Ucrania: dos bandos y la sospecha que envenena la conversación
Desde que en 2022 las tropas rusas entraron en Ucrania, la conversación pública sobre la guerra se partió en dos mitades que apenas se escuchan. La discusión dejó de girar sobre el conflicto para girar sobre quién ocupa el lado correcto. Y ahí, en ese terreno, nadie concede nada. El reproche más repetido contra ambos bandos no es de fondo, sino de forma: el
fanatismo con que defienden sus trincheras. Hay quien sostiene que ese extremismo se ha vuelto
de manicomio, y quien responde que el problema real es la equidistancia de los que nunca se mojan.
¿Por qué la guerra de Ucrania se vive como un partido de fútbol?
Porque en ella se ha instalado la lógica del
hooligan: dos aficiones que celebran sus goles y desprecian al rival. La comparación no es una salida de tono. Varios análisis describen el asunto como un
Madrid-Barça donde lo de menos es el terreno de juego.
En un lado quedan los defensores acérrimos de Putin, descritos como miembros de una secta que creen que el presidente ruso es omnipotente y que sus intenciones son siempre buenas. En el otro, los partidarios de la línea atlantista, presentados como mentalmente más sanos por oponerse a que una nación europea sea invadida, pero acusados a la vez de ser
afrancesados dispuestos a enviar el Museo del Prado a Washington si allí lo ordenaran.
La consecuencia es la sospecha permanente. Quien critica a un bando es acusado de servir al contrario. La autocrítica se lee como traición, y unos y otros se reprochan celebrar las muertes del adversario. El resultado, según las voces más críticas, es un espectáculo que da más asco que cualquier matiz.
¿Por qué el envío de armas a Ucrania genera rechazo?
Porque una parte de la discusión sostiene que mandar armamento a un país en guerra con una potencia nuclear es cualquier cosa menos prudente. El argumento, repetido con sorna, es que no se ha visto cosa más cuerda desde tiempos pasados. A ello se suma el miedo a la escalada: quien defiende el suministro, dicen los críticos, debería pensárselo cuando el riesgo sea morir de forma radiactiva.
Frente a eso, la otra mitad no ve en el envío de armas una decisión estratégica, sino una obligación ética. Y las voces más agrias reclaman que, si España es democrática, se pregunte antes a los ciudadanos quién está a favor de mandar armas y quién no. El conflicto deja así un efecto colateral en casa: quien se declara neutral exige que se le aplique un descuento en los precios anteriores a la guerra, porque no acepta pagarla cuando está en contra.
¿Qué tienen que ver el Sáhara, Kosovo y la OTAN con Ucrania?
Mucho más de lo que parece. La discusión se enreda en cuanto se ponen sobre la mesa los dobles raseros de Occidente. Se recuerda que España
perdió el Sáhara y que todavía no ha reconocido la independencia de Kosovo, mientras se exige para Ucrania un respeto territorial que no se aplica en otros lugares. La alianza atlántica aparece entonces no como un paraguas defensivo, sino como un club de intereses ajenos.
De ahí el reproche de que se ponga el foco en fronteras lejanas y se dejen abandonadas Ceuta, Melilla o las aguas de Canarias. La acusación de sumisión al imperio recorre ese tramo entero de la polémica.
¿Por qué se comparan el Donbass con Cataluña y Chernóbil con Vandellós?
Porque una parte del análisis busca paralelismos entre la Ucrania moderna y la España liberal, y los encuentra a decenas: las invasiones, la
Operación Barbarroja y la Operación Félix, la URSS y Franco, el colapso soviético y la Transición, y hasta Chernóbil con Vandellós. La tesis es que Ucrania ha ido de derrota en derrota, y que merecería un hermanamiento al margen de la contienda. El coqueteo entre las extremas derechas de ambos países se cita como prueba de ese parentesco.
No todos compran el símil. La objeción de fondo es que, en 1941, solo los que fueron al frente ruso sufrieron las consecuencias, mientras que ahora la guerra es de otra forma.
¿Qué pasa cuando se acusa a los dos bandos de ser lo mismo?
Aparece la tesis de que ambos son marionetas del mismo poder y que da igual quién gane. Es la posición que más irrita a quienes exigen tomar partido, porque la consideran una coartada para no condenar una invasión. Y es también la que deja la discusión atascada.
Porque falta un dato que nadie tiene: cuántos ciudadanos rusos apoyan de verdad el conflicto y cuántos soldados ucranianos luchan por voluntad propia o empujados. Esa incógnita, repetida como objeción por unos y por otros, devuelve el análisis al punto de partida.