Dejar de fumar tras un bypass: del Champix a las pipas de girasol
¿Cómo se deja de fumar cuando ya no es un capricho ni una cuestión de ahorro, sino la condición para que un cirujano te abra el pecho? El punto de partida es un fumador empedernido con un quíntuple bypass pendiente y una advertencia que él repite sin matices: o deja el tabaco o no le operan, porque, según le han explicado, la nicotina impide que las arterias cicatricen. Él mismo lo verbaliza sin paños calientes: ha dejado la heroína, la cocaína y el hachís sin mayor drama, y el tabaco le está costando lo que no está escrito.
La petición de auxilio se responde desde tres frentes: la farmacia, el sustituto de comportamiento y la fuerza de voluntad a la desesperada. Casi ninguno sale gratis, y ahí está la gracia.
Champix, Elontril y Zyntabac: el arsenal farmacológico
El relato más detallado llega de quien lo usó hace una década y ahora repite cada otoño: pasa el verano fumando un paquete diario y en septiembre echa mano de la pastilla. El
Champix, de Pfizer, se toma sin dejar de fumar. La primera semana la dosis es pequeña; en la segunda ya es completa y hacia el final de esa semana o el principio de la tercera aparece el efecto: un
rechazo tal que uno es incapaz de acabarse un cigarrillo. Las dos últimas semanas sirven de refuerzo contra el mono. El tratamiento dura un mes y cuesta alrededor de
120 euros. Según cuenta, entre la gente que conoce que lo ha usado solo uno fracasó, y no porque el fármaco fallara: en cuanto notó el asco al tabaco, dejó de tomarlo.
La alternativa que se repite con insistencia es el
Elontril. Hay quien lo dejó con él convencido de que no podría, y quien lo repitió tras fracasar varias veces por otros métodos. También aparece el
Zyntabac, según el relato de quien lo probó: tres meses de tratamiento, caro, pero eficaz. Se fuma mientras se toma y al cabo de una semana se corta de raíz, con mucho menos mono e incluso rechazo. Un caso tardó una semana; otro, quince días, ambos partiendo de tres paquetes diarios de tabaco negro.
El vapeo: metadona con batería
El cigarrillo electrónico aparece en casi todas las quinielas, con un argumento que se sostiene solo:
con muy poca fuerza de voluntad, dejas el tabaco. El problema, según quienes lo han probado, es el destino: el vapeo cambia una dependencia por otra que puede ser equiparable, y la logística no ayuda. La ansiedad llega cuando muere la batería, no cuando se acaba el líquido. Hay quien tuvo que comprarse un cacharro con pilas intercambiables tras quedarse colgado más de una noche. Y una advertencia sensata: quien acaba de pasar por el quirófano debería preguntar al médico antes de ponerse a vapear.
Aislamiento, fuerza de voluntad y otras técnicas de choque
Quien no quiere pastillas recurre a métodos de trinchera. Uno sostiene que
a las 72 horas sin fumar el cuerpo ya está limpio y que quien recae a partir de ahí lo hace por debilidad, no por mono. De ahí la receta de encerrarse una semana en una casa rural aislada —con wifi, eso sí— y que alguien te lleve y te deje allí. El
modo difícil incluye una caja fuerte con un paquete dentro y una contraseña que no te darán. Otro propone pasarse un fin de semana entero sentado frente al paquete abierto hasta que el lunes ya no apetezca. Y un tercero combina tres días libres con benzodiazepinas cada ocho horas: el mono, literalmente, se duerme.
El cálculo económico es el argumento menos emocional y, por eso, uno de los que más aguantan. Según las cuentas de quien lo hizo, dos paquetes diarios de rubio son
nueve euros al día, 270 al mes. Quien lo calculó así se compró una moto, se puso una letra por ese importe y dejó de notarla porque coincidía con lo que ya no gastaba en tabaco. Cuando llegaban las ganas, se acordaba de la moto.
El final de la historia: pipas de girasol y un bypass superado
El desenlace es menos épico y más doméstico de lo que cabía esperar. El protagonista vuelve al cabo de
mes y medio sin fumar con un remedio tan obvio que casi da rabia:
pipas de girasol. Donde antes encendía un cigarrillo, ahora casca pipas. Lo describe como milagroso. Y confirma lo que estaba en juego: ha sobrevivido al quíntuple bypass y está en su quinto día de convalecencia, muy agotado y sin apenas aliento, pero vivo.
Con la nicotina fuera de la ecuación, el margen que gana es, según sus propias cuentas, de veinte años. Veinte años de no fumar. Visto así,
cascar pipas sale hasta barato.