El aceite de oliva se dispara: de 6,35 a más de 8,50 euros el litro
¿Cuánto cuesta hoy una garrafa de aceite de oliva? La respuesta depende de dónde se compre, pero todas las cifras apuntan en la misma dirección: hacia arriba. Según un cálculo que circula en el foro, en una cooperativa de un pueblo de Jaén, tres latas de cinco litros con transporte pasaron de 70 euros a 76 y, después, a 105 euros. En una almazara local, la garrafa de cinco litros se vende a 31,90 euros. Y en un supermercado, una botella de cinco litros de hojiblanca se puede encontrar por 22 euros con descuento de nuevo cliente. La horquilla es amplia, pero el suelo se ha elevado tanto que ya hay quien compra a 8,50 euros el litro sin pestañear.
El encarecimiento no es una impresión. Los datos que manejan productores y compradores coinciden en un punto de partida: la cosecha de 2022 fue excepcionalmente mala en muchas zonas, con producciones que cayeron hasta el 10% de la media anual. El calor en floración quemó la flor antes de que se transformara en aceituna. A eso se sumó el encarecimiento de los fertilizantes y la energía, en un contexto de tensión geopolítica por la guerra de Ucrania. El resultado es un mercado tensionado donde el precio al productor se ha disparado y las almazaras trasladan costes.
El precio al productor y la escalada que nadie frena
La cadena empieza en el olivar. La cooperativa o almazara analiza la aceituna, mide el rendimiento y paga al productor en función de los litros que salen. Ese precio por kilo se ha multiplicado. A partir de ahí, hay que añadir envases, etiquetas, análisis y amortización de maquinaria. Cada eslabón suma. Y el consumidor final lo nota en la caja del supermercado.
La escalada no es uniforme. Hay quien compró en mayo catorce garrafas a 28,95 euros cada una, anticipándose a subidas mayores. Otros han optado por comprar directamente a cooperativas, evitando intermediarios. Y algunos han encontrado refugio en formatos grandes: garrafas de cinco litros de la misma marca que, por litro, salen más baratas que las botellas pequeñas. La estrategia del consumidor se ha vuelto defensiva: acopiar, comparar, buscar el mejor precio por litro.
¿Por qué ha subido tanto el aceite de oliva?
La sequía y el calor extremo explican buena parte del desastre. En abril, la flor se secó en muchas zonas productoras. Las lluvias de junio llegaron tarde. La producción cayó en picado y el mercado se quedó con existencias justas. A eso se añadió el encarecimiento de los insumos: fertilizantes que dependen del gas natural, cuyo precio se disparó tras la invasión de Ucrania. Rusia es un exportador clave de fertilizantes y las sanciones han tensado el suministro.
El resultado es una tormenta perfecta. Los costes de producción suben, la oferta se contrae y la demanda no cede. En ese contexto, cualquier especulación encuentra terreno abonado. Hay quien sostiene que el precio seguirá subiendo y que el próximo año no habrá cosecha suficiente. Otros creen que la situación se estabilizará cuando la producción se recupere. Mientras tanto, el aceite de oliva se ha convertido en un producto de lujo para muchas familias.
Garrafas baratas: lo que parece aceite de oliva y no lo es
El afán por encontrar precios bajos tiene riesgos. En los lineales aparecen garrafas de cinco litros por algo más de veinte euros que, en realidad, son mezclas de aceite de orujo —el residuo de la aceituna machacada— con girasol. El etiquetado puede inducir a confusión: el límite de acidez para un virgen extra es de 0,8º, y un aceite de 1º nunca podrá ser virgen extra. Hay quien denuncia publicidad engañosa en algunos folletos.
La recomendación de los expertos es leer bien la etiqueta. No todo lo que brilla es oro, ni todo lo que parece aceite de oliva virgen extra lo es. La diferencia de precio entre un producto auténtico y una mezcla puede ser notable, pero el paladar y la salud también lo notan. La alternativa de comprar directamente a cooperativas o almazaras locales gana adeptos: se paga un precio justo y se evita el fraude.
El consumo se resiente: alternativas y ajustes
Con el aceite de oliva por las nubes, muchos hogares buscan alternativas. La mantequilla, sobre todo la de vacas alimentadas con pasto, aparece como una opción nutricional decente: grasa de calidad de origen animal y vitaminas A y D. No es mejor que el AOVE, pero cumple. Lo que sí desaconsejan los nutricionistas son los aceites de semillas —girasol, canola, maíz, soja— por su perfil lipídico, alto en omega 6 y bajo en omega 3.
El ajuste también se produce en la frecuencia de compra. Hay quien ha reducido el consumo de aceite de oliva y lo reserva para aliños, mientras usa otras grasas para cocinar. Otros han optado por comprar a granel o directamente al productor. La cesta de la compra se recompone. Y el aceite de oliva, que era un básico, empieza a ser un producto de consumo meditado.
Perspectivas: ¿seguirá subiendo el precio?
La incertidumbre es máxima. La cosecha de este año aún no se ha completado, pero las previsiones no son halagüeñas. La floración volvió a sufrir y las lluvias llegaron tarde. Si la producción no se recupera, el precio podría mantenerse alto o incluso subir más. Hay quien augura que el próximo año no habrá aceite de oliva para las masas y que la tostada del pobre se untará con colza trans. Es una exageración, pero refleja la preocupación real.
Mientras tanto, el mercado sigue ajustando. Las cooperativas y almazaras que han aguantado con músculo financiero pueden permitirse esperar. Las que no, venden a cualquier precio. El consumidor, en medio, busca el equilibrio entre calidad y bolsillo. La única certeza es que el aceite de oliva ya no es lo que era. Y nadie sabe cuándo volverá a serlo.
Al final, la pregunta no es si el aceite está caro, sino cuánto más estaremos dispuestos a pagar por él. O si, como dice el refrán, acabaremos friendo con lo que sea.