El Accord diésel que roza los 300.000 km y aún presume de rodaje
Hay coches que se compran y coches que se adoptan. Un Honda Accord diésel de 2.2 litros, 1.600 kilos y cambio manual acumula ya
290.000 kilómetros y su dueño lo describe sin sonrojo como «el calentamiento, el rodaje por así decirlo». La relación, dice, es «un acuerdo de asociación» entre él y la máquina: hay noches que hasta se levanta dos veces para echarle un ojo. La broma tiene fondo: en casi trescientos mil kilómetros, el único gasto han sido filtros y aceite. Ni una avería.
El coche es un Accord de octava generación, el último que Honda vendió en Europa hasta 2017. Monta el 2.2 de gasóleo, suspensión multibrazo —lo que obliga a un maletero de forma extraña— y, según el ordenador de a bordo, gasta
6 litros a los 100 en ciclo combinado. A 120 por autopista en sexta, el motor gira ligeramente por encima de las 2.000 rpm. Su propietario no pasa de 3.000. Nunca. Y ahí empieza la pelea.
¿Es bueno o malo conducir bajo de revoluciones?
Media conversación gira en torno a esa cifra. Unos sostienen que ir bajo de vueltas en un diésel moderno llena el motor de carbonilla y acorta su vida; otros defienden lo contrario, que exprimir el cuentavueltas es lo que mata el bloque antes de tiempo. El dueño del Accord lo tiene claro: «ir altos de rpm acorta la vida del motor, eso lo sabe hasta un recién nacido». Su mecánico, dice, le explicó exactamente eso.
El contraargumento llega con retranca: quien presume de no superar las 3.000 vueltas no está en posición de notar si el coche va fino o va dormido. La respuesta no se hizo esperar. «El coche a 120 en autopista en sexta, ligeramente por encima de 2.000 rpm». Y si alguna vez sube a quinta sin llegar a 3.000, es «para darle alegría al motor», no para competir con nadie.
La discusión de fondo no es mecánica, es de época. Un motor diésel de 2.2 litros y 1.600 kilos se ha convertido en una rareza. Los fabricantes han ido abandonando ese formato por bloques más pequeños, turboalimentados y con etiqueta medioambiental más favorable. El resultado, según esta línea de análisis, son coches que duran menos y cuestan más de mantener.
El maletero, los amortiguadores y la ITV
El repaso técnico del coche da para varios capítulos. La suspensión multibrazo, pensada para que el coche fuese «sobre raíles en las viradas carreteras europeas», invade el espacio del maletero y le da esa forma rara que su dueño reconoce sin complejos. Un detalle de ingeniería que hoy casi nadie asume por coste.
El desgaste también aparece. Hay quien avisa de que a esos kilómetros los amortiguadores ya no están para fiestas y que conviene cambiarlos antes de perder la trasera en una curva a más de 60 por despiste. El propietario responde que el coche «coge las curvas» como siempre y que quien no lo ha conducido no puede opinar. La cifra que sí admite es la del mantenimiento: aceite Petronas 5W30 recomendado por su mecánico, filtros y poco más.
El otro frente es burocrático. Con casi 300.000 kilómetros y una normativa de etiquetas cada vez más restrictiva, la pregunta es cuánto tiempo más podrá circular por según qué ciudades. En el intercambio se menciona la vía de la ITV y los acuerdos con talleres para pasar la prueba de gases, un terreno donde la frontera entre lo legal y lo tolerado se difumina. No hay cifras oficiales en la conversación, solo la constatación de que el parque móvil envejece más rápido que la norma que lo regula.
Diésel contra gasolina: la guerra que no termina
El frente más caliente es el combustible. Un sector defiende que los Honda son de gasolina por naturaleza y que un Accord de gasóleo es una herejía. Otro responde con datos: hay unidades de gasolina que llegan al desguace con
450.000 kilómetros y el embrague de serie. La longevidad no es patrimonio del diésel, pero el consumo sí juega a su favor.
El dueño del Accord no se mueve: «el gasolina no te va a durar tantos km y te va a salir más costoso el combustible». Y añade que no se pasa al gasolina «ni de coña». La defensa del diésel, en cambio, le vale el calificativo de propio de otra época. La ironía está servida.
El contexto normativo empuja en dirección contraria. Las etiquetas medioambientales, los límites de emisiones y la presión sobre el diésel han ido estrechando el cerco sobre este tipo de coches. Quien tiene uno bueno se aferra a él; quien compra nuevo ya no encuentra ese formato en el catálogo.
Qué queda del Accord y por qué desapareció de Europa
El Accord dejó de venderse en Europa en 2017. En Estados Unidos sigue vivo, pero con otra receta: carrocería fastback, motor 1.5 de gasolina y una identidad que, según esta línea de análisis, ya no es la misma. «Ya no parece una berlina de tres volúmenes, le han quitado la identidad», resume el propietario del blanco. El último Accord auténtico, sostiene, es la octava generación que se vendió en Europa hasta 2017.
La desaparición del Mondeo, poco después, completa el cuadro. Las berlinas medias diésel, el segmento que dominó el mercado europeo durante dos décadas, se han ido apagando entre crossovers, híbridos y motores cada vez más pequeños. La pregunta que sobrevuela la conversación es si eso responde a una demanda real o a una regulación que ha empujado a los fabricantes hacia donde no querían ir.
El anuncio del regreso del Prelude, esta vez en versión híbrida, añade una capa de ironía. Honda recupera un nombre mítico, pero lo hace con la tecnología que muchos de los que añoran el Accord diésel consideran el enemigo. La marca celebra 25 años de innovación híbrida con ese concepto europeo. El público al que se dirige no es el mismo que el de este Accord.
El coche que se niega a morir
La conversación termina donde suele terminar este tipo de discusiones: con el propietario convencido de que su coche «entierra» a los que se fabrican hoy y con los escépticos recordando que toda mecánica térmica se rompe con el tiempo. «La vida útil que le daba Honda a todo lo gordo ya ha expirado», avisa uno. «En cuanto algo te falle no habrá Dios que te ampare».
Puede. Pero a día de hoy, con 290.000 kilómetros, aceite Petronas 5W30 y una revisión al día, el Accord blanco sigue arrancando. Y su dueño sigue levantándose de noche para comprobarlo. El acuerdo de asociación, de momento, se mantiene.