El año más seco de la historia, con los embalses al 80%
Hay una sequía que no sale en los telediarios. La que se mide en campos verdes en pleno julio, embalses desbordando y manantiales que no se secan. Frente al relato del año más seco de la historia, los datos que se manejan en distintos puntos de la península dibujan un mapa incómodo:
1.400 mm de lluvia en el secarral de Sierra Morena, reservas de agua en la Comunidad de Madrid al
80% de su capacidad y parques que no se han visto tan verdes en décadas. La discusión no es si llueve o no, sino dónde se mira para contar la sequía.
El año más seco de la historia según el termómetro local
La afirmación que abre el asunto es rotunda: no se recuerda un año con menos agua, ni campos tan secos como para que
hasta el romero se esté secando. Es una imagen potente, casi bíblica, y funciona como titular emocional. El problema llega cuando se contrasta con otras mediciones. En Elda, por ejemplo, todos los años son el más seco de la historia, lo que convierte la excepción en norma y la norma en anécdota. En Elche, los registros apuntan a
44,2 mm en lo que va de año, y de milagro, porque 20 cayeron en junio. La sequía existe, pero no es homogénea.
El contraste no es menor. Mientras unos describen un paisaje agostado, otros pasean por la estepa castellana y se encuentran con cauces que normalmente están secos y ahora llevan
algún hilillo de agua. La memoria reciente también juega malas pasadas: el año pasado, dicen, sí que era pavoroso. Este, en cambio, está siendo normalito en sequedad. La bola naranja, ironizan, afecta cognitivamente al que mira solo su parcela.
Embalses al 80% y lluvias por encima de la media
Los números que se citan para Madrid son difíciles de encajar con el relato del desierto. Las reservas gestionadas por Canal de Isabel II estaban al
80% de su capacidad total, con 762,8 hectómetros cúbicos almacenados al terminar enero. Ese dato era diez puntos superior al de un año antes. La explicación que se da: precipitaciones de enero un
32% por encima de la media histórica y deshielo por temperaturas agradables tras las nevadas del mes anterior.
No es un caso aislado. En Reus, las precipitaciones superan bastante la media para lo que va de año y los días de lluvia casi triplican la media histórica entre enero y julio. En julio, cuando lo normal es ningún día o uno, ya llevaban tres. Los parques más verdes que se recuerdan y el campo aún verde en pleno julio. En Asturias, la cosa no es de coña: allí no ha faltado agua. Y en zonas de Sierra Morena, los manantiales y fuentes están a tope tras un año hidrológico de 1.400 mm.
La comparación que rompe el relato: París y Germania
Uno de los argumentos más repetidos es el de la media de lluvia anual. En el centro de Germania o en la zona de París, la media ronda los
700 mm anuales. Menos que en amplias zonas de la península que se empeñan en presentarse como desiertos. La conclusión que se extrae es incómoda: si el problema es la falta de agua, quizá el error sea mirar al Mediterráneo en vez de a la meseta. O quizá el error sea otro.
Hay quien sostiene que el discurso de la sequía permanente es una forma de propaganda política, un arma arrojadiza más que un diagnóstico. Otros defienden que las sequías son locales y que generalizar a partir de una zona concreta es tan tramposo como negar el cambio climático porque un día de julio hizo fresco. La discusión se encona cuando entra la política: los que defienden políticas que supuestamente impiden que llegue agua a ciertas zonas, los que votan lo que votan y luego se quejan. El cruce de acusaciones es tan seco como el terreno que se disputa.
El clima como campo de batalla política
La conversación deriva rápido hacia el choque ideológico. Por un lado, los que ven en cada gota una confirmación de sus tesis: el cambio climático es asintomático, los datos son racistas o no han pasado el informe de impacto de género, ironizan. Por otro, los que acusan a los primeros de negacionismo interesado. En medio, los que simplemente miran por la ventana y no entienden nada.
La anécdota del calendario dentro de un paquete de nueces sirve para ilustrar el absurdo: compras frutos secos, encuentras un calendario y piensas que es un año seco. Luego suena la alarma del supermercado y te registran. La sequía, como la vida, es una cuestión de perspectiva. Y de dónde te pille el verano.
Con estos mimbres, la pregunta no es si llueve, sino quién decide qué se cuenta cuando llueve. ¿Es el año más seco de la historia o el año en que la historia se ha vuelto más seca para algunos?