El declive de EEUU que recuerda a la URSS de 1980
¿Es
Estados Unidos la Unión Soviética de los años ochenta? La pregunta, que hace tres décadas habría sonado a provocación, circula hoy con una insistencia que incomoda. El historiador británico-estadounidense
Neill Ferguson, conservador y profesor en Stanford, sostiene en
The Free Press que el país que ganó la Guerra Fría exhibe varios de los síntomas que precedieron al derrumbe soviético: un déficit presupuestario aparentemente descontrolado, un ejército masivo que no gana guerras, un liderazgo gerontocrático y una infraestructura anticuada. La tesis no es nueva, pero el dato que la acompaña sí es llamativo: el pago de intereses de la deuda nacional estadounidense, que ya supera los
34 billones de dólares, podría duplicarse para 2041 y forzar una reducción del gasto en defensa del 2,9% actual a un 2,3%.
El gasto militar que ya no se puede pagar
Ferguson establece una regla que suena a sentencia: cuando el pago de la deuda nacional supera el gasto en defensa, un imperio empieza a despedirse de su influencia. Eso fue verdad, escribe, con la España de los Habsburgo, el antiguo régimen francés, el Imperio Otomano y el Imperio Británico. Estados Unidos, añade, está adentrándose en ese mismo territorio. El senador
Robert Wicker lo resume sin paños calientes en un informe reciente: el Ejército estadounidense tiene escasez de equipamiento moderno, penuria de entrenamiento y financiación para el mantenimiento, y un atraso masivo en infraestructuras. «Está demasiado sobreextendido y pobremente equipado como para afrontar todas las misiones que se le asignan con un nivel razonable de riesgo», advierte. El texto se refiere a las Fuerzas Armadas de 2024, pero la comparación con los más de
3,6 millones de soldados soviéticos que no pudieron vencer en Afganistán tras diez años de conflicto resulta tentadora. Y con las guerras de Irak y Afganistán, igualmente largas e igualmente estériles.
La confianza en las instituciones, por los suelos
En la Unión Soviética, las políticas de transparencia de Mijaíl Gorbachov dejaron al descubierto la frustración y el cinismo acumulados por los ciudadanos, dispuestos a socavar el régimen y a abrirle las puertas a Borís Yeltsin. En Estados Unidos, la confianza en las instituciones es casi inexistente. Un sondeo de
Gallup señala que solo el 17% de los estadounidenses confía en el sistema penal, un 14% en los medios de comunicación y un 8% en el Congreso. Ese descontento estructural explica en buena medida el ascenso de Donald Trump, según el artículo. La paradoja es que el país que ganó la Guerra Fría ha visto cómo su propia población dejaba de creer en las instituciones que lo sostienen.
Muertes por desesperación: el indicador que no engaña
El aspecto más tangible del declive no está en los informes militares ni en las encuestas, sino en las estadísticas de mortalidad. Tras varios años de caída en la esperanza de vida, revertidos ligeramente según los datos preliminares de 2023, el estadounidense medio vive
76,4 años: cuatro menos que la media de la OCDE y siete menos que un español. Si se mira solo a los hombres, la diferencia se ensancha. El índice de mortalidad del hombre estadounidense de entre 40 y 69 años es ya mayor que el del hombre ruso de la misma edad. La causa principal son las llamadas «muertes por desesperación»: suicidios, muertes relacionadas con el alcoholismo y, sobre todo, sobredosis, que se han cuadruplicado entre 2002 y 2022. Si en la URSS había un problema de alcoholismo devastador entre los hombres, en Estados Unidos hay una devastación equivalente, pero con opiáceos.
Los supermercados llenos y la paradoja de la abundancia
La comparación tiene sus límites, y algunos participantes los señalan con ironía. En la URSS de los ochenta, un supuesto imperio militar, la población se encontraba con estanterías vacías al ir a comprar. En Estados Unidos hay doscientas variedades de cereales para el desayuno y otras tantas de helados. Pero esa abundancia esconde algo: según un participante, los productos que se venden en los supermercados estadounidenses llevan ingredientes y aditivos prohibidos en Europa. Basta comparar la lista de un ketchup Heinz español —tomates, vinagre de alcohol, azúcar, sal, extractos de especias— con la de su equivalente estadounidense, que incluye jarabe de maíz de alta fructosa y otros aditivos. La esperanza de vida, con estanterías llenas, es similar a la cubana. Algo falla.
El modelo que se agota y la sombra de China
El artículo deja caer al socialismo a caer de un burro, pero también deja claro que el capitalismo estadounidense no está en su mejor momento. La nueva Guerra Fría es contra China, y esta vez Estados Unidos es la Unión Soviética tardía. El gigante asiático ha utilizado su crecimiento y su auge tecnológico para crear una clase media y otra rica donde antes solo había pobreza. Los chinos van hacia arriba; Estados Unidos y el resto de Occidente entran en decadencia sin posibilidad de marcha atrás, según algunos análisis. La comparación entre la justicia occidental y la soviética, o entre Chernóbil y la pandemia, no es ninguna tontería. Y mientras tanto, el gasto en intereses de la deuda ya ha superado al presupuesto del Departamento de Defensa:
987.000 millones de dólares al año.
¿Qué pasó con el fin de la historia?
Francis Fukuyama pronosticó el fin de la historia tras la caída del Muro. Treinta y tres años después, la borrachera de victoria occidental ha durado poco. La Unión Soviética no colapsó de un día para otro: la decadencia venía de años atrás, aunque en teoría hubiera aspectos admirables en aquellos años de apertura y flexibilidad política. Estados Unidos parece seguir un camino similar, pero más lento. La diferencia es que nadie sabe cuándo se cruza el punto de no retorno. Lo que sí sabe es que el país que ganó la Guerra Fría se parece cada vez más al que perdió.
Al final, resulta que el fin de la historia era una fumada de un flipado. Y los que se reían de las estanterías vacías soviéticas ahora miran las suyas con cierta inquietud.