruto; en la actualidad es de
1,8 a uno en bruto y 1,5 a uno en neto, porque los tramos bajos tributan y cotizan menos. Quien ya ganaba bien no ha visto crecer su nómina al ritmo que le convenía, pero sí ha visto cómo se le acercaba por abajo el que antes quedaba lejos.
El caso no es aislado. Un técnico de mantenimiento industrial describe sueldos de
21.000 euros brutos en 2003, una caída a 16.000 en 2011 —cuando había una veintena de candidatos esperando a que uno renunciara— y una recuperación hasta 26.000 durante cinco años. Las ofertas para ese perfil siguen ancladas en 21.000. «Dependiendo del sector no han variado absolutamente NADA en 20 años».
La tesis de la inflación: subir el SMI sin subir la productividad
Aquí está la médula del asunto. El argumento que lo abre sostiene que elevar por ley el salario mínimo sin que lo respalde un aumento equivalente de la productividad no crea riqueza: solo mueve la etiqueta de los precios. El ejemplo es doméstico. El mínimo pasa de
500 a 1.000 euros, pero como la riqueza disponible es la que es, lo que costaba 500 acaba costando 800. El de abajo mejora. El que ganaba 1.500 sigue ganando 1.500 y paga 800 por lo mismo. La escala se comprime y el que estaba en medio paga la fiesta.
Las objeciones llegan por dos flancos. El primero: la inflación está desbocada en toda Europa y el SMI español es una mota en ese cuadro. El segundo es más incómodo para el relato liberal: la crítica clásica a subir el mínimo siempre fue el paro, casi nunca la inflación. Y apelar al libre mercado para fijar salarios choca con que, en esa lectura, no hay mercado libre cuando existen oligopolios de medios de producción y monopolio de la moneda y la financiación.
¿Debería el salario mínimo depender de la provincia?
El desacuerdo se vuelve geográfico. Un SMI idéntico en Lugo y en Madrid choca con que la vivienda, el mayor gasto de cualquier trabajador con diferencia, no se paga igual en uno y otro sitio. Un participante sostiene que una pareja con dos salarios mínimos vive con holgura relativa en Lugo y pone en duda que ocurra lo mismo en Madrid, donde la cuenta se aprieta. Hay quien defiende ligar el mínimo al índice de precios provincial o incluso municipal y recuerda que en Estados Unidos el mecanismo existe: hay municipios con su propio mínimo, más alto que el de localidades vecinas con precios más bajos.
En contra pesa un argumento práctico: en España es habitual vivir lejos del puesto de trabajo, y ajustar el mínimo al lugar de residencia no resuelve el problema de quien se desplaza. Y sobre Estados Unidos las lecturas discrepan: una sostiene que allí la gente vive lejos del trabajo por la degradación de los centros urbanos, y otra replica que es el bolsillo, no el gusto, lo que empuja a las afueras.
¿Se puede ser clase media con 40.000 euros y una hipoteca?
La conversación deriva hacia dónde queda la clase media. Un criterio gana terreno: clase media es quien
no tiene deudas o podría liquidarlas con su liquidez. Cobrar 40.000 euros al año y arrastrar 200.000 de hipoteca no encaja en esa definición por mucho que la cifra suene bien. El momento vital importa: esos 40.000 se alcanzan, con suerte, cerca de los 28 años, cuando el patrimonio todavía es cero.
El muro es la vivienda. Con ese sueldo, un piso protegido de 150.000 euros en una capital como Zaragoza se queda fuera de rango por el límite de ingresos, y el mercado libre lleva la operación a los 200.000. La escala se comprime por arriba y el ladrillo se estira por abajo.
El sueldo público y la queja del que produce
Otra corriente, muy presente, sostiene que el sistema de incentivos está invertido y que quien menos aporta es quien más cobra. El ejemplo recurrente es un profesor de FP con nueve meses de trabajo al año y catorce pagas de 1.900 euros netos, o los puestos de libre designación en ayuntamientos, diputaciones y gobiernos autonómicos con sueldos de dos y tres mil euros. Frente a esa imagen, la réplica es que el sector privado paga tan mal que el público solo parece caro por comparación: cuanto mayor es la responsabilidad y la cualificación exigidas, más miserable resulta el salario en proporción. Y en el otro extremo, pensiones no contributivas y ayudas ancladas en 500 euros que no se mueven al mismo ritmo que el mínimo.
Con la escala comprimida, los precios que no bajan y los sueldos altos estancados, ¿quién paga de verdad la factura de subir el salario mínimo?