300.000 reservistas rusos convocados y dos relatos opuestos
Dos estampas del mismo país conviven sin reconciliarse. Una muestra autocares con hombres camino del cuartel y escenas de despedida; la otra, colas de vehículos en los pasos fronterizos. Rusia anunció el llamamiento de
300.000 reservistas y el asunto derivó en un pulso de relatos: el de un país que se vacía para no ir al frente y el de unas oficinas de reclutamiento a las que la gente acude por voluntad propia. La pregunta de fondo no es quién huye, sino cuánto aguanta cada versión cuando se la somete a números.
¿Qué se ve en las oficinas de reclutamiento rusas?
Las imágenes que circulan muestran filas de hombres en dependencias militares. Hay quien describe a veteranos con canas, por encima de los sesenta, con el recuerdo del paso soviético por Afganistán y ganas de revivir viejas broncas. Llama la atención la composición: apenas aparecen mujeres y sí muchos hombres de edad avanzada, algo que unos leen como simple reserva movilizada y otros como síntoma de que se tira de quien queda.
En paralelo circula la versión opuesta, la de autobuses con reclutas y despedidas forzadas. Las dos pueden ser ciertas a la vez. El detalle que no cuadra con la estampa del pánico es el de los que se presentan voluntarios pasados los sesenta, y ese detalle es justo el que menos se ve en televisión.
¿Por qué 300.000 hombres no equivalen a 300.000 soldados?
Aquí el análisis se vuelve incómodo.
Cantidad no es eficacia. El razonamiento más repetido no discute la capacidad rusa de movilizar gente, sino la utilidad de lo movilizado: un ejército profesional ya mostró dificultades serias sobre el terreno, así que la duda lógica es qué aporta una tropa reclutada a la fuerza, mal equipada y sin instrucción reciente frente a sistemas de artillería de precisión como los que se vienen citando.
La comparación que se emplea es dura: al principio de la contienda se veían unidades bien equipadas, entrenadas y capaces de mantener la calma con las balas pasando cerca. Ese nivel no se improvisa en unas semanas. De ahí la pregunta que nadie cierra: para qué se convoca a quien no se puede pertrechar ni instruir a tiempo.
¿Gana Rusia las guerras por número de soldados?
Hay una tesis que circula con sorna y algo de envidia: los rusos no son prusianos en estrategia, y no les hace falta. Ganan a base de mandar soldados, y soldados, y más soldados, con una población que protesta poco y aguanta mucho, hasta que el enemigo se cansa o se queda sin gente. El argumento contrario es que eso funcionaba cuando el rival estaba igual de pobre en medios; hoy la diferencia la marcan la logística y la precisión.
Ese es el nudo real: si el modelo de masa sigue vigente o si se quedó obsoleto sin que nadie lo dijera en voz alta.
El desmentido del éxodo y el criterio de los telediarios
Una corriente sostiene que la versión del éxodo masivo para evitar el alistamiento ya habría sido rebajada, incluso por medios europeos, mientras las televisiones españolas siguen vendiendo la estampa del país en fuga. El contraste con las primeras versiones —gente buscando en Google cómo esquivar el llamamiento— es el eje de la desconfianza.
Conviene ser preciso: ya no se discute una cifra, sino el criterio. Cuando el tema es una guerra, el medio elige entre describir lo que hay y seleccionar la imagen que confirma la tesis previa. La sospecha de que se hace lo segundo es lo que alimenta el cabreo, y no solo con Rusia.
¿Cuánto cobra un reservista movilizado?
Circula un cálculo sobre la paga del alistamiento: unos
3.412 euros que, ajustados al poder de compra ruso, equivaldrían a alrededor de
8.000 euros para un trabajador español. La cifra se usa de las dos maneras: como prueba de que el incentivo económico funciona en una economía de rentas bajas y como recordatorio del suelo salarial desde el que se firma.
Moscú 1941, Afganistán y la producción alemana
El pulso histórico ha consumido buena parte de la discusión. Un frente sostiene que la ayuda logística estadounidense fue clave para sostener a la Unión Soviética; el otro responde que las trincheras las asaltaban soldados, no camiones, y que la batalla de Moscú empezó en
octubre de 1941, con Estados Unidos aún fuera de la guerra hasta el
7 de diciembre de ese año.
Sobre Afganistán se cruzan dos lecturas: que la URSS perdió allí
seis veces más soldados que Estados Unidos, y que se retiró porque se estaba descomponiendo por dentro, algo que no le ocurre a Rusia ahora. Y sobre la capacidad industrial alemana, los datos que se manejan —
12.000 tanques y 25.000 aviones en 1943, frente a
39.000 aviones y 19.000 tanques en 1944— desmontan la idea de que los bombardeos aliados estrangularan la producción.
Queda el precedente que más pesa: la Unión Soviética acumuló unos
20 millones de bajas en la Segunda Guerra Mundial y acabó plantando su bandera en Berlín. Quien recurre a ese precedente avisa de que la mezcla de desprecio hacia todo lo ruso que se ha ido cocinando en Europa puede salir cara.
Con 300.000 convocados, una tropa envejecida y dos relatos que se anulan, la única certeza es que el número por sí solo no dice nada. ¿Cuántos de esos hombres acabarán en el frente y cuántos se quedarán por el camino sin llegar a disparar?