Axel Pons dejó Moto2 para recorrer el mundo descalzo
Axel Pons compitió en
125cc y Moto2 con un historial poco habitual: iba por el suelo más veces de las que completaba una vuelta en un gran premio. Años después aparece en vídeos que circulan por medio mundo caminando descalzo por una carretera de Pakistán, con un desconocido grabándole con el móvil y una veintena de curiosos cerrándole el paso en menos de un minuto. El hijo de
Sito Pons, campeón del mundo de 250cc, cambió el mono de cuero por una vida sin calzado y una conversión al Islam que él mismo resume como el camino para «completar la unión con Alá». La escena, incómoda para unos y envidiada para otros, es solo la punta del asunto.
De promesa obligada a expiloto con agencia de modelos
El apellido pesa y condiciona la lectura. La versión que circula con más fuerza es que el chaval se puso el casco por mandato paterno antes que por vocación: su padre,
Sito Pons, fue campeón del mundo y el hijo creció dentro de un paddock que no había elegido. Las temporadas en 125cc y Moto2 se sostuvieron más sobre esa inercia que sobre resultados, con las caídas como denominador común.
En su propio relato, recogido en una entrevista titulada
«Dejé las motos, la agencia de modelos y a mi novia. Estaba atrapado», el expiloto reconoce el corte: primero las motos, después el mundo de la imagen, y en paralelo una sensación de encierro que acabó estallando por la vía del viaje. Con familia de recursos, una carrera deportiva truncada y oficio en el sector de la moda, el paso siguiente no fue un contrato, sino una huida hacia delante presentada como búsqueda espiritual.
Pies descalzos, patrimonio familiar y una reclamación de 12 millones
La pregunta incómoda es quién paga un viaje sin billete de vuelta. La respuesta más repetida apunta a la familia: sin una cuenta saneada detrás, ese vagabundeo fotogénico dura tres semanas. Sobre el origen de ese dinero se cita una cifra concreta,
12 millones de euros, correspondiente a una reclamación de Hacienda por fraude fiscal que
habría recaído sobre el entorno familiar. No consta condena firme y el dato debe leerse como lo que es: una acusación sin sentencia, no un hecho probado.
El argumento se completa con la condición de hijo de un campeón del mundo, un colchón que convierte la renuncia al sistema en un gesto reversible. Quien sostiene esta lectura no discute que el chaval pueda ser feliz; discute que su felicidad demuestre nada sobre la vida de los demás. La crítica no es al viaje, es al relato de ejemplaridad construido sobre una tarjeta de crédito que no se ve.
Ayahuasca: del ritual con chamán a la moda del turista occidental
El episodio entronca con un fenómeno más amplio: el consumo de sustancias enteógenas entre viajeros occidentales con tiempo y presupuesto. La advertencia más citada al respecto viene de la antropología y compara dos mundos. En las comunidades indígenas, la toma perseguía objetivos muy concretos —encontrar el nombre verdadero, conectar con un espíritu superior— y se hacía con un chamán al lado que interpretaba después lo vivido dentro de los códigos culturales del grupo, para que la experiencia pudiera digerirse sin romper a nadie.
Lo que se exporta a Occidente es la sustancia sin la traducción. De ahí esa frase que resume el escepticismo: los viajes de este tipo son de ida y, si vuelve alguien, vuelve otro. El resultado, en el mejor de los casos, es una espiritualidad de catálogo; en el peor, un desajuste que se gestiona sin red.
¿Vividor con dinero o alguien que ha salido de la rueda?
Las posturas están claras. Un bloque mayoritario lo reduce todo a la pasta: con la cuenta a rebosar cualquiera se permite hacer el panoli y llamarlo iluminación, y encima sin dar la tabarra a los demás. Comparten ese terreno quienes auguran un final previsible, con regreso a Barcelona, empresa montada y masía comprada dentro de cinco años. Otro sector, más minoritario, defiende lo contrario: que el chaval no molesta a nadie, que cada cual haga con su vida lo que quiera y que la rueda de la que ha salido es la misma que esclaviza a los que le critican.
En medio queda una tercera vía, la que admite cierta envidia mal disimulada. La vida que se gasta este hombre —sin horario, sin hipoteca y sin jefe— no la alcanza la inmensa mayoría. Eso no la convierte en sabiduría, pero tampoco en una tontería que se despache con dos líneas.
El detalle que descoloca no es el desenlace, es el punto de partida: quien ahora cruza fronteras sin calzado llegó a cruzar la meta menos veces que el asfalto. Con esas dos cosas ciertas a la vez, cualquier pronóstico sobra.