Una guardería de Tangerhütte propone retirar el nombre de Ana Frank
En Tangerhütte, una localidad del este de
Alemania, la dirección de una guardería propuso retirar el nombre de Ana Frank de su fachada y sustituirlo por otro «sin connotaciones políticas». La idea, según las autoridades municipales, formaba parte de un paquete de cambios que buscaba ilustrar con una denominación nueva. No había decisión definitiva, subrayaron. El anuncio provocó protestas en el país.
La directora del centro, Linda Schichor, argumentó que la historia de la joven judía víctima del Holocausto resultaba
difícil de transmitir a los niños. Según medios locales, sostuvo que los padres de origen inmigrante no entendían el nombre y que convenía algo ajeno a la política. El alcalde, Andreas Brohm, añadió que si padres y empleados preferían otra denominación, ese criterio debía pesar más que cualquier consideración política.
Qué pasó con el nombre de Ana Frank en Tangerhütte
El nombre que se barajó como sustituto fue «Weltendecker», algo así como Descubridores del Mundo. Brohm negó que esa fuera la opción cerrada y desvinculó el asunto de la situación en Oriente Próximo, asegurando que el debate había arrancado a principios de año.
La reacción llegó desde las instituciones del recuerdo. El presidente de la Sociedad Germano-Israelí de Magdeburgo, Tobias Krull, calificó un cambio de nombre de señal equivocada en un momento de antisemitismo creciente. El Comité Auschwitz fue más lejos: su vicepresidente ejecutivo, Christoph Heubner, escribió una carta abierta al alcalde y a la dirección del centro en la que advertía de que eliminar el nombre de Ana Frank es algo que obliga a temer por el futuro de la cultura del recuerdo. En esa misma carta, Heubner calificó de
idiotas los argumentos esgrimidos.
Quién era Ana Frank y por qué su nombre pesa tanto
Ana Frank nació en Fráncfort en una familia judía. En 1933, con la llegada de los nazis al poder, los Frank huyeron a Holanda. Tras la invasión alemana se escondieron entre 1942 y 1944. Durante esos años Ana escribió un diario que se convertiría en uno de los libros más leídos del mundo. Murió en 1945 en el campo de exterminio de Bergen-Belsen. Su padre sobrevivió y publicó el texto tras la guerra.
Ese es el sustrato sobre el que se montó el litigio. Porque el nombre de una niña muerta hace ocho décadas se convirtió, en cuestión de horas, en campo de batalla de otra cosa.
El antisemitismo como telón de fondo del cambio de nombre
Los organizadores de las protestas contra la retirada del nombre sostienen que la medida envía una mala señal precisamente cuando el antisemitismo y el extremismo de derechas van en aumento. Es el eje del argumento institucional: no se discute la conveniencia pedagógica de un nombre, se discute el momento.
Hay quien lee el episodio al revés. Una parte del análisis sostiene que el ruido alrededor de Ana Frank funciona como coartada para mantener vivo un relato y una posición de víctima permanente. Otros ven en el asunto la prueba de que la memoria del Holocausto se ha convertido en un terreno blindado, donde la crítica al uso político del pasado se confunde con su negación. Entre ambos extremos, el dato incómodo: la dirección de una guardería municipal alemana consideró que el nombre de una niña asesinada en Bergen-Belsen era un problema logístico para explicar a niños de tres años.
El diario de Ana Frank y la disputa sobre su autenticidad
La conversación derivó rápido hacia el texto. Una corriente defiende que el diario es una fabricación atribuida al padre, Otto Frank, y cita el pleito que este mantuvo en Nueva York con el escritor Meyer Levin entre 1956 y 1958, resuelto con una indemnización de 50.000 dólares por fraude, violación de contrato y uso ilícito de ideas, según esa versión. También se menciona la existencia de originales con tintas de distintos colores como indicio de manipulación.
Frente a eso, la posición mayoritaria entre historiadores considera el diario auténtico y documentado. Las acusaciones de falsificación se asocian a círculos negacionistas, y algunos de quienes las sostienen han sido condenados en Alemania por negar el Holocausto. El detalle que suele citarse como prueba de cargo —el supuesto bolígrafo Bic, inventado en los años cuarenta— es, según los propios críticos de esa tesis, un bulo sin recorrido.
Memoria, censura y política en Alemania
El episodio de Tangerhütte no es un caso aislado de sensibilidad. Es la punta de un debate más ancho sobre qué se puede decir del pasado en Alemania y quién decide qué nombres merecen una fachada. Hay quien argumenta que la protección legal de la memoria del Holocausto ha acabado funcionando como un tabú que impide discutir políticas migratorias o de memoria sin ser acusado de nazismo. Otros responden que esa protección existe precisamente porque el negacionismo mató antes y quiere volver a hacerlo.
Mientras tanto, la guardería sigue sin nombre nuevo confirmado. El alcalde no cerró la puerta a nada. Los padres, según la versión municipal, tienen la última palabra.
Y ahí queda el dato que descoloca: el nombre de una niña que escribió un diario escondida en un ámsterdam ocupado se ha convertido en el asunto más difícil de explicar de una guardería alemana.