Un Nobel culpa a España de la pobreza de Latinoamérica
Un premio conmemorativo de Economía sostiene que la brecha entre Norteamérica y Latinoamérica nace de las instituciones coloniales. El diagnóstico, formulado por un economista británico, ha reabierto la disputa sobre la leyenda negra y sobre quién saqueó de verdad el continente. La tesis es simple: donde hubo colonización española quedaron estructuras extractivas; donde hubo británica, instituciones inclusivas. El problema es que la versión que circula por las redes simplifica un libro que también reparte culpas a Londres y a Washington.
El premio de Ciencias Económicas del Banco de Suecia en Memoria de Alfred Nobel —que no es un Nobel en sentido estricto, aunque casi nadie lo recuerde— recayó sobre un autor que lleva años defendiendo que la clave del desarrollo no está en la geografía ni en la cultura, sino en las reglas del juego que deja atrás el colonizador. Su obra más citada,
Por qué fracasan las naciones, señala a las élites criollas que sustituyeron a la Corona y mantuvieron el sistema de extracción.
Qué dice realmente el libro sobre España y América
La tesis central no es que los españoles fueran peores personas, sino que encontraron sociedades densamente pobladas y jerarquizadas, lo que les permitió montar un sistema de trabajo forzado y extracción fiscal. En el norte, los colonos británicos se toparon con territorios poco poblados y acabaron creando colonias de asentamiento con propiedad repartida. Ese contraste institucional, sostiene el autor, arrastra consecuencias siglos después.
Hay quien lee ahí una condena exclusiva a España. No es lo que dice el texto. Los británicos intentaron replicar el modelo extractivo en sus propias colonias y no pudieron; el libro lo recoge. Y cuando las élites criollas expulsaron a los administradores españoles, no desmontaron las instituciones heredadas: las capturaron. Ese es el punto que suele desaparecer en la polémica.
El oro que se queda y el que se fue
La discusión sobre el expolio tiene una pata contemporánea que el ruido tapa. Las concesionarias mineras actuales, muchas de capital canadiense y estadounidense, extraen hoy más mineral del que salió en siglos de dominio colonial. Solo de Perú salen millones de onzas de oro al año explotadas por compañías extranjeras. La pregunta incómoda no es qué hizo España en el siglo XVI, sino qué hace el capital anglosajón en el siglo XXI.
Ese detalle descoloca a quienes reducen el problema a una sola bandera. La extracción no terminó con las independencias: cambió de manos. Y ahí el relato del Nobel se queda corto, porque su marco analítico apenas dedica espacio a las dictaduras financiadas desde Washington ni a las oligarquías que se repartieron el continente tras la ruptura con Madrid.
La leyenda negra como campo de batalla
El fallo del jurado ha servido para reavivar un combate cultural que lleva siglos abierto. Una parte del análisis sostiene que el premio valida y agranda la leyenda negra, y que llega en su mejor momento de salud. Otra corriente responde que la leyenda negra es precisamente el marco que impide discutir el fondo: el mestizaje, la prohibición temprana de la esclavitud indígena y la fundación de universidades no encajan en el relato del expolio puro.
El choque tiene un componente de comparación inevitable. Si el colonialismo explica la pobreza, ¿por qué Jamaica, Haití o las Guayanas, de tradición británica y francesa, no son Suiza? ¿Y por qué Australia, Canadá o Nueva Zelanda, con colonización anglosajona, sí convergieron con Europa? La respuesta del libro es institucional; la respuesta del nacionalismo económico es más simple y menos útil.
Japón, la India y el argumento que incomoda
El contraargumento más repetido no viene de España, sino de Asia. Japón fue un peñasco volcánico sin recursos, perdió una guerra mundial y recibió dos bombas nucleares. Hoy es la tercera economía del planeta. La India pasó de concentrar el 23% del PIB mundial en el siglo XVIII a quedarse en el 4% en el XX, y ahora camina en sentido contrario. La colonización existió; el determinismo, no.
Ese dato desarma las explicaciones de causa única. También incomoda a quienes atribuyen el atraso latinoamericano a la composición étnica de su población, una tesis que el propio material descarta: el virreinato de Nueva España era una de las regiones más prósperas del imperio en el momento de la independencia, y hoy está dirigido por élites criollas de origen europeo.
Quién cobra el relato y quién lo paga
El premio tiene un efecto inmediato: convierte una hipótesis académica en argumento de autoridad. Los que lo usan para cerrar debates no han leído el libro; los que lo descalifican por venir de un británico tampoco. Entre ambos extremos queda lo interesante: un marco que explica por qué unas colonias generaron Estados capaces de limitar el poder y otras no.
La predicción, con todas las reservas, es que este episodio no cambiará nada material. El mineral seguirá saliendo, las élites seguirán cobrando y la culpa seguirá circulando por el Atlántico en las dos direcciones. Lo único que cambia es quién tiene el micrófono cuando se reparte el premio.