El uniforme de Leonor reabre el pulso sobre la utilidad de la Corona
La princesa Leonor no necesita abrir la boca para provocar un debate nacional. Le basta con ponerse el uniforme. Su incorporación a la formación militar, ese primer escalón castrense que la Casa Real situó en el arranque de su preparación institucional, ha reabierto en cuestión de horas una discusión que parecía enterrada: para qué sirve una monarquía que se pelea por parecer normal. Y lo ha hecho con un detalle tan doméstico como una fila de cadetes.
La estampa que circula muestra a la heredera rodeada de compañeros de promoción, con el pelo recogido y gesto aplicado. Nada extraordinario, en apariencia. Lo extraordinario es que sobre esa imagen se haya montado un mural completo de la España reciente: los que ven en ella la mejor versión de sus dos antecesores, los que denuncian trato de favor y los que directamente consideran el asunto una cortina de humo. Hay hasta quien sostiene que la preparación castrense será para ella más alivio que castigo, un respiro frente al calendario de compromisos que arrastra en Zarzuela.
¿Qué se debate sobre la imagen de la monarquía española?
El primer eje del pulso es estético y, por debajo, político. Una parte del análisis sostiene que la Corona se ha desdibujado a fuerza de campechanía, hasta el punto de que la institución se percibe como una familia vecina que vive en un palacio por su cara bonita. La paradoja que se subraya es que la monarquía europea con más apoyo popular no es la que más se ha acercado al pueblo, sino la que ha preservado el boato de antaño, como la británica. Otra corriente matiza que ese arrastre popular llegó tras quince años de turbulencias, no por virtud del protocolo.
Frente a eso, la réplica defiende justo lo contrario. Que el acercamiento ha sido una necesidad democrática y no un capricho, y que quienes añoran el aparato de otro siglo olvidan que ese mismo aparato fue el que sostuvo la distancia entre el trono y el país. La discusión, en el fondo, no va de protocolo. Va de si la legitimidad se construye con cercanía o con distancia.
Las filas de la formación militar y el supuesto trato de favor
El asunto más comentado, sin embargo, es el más prosaico: la posición de la heredera en la formación. Se pregunta por qué, siendo de las más altas de la promoción, no aparece en la última fila, como mandaría la lógica de ordenar por estatura. La pregunta se lanza con retintín y se responde sola: si algo tiene la institución es que las excepciones no necesitan publicarse, basta con que se vean.
El reproche va más allá de un puesto en la fila. Hay quien apunta que buena parte de los cadetes no habrían llegado ahí por méritos propios, sino por ser familia de militares de alto rango, y pone en duda que esos futuros mandos puedan dar órdenes a reclutas que entraron buscando techo, comida y dinero para la letra del coche. El debate sobre la profesionalización de las Fuerzas Armadas se cuela así por la puerta de atrás, y con él la duda sobre cuántos efectivos responderían de verdad en un escenario de combate real.
Wokismo contra nacionalcatolicismo: el marco que todo lo envuelve
Ninguna discusión española aguanta mucho sin derivar al choque ideológico, y esta no ha sido la excepción. Un sector enmarca el presente como el de un
internacional-wokismo, al que atribuye un poder destructivo superior al del viejo nacionalcatolicismo. Otro replica que el catolicismo no tiene nada de sombrío:
trentista, barroco, frente a un imaginario soviético que se pinta como deprimente.
Es un intercambio de trincheras que dice menos de Leonor que de quienes la miran. La heredera, en ese relato, es una pantalla en la que cada cual proyecta su guerra cultural. Hasta el punto de que la conversación ha derivado hacia la
amnistía y hacia si el jefe del Estado recuerda el juramento que hizo. Una pregunta que se lanza al aire, sin respuesta y sin pruebas, y que conviene leer como lo que es: retórica de barra de bar elevada a categoría de análisis político.
Lo que no se discute
Entre el ruido, hay quien sostiene que la formación militar protege a la heredera del calendario de compromisos institucionales y que la comparación con su generación la favorece. El tono que resume esa idea es el de quienes ven en la disciplina castrense una vacuna contra ciertos excesos juveniles de su edad. El juicio es discutible, pero revela algo: la Corona ha encontrado en el uniforme un argumento que la política no le daba.
Hay un tramo del intercambio que conviene aislar. Parte de los comentarios deriva hacia descalificaciones de corte xenófobo y hacia la supuesta vida privada de la heredera, un terreno que nada tiene que ver con la discusión constitucional y que empaña cualquier análisis. Cuando el foco deja de ser la institución y pasa a ser la persona, el debate se degrada. También hay un consenso incómodo: la institución genera más interés cuando se la mira como espectáculo que como pieza constitucional. La foto funciona; la pregunta sobre su función, apenas arranca.
El uniforme de Leonor no va a resolver ninguna de las preguntas abiertas. Si acaso, las aplaza. Cabe esperar que la próxima etapa, la universidad, con su mosaico ideológico, tensione más la imagen de la heredera que la disciplina de una academia. Y que la Corona siga apostando por ese equilibrio entre cercanía y boato que, hasta ahora, le ha funcionado mejor en las encuestas que en las hemerotecas.