El Eisenhower en el Golfo: cebo o simple arrogancia
El portaaviones USS Dwight D. Eisenhower, en servicio desde 1977, atraviesa el canal de Suez camino del Golfo Pérsico. La maniobra ha disparado una tesis recurrente: la de que Washington busca un incidente naval que funcione como detonante contra Irán, un nuevo Maine o un nuevo Golfo de Tonkín. La comparación no es nueva. Ya en 2012 se publicó un análisis que describía al entonces portaaviones Enterprise como «la más grasienta presa fácil de la historia» y advertía de que un par de torpedos bastarían para reeditar el guion de 1898.
Por qué un portaaviones en aguas tan estrechas
El argumento central es geográfico. El Golfo Pérsico no llega a 300 kilómetros de anchura en su punto más amplio, un espacio ridículo para un grupo de ataque que opera con miles de personas a bordo. Durante la guerra del Golfo de 1991, según se recuerda en el análisis, la inteligencia estadounidense desaconsejó introducir portaaviones en esas aguas por su vulnerabilidad. Ahora van. Y no uno cualquiera: el Eisenhower es el segundo portaaviones más antiguo de la flota, con más de cuatro décadas de servicio y un historial que arranca en la crisis de los misiles de Cuba.
Hay quien sostiene que el riesgo es asumible porque el barco es prescindible. El cálculo que circula es frío: un casco viejo con reactores nucleares cuyo desmantelamiento resulta carísimo, perfectamente sacrificable si con ello se justifica una intervención. La tripulación, en cambio, no lo es tanto.
El precedente del Maine y la lógica de la provocación
La comparación histórica que da título al asunto es el USS Maine, el buque insignia cuya explosión en el puerto de La Habana en 1898 sirvió para justificar la guerra contra España. En el relato que se maneja, aquel episodio fue un experimento que salió mal y que los propios mandos estadounidenses ya contemplaban dar de baja en 1894. La coincidencia con el Eisenhower no es el barco, sino la función: un activo amortizado convertido en excusa.
La lista de precedentes que se cita es larga: el Maine, el Lusitania, Pearl Harbor, el Golfo de Tonkín, el 11-S. La tesis es que la potencia necesita un agravio visible para arrastrar a su opinión pública y a sus aliados europeos hacia el conflicto. Sin un episodio con víctimas propias, la opinión pública no traga.
La objeción técnica: nadie sacrifica un símbolo
Frente a esa lectura hay una réplica que gana peso: hundir un portaaviones no es una operación de bandera falsa, es una humillación estratégica. Si un grupo de ataque estadounidense fuera alcanzado y se fuera al fondo, el golpe no afectaría solo a Washington. Se derrumbaría la proyección de fuerza de toda una arquitectura de alianzas que sostiene su poder naval en varios continentes. Antes de permitirlo, sostiene esta corriente, se retira la flota o se la rodea de escoltas antimisiles hasta el exceso.
De ahí la conclusión intermedia: si algo ocurre, será por error propio y acierto ajeno, no por diseño. Y el acierto ajeno, en el escenario que se dibuja, no vendría de Teherán directamente sino de milicias aliadas en el mar Rojo.
Irán no es Irak: el cálculo que cambia todo
El otro eje del asunto es la naturaleza del objetivo. Irán no es Irak, ni Afganistán, ni Libia, ni Serbia. Es la decimoséptima economía del mundo, con España en el decimosexto puesto, un ejército convencional y una capacidad de respuesta que no se ha probado en combate directo contra Washington. La comparación con la caballería ligera de Custer aparece en más de una intervención: quien entra confiado, sale sin efectivos.
A eso se suma el factor ruso. La hipótesis que se maneja es que Moscú no entraría en guerra directa, pero sí proporcionaría material de todo tipo para desgastar a
Estados Unidos, replicando el guion ucraniano con los papeles invertidos. El objetivo no sería ganar, sino enviar a casa a los soldados estadounidenses en bolsas de plástico.
El agua del sur del Líbano y el gran Israel
Una parte del análisis desplaza el foco de Irán a Israel. La acumulación de fuerza militar en la zona no respondería a Gaza, sino a la necesidad de asegurar el sur del Líbano y sus recursos hídricos. El objetivo declarado sería que Irán muerda el anzuelo; si no lo hace, se provocaría un incidente. Detrás estaría el proyecto de un gran Israel que se atribuye a los sectores neoconservadores estadounidenses desde hace décadas.
Es la línea más especulativa de todas, y conviene tratarla como lo que es: una hipótesis que se sostiene sobre la coincidencia temporal de despliegues, no sobre documentación.
El punto exacto donde el análisis se atasca
La discusión se rompe en una contradicción que nadie resuelve. Si el portaaviones es un cebo, la operación exige que alguien muerda, y el candidato natural no da señales de querer hacerlo. Si no es un cebo, no hay explicación militar razonable para meter un grupo de ataque en un estrecho de 300 kilómetros con misiles apuntando desde la orilla. Las dos lecturas son incompatibles y las dos tienen defensores. El barco sigue navegando hacia el Golfo mientras tanto.