El precio del aceite de oliva se dispara y la cesta ya no aguanta
El litro de aceite de oliva virgen extra se ha convertido en el termómetro de una inflación que ya no se discute en abstracto. La escalada de precios ha dejado precios que rondan los 10 euros por litro en tienda y en almazara, según los casos que se cruzan en la conversación. Y la respuesta del consumidor ha sido la que cabía esperar: menos compra, más sustitutos y una sensación creciente de que la comida ha dejado de ser un gasto previsible.
La subida no es un fenómeno aislado. Coincide con el encarecimiento de la carne, el pescado y la fruta, y con una práctica que se ha extendido por toda la cadena alimentaria: pagar más por menos producto. La
reduflación —menos gramos, mismo envase, precio superior— se ha colado en la conversación como una forma de inflación silenciosa que no aparece en los titulares pero sí en el ticket.
Por qué se disparó el precio del aceite de oliva
El argumento que más se repite tiene que ver con la cosecha. En España se producen de media alrededor de 1,4 millones de toneladas de aceite de oliva, pero la campaña 2022-2023 se quedó en unas 600.000 toneladas, poco más del 40% de la media. La siguiente, la 2023-2024, mejoró hasta unas 800.000 toneladas, todavía un 60% de lo habitual. Con esa caída de oferta, cualquiera que tuviera aceite almacenado de la campaña anterior pudo venderlo a precios muy superiores en cuanto el litro empezó a subir.
Ahí está el núcleo del asunto: producción frente a demanda. Cuando la cosecha se hunde y la demanda se mantiene, el precio vuela. Quien tenía stock hizo su agosto. Quien compraba a diario empezó a mirar la etiqueta con desconfianza.
El consumo se desploma y aparecen los sustitutos
La respuesta del consumidor ha sido reducir. Hay quien ha bajado el consumo a la cuarta parte, hay quien ha pasado del virgen extra al aceite de oliva a secas y hay quien ha cambiado directamente de grasa. El aceite de girasol para freír y el de oliva para aliñar se ha convertido en una fórmula repetida. También aparecen alternativas menos habituales, como el aceite de coco, que cunde más y sale más barato.
El fenómeno de las freidoras de aire caliente encaja en esta lógica. Su éxito no se explica solo por la comodidad o por la moda: consumen mucho menos aceite y, en hogares de una o dos personas, resultan más eficientes que un horno pensado para familias de cuatro. Que un electrodoméstico se popularice porque permite cocinar sin aceite de oliva dice bastante del momento.
El aceite de oliva no es el único problema
Hay una corriente que sostiene que el foco en el aceite distorsiona la foto completa. El gasto anual en aceite de oliva, para un consumidor medio, puede suponer unos 100 euros más que antes de la subida. La carne, el pescado o la fruta pesan mucho más en la cesta y también se han encarecido. Una lubina que costaba de media 18 euros el kilo ha pasado a más de 30. La merluza ha seguido un camino parecido.
La comparación con otros productos también relativiza el drama. Un litro de aceite de oliva virgen extra a 10 euros sigue siendo más barato que una copa en según qué sitios, y nadie renuncia a eso. La jerarquía del gasto no siempre sigue la lógica del precio.
Especulación, monopolio y otras teorías
Una parte del análisis apunta a la estructura del mercado. España produce alrededor del 65% del aceite de oliva mundial, lo que en la práctica deja al consumidor con pocas alternativas dentro de la categoría. Se argumenta que esa concentración facilita que los precios se muevan con holgura y que la competencia real es escasa. La comparación con la vivienda aparece sola: si se especula con los pisos, por qué no con la comida.
También hay quien señala que el aceite de oliva se degrada a altas temperaturas y que para freír interesan grasas con puntos de humo más altos. La discusión sobre cuál es la mejor grasa para cada uso se mezcla con la del precio y con la de la salud, y no siempre se distinguen bien los planos.
El precio del aceite en España y fuera de España
Uno de los datos que más incomoda es la comparación internacional. Hay quien apunta que el mismo aceite español se vende más barato fuera de España que dentro. En Moscú, un litro de una marca española conocida se encuentra a 10 euros. La sensación de que al consumidor español se le aplica un precio distinto al del mercado exterior alimenta la irritación.
A eso se suma el contexto fiscal. La recaudación por impuestos ha marcado récords mientras el precio de los alimentos se dispara, lo que refuerza la percepción de que el problema no es solo de oferta y demanda.
Con estos mimbres, lo razonable sería esperar que el consumo de aceite de oliva siguiera cayendo y que los sustitutos ganaran terreno de forma estable. Pero la alimentación no funciona como un mercado cualquiera: la costumbre pesa, la salud pesa y el paladar pesa. Si la cosecha se recupera y el precio baja, es probable que buena parte de los que se fueron vuelvan. Si no baja, el aceite de oliva puede dejar de ser un producto de consumo diario para convertirse en un artículo de ocasión. La predicción tiene reservas, como casi todo lo que depende del clima y de la política.