Un tren de Renfe descarrila y vuelca en el túnel de Atocha-Chamartín
El tren iba vacío. Ahí se acaba el consuelo. Una composición de Renfe descarriló y volcó en el túnel que enlaza Atocha y Chamartín por un fallo atribuido a la infraestructura, sin pasajeros a bordo, y la factura inmediata se midió en decenas de servicios cancelados con origen o destino Madrid. Que no hubiera nadie dentro —y no el diseño, el mantenimiento o el protocolo— es lo único que separó el episodio de una desgracia mayor. Las peticiones de dimisión del ministro de Transportes, Óscar Puente, llegaron antes que la explicación técnica.
Qué se sabe del tren que descarriló en el túnel de Atocha-Chamartín
Según el relato técnico que circula, el convoy siniestrado era el
97015. Había salido de La Sagra hacia los talleres de Fuencarral y lo formaban dos unidades del tren regional de alta velocidad
serie 114: la primera remolcaba a la segunda, averiada. A bordo viajaban un maquinista y dos técnicos de mantenimiento. Al entrar en la estación de Chamartín la unidad de cabeza —la que remolcaba— sufrió un fallo de tracción y no pudo subir la rampa.
Faltan los eslabones intermedios. Por qué falló la tracción, por qué cedió el elemento de unión entre ambas unidades, por qué se anuló el frenado de la unidad remolcada y por qué no había nadie en posición de accionar el freno de emergencia. Un tren diseñado para circular a
300 kilómetros por hora acabó volcado en la curva y contracurva que enfila Atocha bajo el Retiro. ¿Qué hacía esa composición en un túnel de alta velocidad de vía única en un tramo urbano con la velocidad limitada?
¿Qué dicen los audios del centro de control de Adif?
Se difundieron conversaciones de un profesional del centro de control de Adif con sus compañeros explicando cómo sucedieron los hechos, con mensajes, audios y fotos de por medio. En uno de ellos se habla de una pendiente del
30%, cifra que la propia discusión corrige a
30 por mil: ni la subida del Angliru, se ironiza, llega a ese porcentaje. Sobre la autenticidad del material hay división. Unos lo ven plausible —un trabajador pregunta, reenvía y el audio acaba en dominio público—; otros sospechan que pudo fabricarse para cargar la culpa sobre unos y no sobre otros.
Los trenes cancelados y una estación al límite
Entre los servicios suprimidos con origen o destino Madrid figuraron el AVE 5280 a Valencia, el 5092 a Alicante, el 5273 Alicante-Ourense, el Intercity 11910 a Gandía y el AVE 5120 a Valencia, hasta sumar
al menos 20 trenes afectados. Madrid no es una estación cualquiera: a las líneas de Sevilla, Barcelona, Levante y Toledo se han sumado los operadores
Iryo, Ouigo y Renfe-Avlo, y el túnel por Recoletos, de vía única en el tramo que discurre bajo Atocha, funciona al borde de su capacidad.
El relato oficial: «un éxito de Renfe»
El presidente de Renfe habría forzado a su número dos a dar la cara por el accidente, según informaciones publicadas, y en televisión se reprodujo el encuadre más generoso posible: «Si se ha logrado salvar la vida de una persona, estamos hablando de un éxito de Renfe». El problema de ese marco es que convierte la ausencia de víctimas en mérito propio. Que la noticia no apareciera en algunos grandes medios se leyó como síntoma: molesta más lo que el accidente dice del sistema que los daños en sí.
Adif, mantenimiento y el desgaste de la red
La conversación derivó hacia el estado de la infraestructura ferroviaria. Se sostiene que el mantenimiento de vía se ha degradado y que el acceso a Adif funciona por oposición, con un temario de circulación ferroviaria y pruebas psicotécnicas, sin garantía de que el perfil que acaba supervisando las vías sea el más adecuado. Hay quien afirma que en trayectos como el AVE Madrid-Barcelona ya no se pasa de
270 kilómetros por hora y se rueda buena parte del recorrido a
250, con retrasos recurrentes.
Las comparaciones internacionales aparecen en cuanto se habla de puntualidad: hay quien contrapone el sistema suizo, donde los trenes llegan a su hora, con el español. Y quien trae a colación el accidente del metro de Valencia para recordar que en un túnel las consecuencias de un vuelco se multiplican, porque los vagones y las vías comparten el mismo espacio.
Del fallo técnico a la crisis del sistema
Una parte del análisis lee el descarrilamiento como un episodio concreto, con causas operativas y responsables identificables. Otra lo interpreta como síntoma de algo mayor: deterioro de los servicios públicos, presupuesto desviado y una administración que envejece más rápido de lo que se repara. Entre ambas lecturas cabe casi todo, y ahí está el problema, porque sin informe oficial el hueco lo ocupa la sospecha.
Si el informe final apunta a la vía y al mantenimiento, el coste político será acotado; si apunta al procedimiento de remolque, también. Lo difícil será que alguien asuma algo. Con el túnel de nuevo en servicio y el tren retirado por secciones, la discusión pública tiene fecha de caducidad: la próxima incidencia.