Putin reclama atacar a EEUU, Reino Unido y Francia
El 19 de noviembre, seis misiles ATACMS impactaron en la región de Kursk; el 21, sistemas Storm Shadow alcanzaron objetivos en Bryansk. Dos días después, Vladímir Putin compareció ante las cámaras para anunciar el éxito de la prueba del misil de alcance medio «Oreshnik» y afirmar que «Rusia se considera con derecho a usar armas contra instalaciones militares de países que permiten que sus armas sean usadas contra Rusia». La lista es corta y conocida: Estados Unidos, Reino Unido y Francia. El conflicto en Ucrania, dijo, «ha adquirido elementos de naturaleza bélica global».
Qué es el Oreshnik y por qué Putin lo presenta como respuesta
El misil lanzado contra el complejo Yuzhmash de Dnepropetrovsk, según el relato del Kremlin, es un sistema balístico de alcance medio con ojiva hipersónica no nuclear. Putin aseguró que ataca a **10 Mach** —entre 2,5 y 3 kilómetros por segundo, unos 10.800 km/h— y que «actualmente no existen medios para contrarrestar las últimas armas rusas». La comparación que circula en el análisis técnico es más cruda: un misil soviético antiguo de tres ojivas sirve de base a un sistema que, según se sostiene, **multiplica por doce** el número de cabezas al dividir cada una en seis submuniciones, hasta 36 objetivos distintos por lanzamiento.
La pregunta que sobrevuela el anuncio no es técnica. Es política: si el arma es convencional, ¿por qué el énfasis en que no puede interceptarse? Si es nuclear, ¿por qué avisar antes a los civiles de que abandonen las zonas de ataque? Putin ofreció a los ucranianos y a ciudadanos de otros Estados que desalojen «de antemano las posibles zonas de ataque». Un gesto que algunos leen como prudencia y otros como escenificación.
El derecho invocado y los países señalados
La tesis central del discurso es jurídica: Rusia se atribuye el derecho a golpear instalaciones militares de los países que autorizaron el uso de sus armas de largo alcance contra territorio ruso. Los señalados son **Estados Unidos, Reino Unido y Francia**. La afirmación de que es imposible emplear esos sistemas sin especialistas de los países fabricantes refuerza el argumento: si hay técnicos occidentales sobre el terreno, la línea entre proveedor y beligerante se difumina.
Hay quien sostiene que este marco es una maniobra para justificar una escalada que ya estaba decidida. En contra pesa un dato: la OTAN no ha reaccionado ni de palabra ni de obra al anuncio, lo que algunos interpretan como cautela y otros como desconcierto. La seguridad nuclear de la Alianza, ironizan desde el análisis más crítico, depende ahora de confiar en que el adversario diga la verdad sobre lo que lanza.
La lectura interna: de las líneas rojas al «ya está bien»
La respuesta más dura llegó desde dentro del propio ecosistema ruso. Ramzan Kadyrov reclamó «cubrir con TNT sus instalaciones militares de retaguardia» y golpear «los objetos de aquellos estados que temen admitir abiertamente su participación en la guerra». El mensaje es claro: la paciencia tiene límite y el límite se ha cruzado.
La contraposición con el escepticismo occidental es total. Mientras unos ven en el Oreshnik un cambio de reglas, otros recuerdan que **llevamos dos años de líneas rojas** que se acercan al Kremlin sin que nada ocurra. «Ruso ladrador, poco mordedor», resume una postura repetida. La pregunta que queda en el aire es incómoda: si el ataque con un misil de alcance medio no detiene la guerra, ¿qué viene después?
El pulso económico y la guerra de desgaste
Debajo del ruido militar hay una batalla financiera. El rublo ha sufrido intentonas de desplome que, según el análisis más favorable a Moscú, han durado «un día de vida». La economía rusa crece, sostienen, muy por encima de la europea; los almacenes de munición occidentales, en cambio, estarían vacíos. La clave, insiste una corriente del análisis, no es la población sino los recursos naturales: «A Rusia le rebosan, a Europa no le quedan apenas».
El escenario que se dibuja no es el de un desenlace rápido. Es el de un pulso largo en el que cada parte espera que la otra se canse primero. Y en ese pulso, el anuncio del Oreshnik funciona como recordatorio: la escalada no es lineal, y el siguiente escalón no tiene por qué ser convencional.
¿Cuántas piezas del tablero están dispuestas a seguir jugando cuando el siguiente movimiento ya no admite marcha atrás?