Del mostrador de pan a jefe de una empresa del IBEX 35 en cuatro años
Cuatro años separan, según las informaciones publicadas, a Iván Molinero Camacho de encadenar trabajos temporales —entre ellos el de panadero— y dirigir una
empresa del IBEX 35. Lo que ha encendido el asunto no es solo el salto: es que esa compañía va a recibir
1.625 millones de euros del Gobierno. El otro ingrediente es el apellido de su mujer,
la ministra Isabel Rodríguez. Ninguna pieza, por separado, constituye un delito. Juntas alimentan una sospecha que la prensa que publicó el caso deja abierta.
Qué se sabe del ascenso y de los 1.625 millones
El punto de partida es una información de
El Debate que sitúa a Molinero Camacho al frente de una compañía del IBEX 35 y cifra en
1.625 millones de euros lo que esa empresa percibirá del Gobierno. La noticia circuló también en COPE. Ese es, literalmente, el material sobre el que se sostiene todo: un nombramiento llamativo por la velocidad del salto, un contrato público abultado y una relación matrimonial con una ministra en activo.
A la fecha de esta discusión no consta resolución judicial, expediente ni imputación de nadie. La crítica se mueve en otro terreno: el de la apariencia, el de la coincidencia y el de quién firma los cheques. Cuando el dinero es público, la pregunta deja de ser íntima y pasa a ser política, sostienen quienes ven aquí un caso más de un patrón conocido.
De amasar harina a sentarse en un consejo de administración
El contraste es el que más se repite: de amasar harina a firmar como máximo responsable de una compañía que cotiza en el selectivo español. La trayectoria, tal como la describe la información, acumula trabajos temporales hasta que, en cuatro ejercicios, aterriza en la cúpula. Si ese ascenso se hubiera producido por oposición, concurso o carrera interna, nadie estaría leyendo esto. La duda nace justo de lo contrario: de que el mecanismo no se explica.
Ahí aparece el argumento económico de fondo. Una empresa privada elige a su cúpula como quiere, y ese derecho no se discute. El problema surge cuando el sueldo de esa cúpula y el negocio que la sostiene dependen, en parte, de
dinero público. Es la vieja discusión sobre si el reparto de contratos se decide por precio, por solvencia técnica o por algo que no aparece en el pliego.
¿Enchufismo puntual o capitalismo de contactos estructural?
Aquí el diagnóstico se parte. Una corriente lo lee como un favor concreto, un caso de manual: alguien sin recorrido en la compañía salta a su dirección por el parentesco con quien ocupa una cartera ministerial. Bajo esa lectura, lo anómalo es el caso, y el sistema funcionaría si el caso no se hubiera producido.
La lectura estructural es más incómoda y más amplia. Hay quien sostiene que cualquier empresa metería a alguien así en su cúpula si le garantiza contactos, protección y acceso a contratos, aunque su valía profesional sea dudosa. En ese marco, el directivo no sería el problema, sino el síntoma de un país donde las relaciones pesan más que el currículum.
De ahí sale un argumento que se repite con retintín: subir impuestos a las empresas privadas para luego entregar ese dinero a otras empresas privadas —las de los propios— es una política con un nombre mucho menos amable que el de política industrial.
La puerta giratoria clásica y su versión en diferido
La figura tradicional de la puerta giratoria es conocida: el cargo público que se apaga por un lado y el consejo de administración que se enciende por el otro, casi sin intervalo. Lo que se discute aquí es una variante con más recorrido, bautizada como
puerta giratoria en diferido. El político no se va a la empresa: coloca a su entorno mientras sigue en el cargo, y es después cuando llegan el contrato, la subvención o el encargo.
Ese diferido es lo que dificulta cualquier control. No hay incompatibilidad formal, no hay salto inmediato, no hay puerta que se vea girar. Solo coincidencias que, sumadas, dejan de parecer coincidencias para mucha gente.
El caballo de Nerón y el resto de consejos
La desconfianza no se queda en un nombramiento. Se extiende a bancos, eléctricas, inmobiliarias y gasísticas, donde se sospecha que los sillones se reparten por cercanía con quien legisla. La imagen que resume el cansancio es antigua:
Nerón nombró cónsul a su caballo, y la conclusión más repetida es que no somos ni originales.
Con esa base, el paso siguiente es el diagnóstico transversal: conductas que atraviesan siglas y gobiernos, y una propuesta que gana adeptos en voz baja —reducir la clase política al mínimo imprescindible, porque cada sillón de más es una puerta más que abrir—. En el extremo, la tesis más radical: el problema no es el partido, es el Estado.
Con lo publicado, ni hay condena ni hay expediente. Solo un currículum que pasa del pan a un consejo de administración en cuatro años y un contrato de 1.625 millones esperando al final del camino. El análisis se atasca exactamente ahí: en que todo puede explicarse y aun así nadie lo explica.