¿Crees que vives en democracia porque cada cuatro años metes un papel en una urna? Pues no es así. Esto no es democracia. Es una lotería con papeletas. Y nunca te toca a ti.
Si la democracia es opinar, la opinión que de verdad importa es la que afecta a tu casa, a tu entorno laboral y a tu entorno vital.
La sociedad ya estaba en marcha antes de que llegara el Estado. Eres padre, trabajas y tienes vecinos mucho antes de ser "ciudadano". Pues que tu voto cuente, junto al de los tuyos, en esos ámbitos de verdad, no en ideales genéricos que sueltan en un mitin y abarcan cuestiones de las que no sabes nada.
El sistema orgánico se organizaba en tres cuestiones naturales.
La familia. El hogar donde se vive, se educa, se cuida al anciano y se recupera al enfermo. La familia debe decidir sobre educación, sanidad, servicios sociales y geriatría. Los padres, los abuelos, eligen a sus representantes. Nadie mejor que quien vive una familia sabe lo que necesita un descendiente.
El trabajo. El trabajo organizado por oficios. El herrero habla de hierro, el maestro de niños, el labriego de tierra. El gremio vota sobre salarios, formación, seguridad laboral y pensiones. Los trabajadores de cada oficio eligen a sus representantes. Nadie mejor que quien trabaja sabe lo que necesita su oficio.
El territorio, el terruño. El lugar donde se vive, que va desde el barrio, el municipio, la comarca, la región y hasta la nación. El territorio decide sobre urbanismo, vivienda, transportes, economía, moneda y defensa. Los vecinos organizados por barrios y municipios eligen a sus representantes, que a su vez eligen a los de cada nivel superior. Nadie mejor que quien habita un suelo sabe lo que necesita para su tierra.
Cada tercio elige a sus representantes de abajo arriba. Todos se sientan en un Parlamento Único. No hay partidos, no hay disciplinas de voto. Cada representante vota según el bien de su parcela, pero debe armonizar con las demás.
El peso de cada voto se pondera según la materia. Si se legisla sobre educación, la familia tiene el 60%. Si se legisla sobre salarios, el gremio tiene el 60%. Si se legisla sobre defensa o economía, el territorio tiene el 80%. Porque cada uno es especialista, y el conjunto, soberano, en su esfera.
Los representantes no deben ser profesionales de la política. Sino personas de la vida real, elegidas por los suyos, con mandato corto y fácilmente revocable para combatir la traición. Si fallan, se les retira la confianza. Y el poder sube desde abajo: el municipio elige a la comarca, la comarca a la región, la región al Estado.
Esto no es nostalgia del franquismo, que tenía un partido único que era socialista. Es sentido común. La democracia no puede ser que un montón de afiliados a una organización opinen de todo sin saber de nada. La auténtica democracia es que cada uno opine de lo que sabe y viva como lo que decide.
Si la democracia es opinar, la opinión que de verdad importa es la que afecta a tu casa, a tu entorno laboral y a tu entorno vital.
La sociedad ya estaba en marcha antes de que llegara el Estado. Eres padre, trabajas y tienes vecinos mucho antes de ser "ciudadano". Pues que tu voto cuente, junto al de los tuyos, en esos ámbitos de verdad, no en ideales genéricos que sueltan en un mitin y abarcan cuestiones de las que no sabes nada.
El sistema orgánico se organizaba en tres cuestiones naturales.
La familia. El hogar donde se vive, se educa, se cuida al anciano y se recupera al enfermo. La familia debe decidir sobre educación, sanidad, servicios sociales y geriatría. Los padres, los abuelos, eligen a sus representantes. Nadie mejor que quien vive una familia sabe lo que necesita un descendiente.
El trabajo. El trabajo organizado por oficios. El herrero habla de hierro, el maestro de niños, el labriego de tierra. El gremio vota sobre salarios, formación, seguridad laboral y pensiones. Los trabajadores de cada oficio eligen a sus representantes. Nadie mejor que quien trabaja sabe lo que necesita su oficio.
El territorio, el terruño. El lugar donde se vive, que va desde el barrio, el municipio, la comarca, la región y hasta la nación. El territorio decide sobre urbanismo, vivienda, transportes, economía, moneda y defensa. Los vecinos organizados por barrios y municipios eligen a sus representantes, que a su vez eligen a los de cada nivel superior. Nadie mejor que quien habita un suelo sabe lo que necesita para su tierra.
Cada tercio elige a sus representantes de abajo arriba. Todos se sientan en un Parlamento Único. No hay partidos, no hay disciplinas de voto. Cada representante vota según el bien de su parcela, pero debe armonizar con las demás.
El peso de cada voto se pondera según la materia. Si se legisla sobre educación, la familia tiene el 60%. Si se legisla sobre salarios, el gremio tiene el 60%. Si se legisla sobre defensa o economía, el territorio tiene el 80%. Porque cada uno es especialista, y el conjunto, soberano, en su esfera.
Los representantes no deben ser profesionales de la política. Sino personas de la vida real, elegidas por los suyos, con mandato corto y fácilmente revocable para combatir la traición. Si fallan, se les retira la confianza. Y el poder sube desde abajo: el municipio elige a la comarca, la comarca a la región, la región al Estado.
Esto no es nostalgia del franquismo, que tenía un partido único que era socialista. Es sentido común. La democracia no puede ser que un montón de afiliados a una organización opinen de todo sin saber de nada. La auténtica democracia es que cada uno opine de lo que sabe y viva como lo que decide.
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