Javelin, NLAW y Switchblade: el arma milagro que no llega
Más de 7.000 misiles Javelin y casi todas las existencias de NLAW entregadas por la OTAN. El resultado, según el planteamiento que abre esta discusión, es un puñado de vídeos de uso exitoso frente a cientos de armas capturadas sin estrenar. La tesis es incómoda: el suministro occidental habría convertido a la Alianza en proveedora involuntaria de material ruso, todo ello mientras se prepara el siguiente turno de la función, el dron merodeador Switchblade, presentado como la nueva bala de plata.
La comparación que vertebra el análisis no es menor. Frente al medio kilo de carga bélica del Switchblade ligero, que exige dirección remota y por tanto expone al operador a detección, interferencia y triangulación, se alinean los números del
Krasnopol ruso de 152 mm: 45 kilos de peso, 10 kilos de explosivo y 25 kilómetros de alcance, con miles o decenas de miles de unidades disponibles. La lógica del autor del planteamiento es simple: si puedes señalizar durante horas con drones recuperables y luego lanzar un proyectil guiado, ¿para qué enviar un aparato de un solo uso?
¿Por qué se cuestiona el impacto real del Switchblade en la guerra?
El argumento central sostiene que el Switchblade apenas tendrá impacto significativo precisamente por su poco impacto. Medio kilo de carga no destruye un carro de combate; obliga a apuntar a tripulaciones, vehículos ligeros o posiciones expuestas. Y el operador, al dirigirlo remotamente, se convierte en objetivo localizable.
La comparación con munición guiada por láser no es caprichosa. El planteamiento inicial incluso especula con adaptar proyectiles de este tipo a lanzaderas de 220 mm o 300 mm, lo que extendería el alcance por encima de los 80 y los 200 kilómetros respectivamente. Son hipótesis técnicas, no datos confirmados, pero marcan la asimetría que se quiere subrayar: mientras Occidente envía cuentagotas de precisión carísima, Rusia conserva arsenales de misiles balísticos, de crucero y de bombas guiadas con poder destructor muy superior.
La respuesta más repetida en la discusión es que los Javelin y los NLAW han convertido en chatarra una cantidad notable de blindados. Hay quien cifra el coste del NLAW en
20.000 libras cuando se compró en 2008, frente a los 200.000 dólares que se manejan en el relato más catastrofista. La horquilla importa: el mismo sistema puede ser una ganga o un despilfarro según la cifra que se use.
El intercambio de chatarra vieja por misiles caros
Aquí el análisis se vuelve más incómodo. La línea que defiende el uso de material soviético almacenado sostiene que los rusos están enviando al frente blindados de valor residual, algunos tasados en torno a
1.000 dólares, para que sean destruidos por anticarros de cientos de miles. El cálculo, si se acepta, es demoledor: cada intercambio destruye más valor occidental que ruso.
La objeción es evidente y también aparece: eso implica aceptar que la vida del soldado que tripula ese blindado vale menos que el propio vehículo. La defensa que se hace desde esa posición es que en cualquier ejército la vida del combatiente es prescindible frente a la causa final, y que un carro de última generación habría corrido la misma suerte frente a un anticarro moderno, solo que mil veces más caro. La discusión deriva entonces hacia si eso es estrategia o desprecio, y ahí ya no hay datos que la resuelvan.
El desgaste occidental: pocas unidades y mucha vitrina
Otra línea del análisis apunta al problema de fondo de los suministradores. Los ejércitos occidentales tendrían existencias limitadas de material muy moderno pero muy caro, suficientes para desfiles y demostraciones, no para sostener una guerra de desgaste prolongada. Fabricar en masa y rápido exigiría dinero, recursos básicos y aceptación ciudadana, tres cosas que no se improvisan.
Frente a eso, el argumento contrario recuerda que la opinión pública occidental sí condiciona: cuando el material falla y hay bajas, los gobiernos cambian de proveedor. El ejemplo que se cita es el reemplazo de vehículos blindados por modelos más protegidos tras las bajas causadas por artefactos explosivos en Afganistán. La conclusión que se extrae es que la supervivencia de la tripulación no es un lujo, sino una necesidad política.
La evolución del relato: de la finta de Kiev a la finta de la chatarra
La conversación tiene memoria. Los primeros mensajes discutían si los Javelin y los NLAW estaban cambiando el curso de la guerra. Con el tiempo, el foco se desplazó a la supuesta superioridad rusa en recursos, a la escasez occidental y a la sospecha de que las armas milagro son una sucesión de promesas que se reciclan. La ironía sobre la «finta de la chatarra» resume ese giro: lo que empezó siendo una demostración de superioridad tecnológica se lee ahora como una operación de desgaste donde el bando con más existencias almacenadas aguanta mejor.
El punto exacto donde el análisis se atasca es siempre el mismo: nadie discute que las armas occidentales destruyen blindados. Lo que se discute es si destruir blindados viejos con misiles caros gana guerras, y a qué precio en existencias, en dinero y en vidas. Con los datos disponibles, la respuesta sigue abierta.