Danone cierra Parets: de 400.000 toneladas a 2.000 empleados
La fábrica de Danone en Parets del Vallès, en Barcelona, paró las líneas con 157 personas dentro. El cierre, forzado por la caída de ventas, es el tercero que la compañía ejecuta en España en apenas diez años y deja la plantilla española por debajo de los 2.000 trabajadores, frente a los más de 100.000 que el grupo dice tener en todo el mundo. Para medir el golpe hay que recordar de dónde venía: una empresa que llegó a fabricar
más de 400.000 toneladas de yogur al año en tres plantas y que fue pionera de un producto hoy presente en cualquier nevera.
De un laboratorio en el Raval a 400.000 toneladas de yogur
El origen no tiene nada de corporativo.
Isaac Carasso, empresario judío sefardí nacido en Tesalónica en 1874, huyó de las Guerras Balcánicas y de la Primera Guerra Mundial, llegó a España en 1916 con su mujer, Esterina, y sus tres hijos —Daniel, Flor y Juana— y se instaló en el barrio del Raval. Tres años después montó un laboratorio para fabricar yogures y le puso a la marca el apodo cariñoso de su primogénito: Danón. La fascinación no era solo gastronómica; pesaban las teorías de principios de siglo sobre las leches fermentadas.
El arranque fue duro. Nadie conocía el yogur y pocos se fiaban de un producto bacteriano, así que durante años la salida comercial fueron las farmacias, con el respaldo del Colegio de Médicos de Barcelona.
Casi una década tardó la marca en volar sola, y lo hizo cuando la Casa Real empezó a comprar el producto. Eso coincidió con la segunda fábrica, en Madrid, en 1927, el mismo año en que Daniel Carasso se mudó a París y fundó la Societé Parisienne du Yoghourt Danone. Endulzar el yogur terminó de cambiar la historia.
La época dorada llegó en los años 70: la compañía generó
16.500 millones de marcos franceses, unos 2.500 millones de euros actuales, solo en España, según el artículo académico de Juan Sevilla Álvarez sobre la expansión territorial y la fábrica de Salas. Después, la marca fue replicada, adaptada y versionada hasta el infinito.
Tres cierres de fábrica en diez años y una plantilla en caída
El de Parets no es un accidente aislado. La planta de Sevilla cerró en 2013 y dejó en la calle a 85 trabajadores. La de Salas, en Asturias, echó el cierre en 2021 con 80 empleados afectados. A esos dos golpes se sumó una reestructuración global que se llevó por delante 153 puestos en las filiales españolas. Ahora, los 157 de Parets del Vallès completan el tercer episodio.
La producción que se apaga lo dice todo: la compañía llegó a fabricar 174.000 toneladas anuales en Tres Cantos, 170.000 en Aldaia (Valencia) y 80.000 en la planta barcelonesa que acaba de cerrar. De las tres principales fábricas de lácteos en España queda el recuerdo y una capacidad que nadie ha venido a ocupar.
Factura más y gana menos: el beneficio cae un 36,8%
Los números de los dos últimos ejercicios dibujan una empresa que vende más y gana menos. Produits Frais Laitiers Iberia, la sociedad dominante del grupo en España, ganó
10,8 millones en 2022, un 36,8% menos que los 17,1 millones del ejercicio anterior. Y eso ocurrió mientras la facturación subía un 9,6%, de 768,9 a 842,9 millones. Un año antes, el beneficio ya se había desplomado un 80% por el coste del ERE.
¿Cómo se sostiene una caída así con más ingresos? Con márgenes que se estrechan y una estructura de costes que no se adapta al ritmo al que cae el volumen. Ahí está el argumento que la dirección ha usado para justificar cada cierre: menos litros, misma maquinaria.
Por qué la marca blanca le está comiendo el mercado
El discurso del producto premium se topa con una realidad incómoda: el yogur es un commodity y cada vez más gente lo trata como tal. Las marcas propias de las cadenas —Hacendado o Milbona entre ellas— han ganado terreno con una variedad enorme a precios ajustados. Y por arriba han aparecido fabricantes catalanes como Casa Armengol o La Fageda, orientados a una gama más alta. La marca se queda comprimida en el medio.
En ese contexto circula un cálculo que resume el descontento: un yogur con un coste de producción de
0,4 céntimos puesto a la venta a 1,20 euros. La cifra no viene de una auditoría, pero explica por qué mucha gente dejó de mirar la etiqueta roja. A eso se suma el debate nutricional: hay quien sostiene que el producto se ha vuelto un vehículo de azúcar y quien responde que los naturales siempre existieron y que el dulzor también puede venir de edulcorantes, no de sacarosa.
La publicidad que ya no vende y la etiqueta que espanta
Durante décadas, la televisión hizo el trabajo sucio. Reunía a la familia a la hora de la cena y las marcas pagaban un dineral por aparecer ahí, con la credibilidad prestada del medio. Ese circuito se ha roto: buena parte del público menor de 60 años no ve televisión lineal, consume plataformas y bloquea anuncios. La publicidad, cuando irrumpe, ya no genera simpatía; genera rechazo hacia el anunciante.
A eso se añade el desgaste reputacional. Una campaña publicitaria de la marca —conocida como Genaro— provocó un rechazo explícito en un segmento del público, hasta el punto de que hay hogares que dicen haberle cerrado la puerta al producto. Y una parte del debate derivó hacia atribuciones identitarias sobre el origen de la empresa y sospechas conspirativas que no cuentan con ninguna prueba; ese terreno no aporta análisis, solo ruido.
El dato que no cuadra
Danone facturó un 9,6% más en España y, al mismo tiempo, ganó un 36,8% menos. Cerró una fábrica más, siguió produciendo en otras dos y su plantilla española ya no llega a los 2.000 trabajadores. Con esa aritmética encima de la mesa, el debate sobre si el problema fue el precio, el azúcar o la política de la marca se queda donde empezó.