Sara García: la ciencia española convertida en escaparate
La Agencia Espacial Europea (ESA) incorporó a la bióloga molecular Sara García a su cuerpo de astronautas y la noticia se presentó como un hito nacional. Desde entonces su cara está en pódcasts, reportajes y escaparates, y la duda que recorre las conversaciones no es si la mujer es lista: es
de dónde sale, quién la coloca ahí y por qué la vemos más que a cualquier otro astronauta europeo.
El pelo, las botas y la foto: el debate sobre su imagen
No se discute primero el currículum. Se discute el pelo. El tinte rojizo, los tatuajes, la sesión de fotos con el traje espacial y, sobre todo, el calzado: unas botas que parte de los comentarios lee como camperas y que, a juicio de varios,
rompen cualquier relato de rigor científico. «Haberte puesto unas Salomon», resume una de las pullas más repetidas, con la coña de que la agencia podría haberle dado algo más
galáctico para la ocasión.
Detrás del chiste hay una sospecha más gorda: que el personaje se ha fabricado antes que el mérito. El envoltorio se usa en las dos direcciones. Unos lo leen como producto de casting; otros responden que
juzgar a una científica por su tinte capilar dice más del que opina que de la retratada, y que con el pelo natural se habrían escrito la mitad de artículos. Ambas cosas se sostienen a la vez y el asunto sigue ahí, sin resolverse.
¿Es astronauta quien nunca ha volado?
Aquí el debate se vuelve de definición. A la fecha de estas discusiones,
Sara García no ha viajado al espacio y, según un comentario del hilo, su nombre figura en el cupo de reserva de la promoción europea; el titular de la representación española que se cita en ese mismo mensaje es otro, Pablo Álvarez Fernández. De ahí a concluir que el cargo es decorativo hay un salto, pero se da sin freno.
La artillería se dirige entonces a la propia agencia. Se argumenta que la ESA acumula dos décadas sin logros de lanzamiento reseñables, con un cohete que llegó obsoleto antes de estrenarse, y un programa de navegación que arrastra más de veinte años de desarrollo para acabar aportando poco. Si la institución no compite,
el marketing ocupa el hueco: una selección con formato de talent show, altavoces mediáticos y astronautas ejerciendo de relaciones públicas.
La comparación con Pedro Duque
El paralelismo aparece una y otra vez. Pedro Duque llegó con una ingeniería aeronáutica de los noventa y, como recuerdan quienes plantean la comparación, entonces esa carrera tenía otro nivel de exigencia; su salto a la política terminó con poco recorrido y una imagen pública desgastada. Frente a eso, la pregunta es si
una bióloga molecular con buenas notas está en la misma liga técnica o si simplemente encaja mejor en el escaparate.
No hay acuerdo posible. Unos defienden que biología molecular es un muro de memoria y procesos bioquímicos que exige una cabeza privilegiada; otros replican que la ingeniería de sistemas o las matemáticas avanzadas están en otro escalón, y que quien no lo ve así es porque no ha abierto esos apuntes. Ninguna de las dos partes va a ceder por decreto.
Quién paga la fiesta y para qué
La ESA es una institución pública y su personal, en buena parte, funcionario. Eso abre la pregunta incómoda:
si no hay misiones, ¿qué se financia con el presupuesto? La respuesta menos romántica es visibilidad. Una cara conocida que llena medios sirve para justificar partidas, sostener sueldos y presionar por subvenciones en un reparto que se negocia por países.
Con ese marco, la presencia permanente en pódcasts de gran audiencia y en reportajes deja de leerse como premio a la excelencia y pasa a interpretarse como campaña. Hay quien sitúa incluso una campaña publicitaria con su imagen desde abril. Sin confirmación documental, la sospecha queda flotando:
alguien ha decidido que este rostro es el que vende ciencia.
¿Crítica legítima o ajuste de cuentas?
Aquí el debate se parte en dos. Una corriente sostiene que exigir cuentas sobre cómo se construye un relato público es periodismo básico, y recuerda que nadie pidió el DNI a otros astronautas con menos minutos de televisión. La contraria responde que
una parte del comentario ha derivado en el ataque físico —el pelo, la cara, la ropa— y que ese terreno deslegitima cualquier duda técnica que se quisiera plantear.
En medio queda el argumento más citado por quienes la defienden: que ha superado pruebas de selección durísimas, que no ha denunciado a nadie falsamente ni se ha alineado públicamente con ningún partido. Méritos que, se replica, no explican por qué la vemos a ella y no a sus compañeros.
Nadie discute que Sara García sea brillante. Lo que no llega es la prueba de dónde acaba la selección técnica y dónde empieza la operación de comunicación. Y ahí, exactamente, se atasca la conversación.