Baños pone nombres a los traidores y el foco mira a la anglosfera
El coronel Pedro Baños ha puesto apellidos a lo que hasta ahora era sospecha difusa. En un directo en el que repasa la injerencia extranjera en España, el analista y exmilitar señala a una retahíla de supuestos traidores: periodistas, analistas, militares y cuentas de redes que, sostiene, trabajan al servicio de intereses ajenos. Poner nombres, en un país donde «traidor» funciona como arma arrojadiza, no es un gesto inocente. Lo llamativo no es la lista. Es dónde se detiene.
Su perfil tampoco es el de un agitador de fin de semana. Según un participante del debate, su nombre sonó para responsabilidades en el aparato de inteligencia y él mismo ha contado que hubo una campaña para impedir que dirigiera el CNI; acumula años de análisis geopolítico en medios y, según otro forero, arrastra una portada de libro con un pulpo que dio bastante que hablar. Quien le sigue espera de él algo más que un nombre suelto.
La tesis de fondo: quién paga a quién
El asunto se sostiene sobre una idea central: España lleva décadas gobernada, informada y aconsejada por redes financiadas desde fuera. Las referencias que se manejan no son nuevas —
Open Society y su fundador, el
European Council on Foreign Relations, la
Integrity Initiative o el Instituto Elcano—, y el reproche común es que esas estructuras se sostienen con dinero público y privado para difundir una línea editorial afín. La consigna que circula resume el enfado: unos cobran de Moscú, otros del llamado fondo de reptiles, y hay quien reprocha a los segundos un «patriotismo de hojalata».
Conviene separar dos cosas. Una es que existan programas de influencia extranjera documentados; otra, muy distinta, es que cada nombre lanzado en un directo esté en nómina de alguien. Ninguna de las acusaciones que se cruzan aquí ha pasado por un tribunal, y ahí se rompe la conversación.
El otro flanco: Rusia también juega
Frente a la tesis anglosajona aparece la simetría. Se recuerda que la URSS armó, entrenó y financió a ETA, que Rusia interfiere en Europa y que en España hubo un agente del CNI que, según el relato que se maneja, vendió información del cuerpo a Moscú entre 2001 y 2004. La conclusión que se extrae: quien es crítico con Washington y Londres debe serlo igual con Moscú, o no es crítico, es un converso.
La respuesta desde el otro lado es la equidistancia: Rusia no es amiga, pero tampoco más enemiga que Marruecos, Estados Unidos, Reino Unido o Francia. Es el argumento más repetido y también el más cómodo, porque convierte cualquier denuncia en un «y tú más». El debate se ha vuelto además una pelea de etiquetas, donde «prorruso» y «otanista» funcionan como insulto intercambiable según quién mire.
Los traidores de 1714 a 1978
El asunto se estira hasta el siglo XVIII, como suele. Aparecen el Tratado de Utrecht de 1714 y la pérdida de territorios con los Borbones, se sitúa en Wellington y en las embajadas británica y estadounidense el gobierno «de verdad» del país desde 1814, y se describe a Franco como una pieza colocada para frenar el comunismo y no tocar Gibraltar. De ahí al 78 hay un paso: la Transición como traición fundacional, la última gran oportunidad perdida de redefinir el país. También se apunta al desequilibrio de prioridades: maniobras militares de Marruecos cerca de Canarias mientras se envían cazas a Europa del Este.
La anécdota que se repite es vieja y certera. En la fachada de la casa de Espartero alguien pintó: «En esta casa vive el regente, pero el que manda vive enfrente». Al otro lado de la calle estaba el embajador británico. Doscientos años después, el chiste sigue funcionando.
Lo que la lista no dice
La crítica más incisiva no viene de fuera, sino de quienes esperaban más. Se sostiene que el directo señala matones de redes, plumillas y militares de medio pelo, pero esquiva a los pagadores; que arranca apuntando a una cuenta de medio pelo y que, en lugar de hablar de jueces en nómina, se refugia en que la justicia va muy lenta. El resumen de esa corriente es tajante: es un tertuliano más.
Y ahí está el nudo. Una denuncia de injerencia extranjera que se queda en los voceros y no toca a los contratantes reproduce, sin querer, el mismo vicio que denuncia: mucho dedo y poca factura. El asunto de fondo —quién paga, cuánto y para qué— sigue sin un papel que lo demuestre.
Predicción con reservas: si el patrón se mantiene, habrá nuevas entregas de nombres y ninguna consecuencia judicial. Mientras el señalamiento no se convierta en prueba, el único efecto verificable será que unos cuantos cambien de bando cada vez que la lista se actualice.