Dos triatletas fallecidos en Torremolinos: 57 y 79 años
Dos deportistas murieron durante la celebración de un triatlón en Torremolinos. Uno tenía 57 años; el otro, 79. La noticia, publicada por
Diariosur, desató de inmediato una discusión sobre los límites del deporte de resistencia a edades avanzadas y sobre los hábitos de una generación que ha convertido el triatlón en una prueba de estatus. No hubo comunicado oficial sobre las causas. Solo dos edades, un municipio de la Costa del Sol y una certeza incómoda: la línea entre la gesta y la temeridad se cruza sin avisar.
Qué se sabe del triatlón de Torremolinos
El suceso ocurrió en el transcurso de una prueba de triatlón celebrada en Torremolinos. Los fallecidos tenían
57 y 79 años. No se detalló en la información disponible si competían en la misma distancia ni si compartían categoría. La coincidencia de dos muertes en un mismo evento es lo que convirtió el caso en materia de debate público: no es habitual, pero tampoco insólito en pruebas de resistencia con participantes de edad avanzada.
La primera reacción mayoritaria fue de condolencia. «Lo dieron todo», resumía uno de los mensajes. «D.E.P.», añadía otro, antes de formular la pregunta que articuló el resto de la conversación:
¿de qué edades eran los fallecidos? La respuesta —57 y 79— reorientó el tono. De la condolencia se pasó al análisis, y del análisis a la pulla.
¿Es recomendable hacer un triatlón con 79 años?
No hay consenso. Una parte de los intervinientes sostuvo que la edad, por sí sola, no contraindica la práctica deportiva; otra consideró que un triatlón —con su combinación de natación, ciclismo y carrera— exige un estado físico que a los 79 años rara vez se mantiene. «Hacer triatlones con más de cuarentaypico (largo) me parece, cuanto menos, temerario», escribió uno. La respuesta más repetida fue que los tres deportes, por separado, son excelentes; combinados y en competición, el riesgo se multiplica.
El argumento contrario también apareció: hay quien señaló que los triatletas veteranos suelen someterse a controles médicos y que generalizar a partir de dos casos es injusto. La discusión derivó hacia un terreno más ácido: la sospecha de que muchos participantes de mediana edad llegan a la línea de salida con sobrepeso, hipertensión no diagnosticada o preparación insuficiente. «Pocas muertes hay con tanto cincuentón con barriga cervecera haciendo footing sudando como un cerdo», resumió un mensaje.
El perfil del triatleta de fin de semana
La conversación dibujó un arquetipo que varios reconocieron: varón de entre 45 y 55 años, complexión variable, equipación cara y una necesidad de reafirmación que se expresa en la línea de meta. «No hay figura más esperpéntica que un pollavieja en mallas, ya sea montado en bici o a pie», escribió uno. Otro describió el ambiente de una prueba similar en Calella: «Calvo, piernas rasuradas, cara de tonto, entre 45 y 55 tacos, tatoo de prueba deportiva en pierna».
El retrato es caricaturesco, pero apunta a un fenómeno real: la popularización de las pruebas de resistencia como marcador social. Lo que antes era territorio de atletas federados se ha llenado de participantes que compran la inscripción, el material y el relato. La pregunta que sobrevuela es si el cuerpo aguanta lo que aguanta la cartera.
Vacunas, sustancias y otras teorías sin respaldo
Como suele ocurrir en cualquier discusión sobre muerte súbita, aparecieron las hipótesis conspirativas. Se mencionaron «vacunas experimentales», «tecnología arnm» y «sustancias milagrosas» como posibles causas.
Ninguna de esas afirmaciones está respaldada por pruebas ni consta en la información disponible sobre el caso. La propia discusión derivó hacia el dopaje recreativo: un interviniente relató que en su club de pádel apareció alguien que «empezó a recetar» y a traer «caramelos», tras lo cual «empezó a caer gente con lesiones bestias, taquicardias, roturas de tendón de aquiles, fracturas».
Ese testimonio, como todos los demás, es una experiencia personal sin verificación. Lo relevante es que el debate sobre las muertes en pruebas de resistencia acaba siempre en el mismo lugar: la sospecha de que el cuerpo no se entrena, se estimula.
El triatlón como termómetro económico
Hay un ángulo que la discusión dejó entrever sin desarrollarlo: el coste. Un triatlón de distancia media exige bicicleta, neopreno, inscripción, desplazamiento y alojamiento. La conversación derivó hacia el precio de las pruebas y hacia la sensación de que el deporte de resistencia se ha convertido en un bien de consumo. «Colgarse la medalla en LinkedIn también es tendencia», escribió uno.
La ironía final la puso quien comparó la gesta con la del soldado ateniense Filipides, que según la leyenda murió tras recorrer la distancia de Maratón: «¿Por qué ciertos viejuners se creen superiores a un soldado ateniense?». La pregunta no tiene respuesta, pero el dato que la provoca sí: dos hombres, 57 y 79 años, no llegaron a meta en Torremolinos.