Occidente se queda sin munición para Ucrania
¿Cuánta artillería puede sostener Occidente en Ucrania? La respuesta, a la vista de los datos que se manejan, es incómoda: menos de la que consume el frente y mucha menos de la que fabrica Rusia. La UE reconoció que no cumpliría su plan de entregar un millón de proyectiles de 155 mm para marzo, una cifra que, aun cumplida, se quedaría corta: Ucrania consumía 110.000 unidades al mes, 3.600 al día, según el exministro de
Defensa ucraniano. Rusia produce unas 250.000 al mes, 3 millones al año, según estimaciones de inteligencia de la OTAN. El desfase no es de voluntad, es de fábricas.
El cuello de botella no es el dinero, es la cadena de producción
El precio de un solo proyectil de 155 mm ha escalado hasta los 8.000 euros por unidad, según el jefe del comité militar de la OTAN. Traducido: 9.000 disparos diarios para equiparar a Rusia costarían 72 millones de euros al día solo en munición. Y no hay dónde comprarla. Como resume un análisis que circula, «no es lo mismo fabricar coches que piezas de artillería»: montar una línea de producción de espoletas, carcasas y propelente lleva meses o años, un tiempo que el frente no concede.
La UE ha agotado su propio arsenal, según admitió su jefe de diplomacia. España, por ejemplo, depende de munición estadounidense, israelí o suiza para calibres básicos; la fábrica nacional de 5,56 cerró y ahora se compra a Fiocchi. No hay muchas empresas que fabriquen 155 mm y 105 mm, y las que quedan no son panaderías: restablecer stocks lleva su tiempo.
¿Por qué Rusia produce tres veces más munición que la OTAN?
Porque su economía ya funciona en modo guerra. Rusia destina aproximadamente el 250.000 proyectiles mensuales citados por la inteligencia aliada, mientras la UE se enreda en permisos, normativas medioambientales y una base industrial desmantelada en los años 90. La OTAN se diseñó para conflictos de baja intensidad contra insurgentes, no para un duelo de artillería de alta intensidad. Ese error de diseño se paga ahora.
Hay quien sostiene que el problema no es solo industrial, sino de modelo: el PIB occidental está inflado por servicios, mercados financieros y deuda, mientras la capacidad de fabricar acero, explosivos y maquinaria se ha trasladado a Asia. El cálculo es simple: sin industria pesada no hay poder militar sostenido.
Ucrania: entre la estrategia propia y la dependencia aliada
El desgaste también es político. Una parte del análisis sostiene que Ucrania ha librado su guerra sin seguir al pie de la letra las directrices de la OTAN —Bajmut, la contraofensiva de Zaporozhye— y que eso ha enfriado el flujo de ayuda. Otra corriente recuerda que las grandes operaciones de 2022 y 2023 fueron planificadas por la OTAN, y que cuando salieron mal, nadie reclamó medallas. La diferencia entre el éxito y el fracaso, en esta guerra, se mide en proyectiles.
El resultado es un frente que consume más de lo que Occidente puede reponer. La pregunta ya no es si Ucrania resistirá, sino cuánto tiempo puede sostener una guerra de artillería quien no fabrica artillería.
Al final, la gran potencia que iba a doblegar a Rusia con sanciones y cheques se ha quedado mirando el almacén. Y el almacén está vacío.