Kazán, los BRICS y el relato del fin del dólar
La cumbre de los BRICS en Kazán, prevista para el 22 de octubre, se presenta en una parte del análisis geopolítico como el acta de defunción de la hegemonía occidental. La cita, que reúne a los líderes de un bloque que suma más de 4.000 millones de habitantes, según el planteamiento que abre el asunto, se leerá como la constatación de que la mayoría mundial no está con Occidente. La tesis central es que allí se firmarán acuerdos para crear una divisa internacional apoyada en el oro, el petróleo, el gas y las monedas de China, Rusia, India y Brasil, lo que en la práctica abriría la puerta a un nuevo Bretton Woods. El diagnóstico que se lanza es contundente: Estados Unidos concentra el 8% de la producción y del PIB real mundiales, pero su sistema financiero canaliza más del 20% de la riqueza global. Ese diferencial, sostiene esta corriente, no se sostiene mucho más tiempo.
Qué se firma el 22 de octubre en Kazán
El escenario elegido no es casual. Kazán es la capital de Tartaristán, una república donde conviven comunidades musulmana y cristiana ortodoxa en proporciones casi idénticas, en torno al 48%-55% y al 40%-46% respectivamente. El simbolismo de una ciudad con mezquita e iglesia una al lado de la otra se utiliza para subrayar que el eje que se está articulando no responde a un choque de civilizaciones, sino a un pulso contra un orden financiero concreto. La reunión se presenta como el punto de partida de un mecanismo de comercio directo entre los países del bloque, sin pasar por el
dólar. La cifra que se repite es la de más de 30 países interesados en adherirse, lo que ha llevado a especular con la creación de un formato adicional para no diluir el núcleo original.
El dólar, entre el diagnóstico y la porra
La parte más discutida del asunto es la que se refiere a la moneda estadounidense. Hay quien sostiene que el dólar se va a hiperinflacionar y que en un par de años un Big Mac costará 20 dólares, una predicción que se lanza sin desglose ni metodología. Enfrente, la objeción más repetida es de sentido común: el yuan no es hoy una divisa de uso masivo y la propia China sigue facturando en dólares buena parte de su comercio exterior. El argumento que se esgrime desde el otro lado es que el proceso será gradual y dependerá del desarrollo de la guerra económica y militar, no de un decreto. Un tercer grupo de análisis, más técnico, recuerda que ya en 2006 algunos fabricantes chinos cotizaban en renminbi a compradores europeos, aunque luego hubiera que liquidar en euros por la vía bancaria. La anécdota sirve para mostrar que la desdolarización no empieza en Kazán, sino que lleva años cocinándose en los márgenes del sistema.
El frente interno: quién gana y quién pierde con el relato
La discusión no se queda en la geopolítica. Una parte del análisis señala que el descenso del dólar es perceptible, pero que el euro se mantiene con ligeros descensos y que el renminbi, pese a subir algo, sigue estando entre las divisas menos utilizadas para el tamaño de la economía china. Eso, lejos de invalidar la tesis, la matiza: los intercambios con China se siguen cerrando esencialmente en dólares. La deuda estadounidense, mientras tanto, no deja de crecer y nadie concreta quién la va a pagar. El debate se encona cuando se pregunta cuántos años tienen que pasar para que el yuan supere al dólar. La respuesta más honesta que se da es que depende de cómo evolucione el conflicto, no de un calendario.
Kazajistán, Irán y la presión sobre los vecinos
El foco se desplaza también a los países que aún no han dado el paso. Kazajistán, miembro de la Organización de Cooperación de Shanghái, de la Unión Económica Euroasiática y de la Iniciativa del Cinturón y la Ruta, estaría bajo presión de un lobby atlantista para no unirse al bloque, según el análisis que se comparte. La prioridad, en ese caso, sería contrarrestar la guerra híbrida y evitar un nuevo intento de revolución de colores. En paralelo, se subraya la sintonía entre Rusia e Irán, presentados como actores activos en el escenario internacional con enfoques coincidentes sobre los acontecimientos. La conclusión que se extrae es que Occidente no está asistiendo a una cumbre más, sino a la construcción de un entramado alternativo que le deja fuera.
Lo que el relato no cierra
El entusiasmo tiene grietas. La más evidente es que las empresas estatales chinas siguen cobrando en dólares, un detalle que desmonta la idea de una ruptura inminente. Otra es que el euro y el yen también aparecen en la lista de divisas que podrían debilitarse, lo que relativiza la lectura de que solo el dólar está en peligro. Y una tercera: la propia naturaleza de los países que impulsan el nuevo orden, algunos de ellos con niveles de opacidad informativa notables, plantea dudas sobre si el sistema que se propone será más transparente o simplemente distinto. La predicción con reservas es que algo se moverá, pero que el calendario de la defunción del dólar no lo firma una cumbre. Si acaso, lo empieza a redactar.