Milei en Davos: patada al colectivismo y dos facturas por pagar
¿Se puede subir al escenario del Foro Económico Mundial y decirle a los presentes que son parte del problema? Javier Milei lo intentó. Afirmó que ese recinto está «contaminado por la agenda socialista 2030» y que su objetivo allí era «plantar las ideas de la libertad». Remató con el latiguillo que ya funciona como marca registrada:
VIVA LA LIBERTAD, CARAJO. El gesto abrió dos frentes a la vez: si su diagnóstico económico se sostiene o es pura consigna, y si quien denuncia a la casta no es, a su vez, una pieza más del tablero.
Un discurso de primero de Economía
La acogida fue desigual incluso entre quienes simpatizan con el mensaje. Se le reprocha que el texto era un
papelito de primero de carrera, monótono y leído sin alma, y varios apuntaron a Huerta de Soto como autor de cabecera. En el lado positivo se le anotó una embestida contra el feminismo militante y el cierre triunfal. Lo que sí bordeó el aplauso fue una mención concreta: la denuncia de la «agenda sangrienta del aborto» dicha en voz alta en un recinto que casi nunca la escucha.
A partir de ahí, la conversación dejó de discutir el texto y empezó a discutir al hombre. Es el riesgo de quien convierte un discurso en un eslogan: el eslogan se queda, el argumento se diluye.
Del foro a la sospecha
Una parte del análisis no entró en su programa, sino en su lealtad. Se sostiene que es el
gatito mimoso del Foro Económico Mundial y que su intervención solo busca congraciarse con quien le sostiene. Aparecen también afirmaciones sobre grandes fondos de inversión anglosajones y supuestas agendas ocultas de alcance global. Nada de eso va acompañado de prueba alguna: son sospechas sin respaldo que circulan como si fueran datos.
Hay un detalle que incomoda a los dos bandos. El mismo hombre que denuncia al club aparece retratado en la foto oficial del club, con la sonrisa puesta y la acreditación colgada.
¿Liberal o un pirata económico?
El reproche más repetido es que Milei no es liberal, sino un oportunista que usa el libre mercado como bandera de conveniencia. La defensa más ordenada sostiene lo contrario: que las posiciones dominantes dentro de un mercado no son un fallo del sistema, y que el liberalismo consiste en montar un marco legal que impida el comercio por coacción, engaño y abuso.
La réplica llega desde el otro lado. Las empresas prefieren pactar precios antes que competir, porque la competencia les come la rentabilidad y eso es lo que de verdad les importa; los propios gobiernos sancionan esos pactos precisamente porque saben que existen. Y la meritocracia, se argumenta, choca con la equidad sin resolver ninguna de las dos cosas.
Argentina: casta, peronismo y 6 millones de inmigrantes
El contexto que más pesa es el país que recibe el mandato. Se describe como un Estado fallido en lo narco, con un peronismo que lleva 40 años controlando el Senado y, con él, el nombramiento de jueces, además de sindicatos dirigidos por dirigentes millonarios; más del 70% de la población dependería de la dádiva estatal. En ese marco, cualquier decisión que salga del mercado se ve como mal menor frente a lo que decida una clase política que, se dice, rivaliza en desastre con la de países sin instituciones.
La disputa histórica también aparece. Que Argentina fuese el país más rico del mundo se matiza: Luxemburgo lidera la renta per cápita y es irrelevante geopolíticamente, y aquel primer puesto argentino pudo ser un espejismo breve de los años 1890. Aun así, a finales del siglo XIX llegaron 6 millones de inmigrantes. Nadie cruza el océano para instalarse en una hambruna.
La factura del FMI y el problema de la justicia
Aquí llega el golpe bajo: conviene fijarse en lo que hace y no en lo que dice, porque de momento ha aceptado ayuda del Fondo Monetario Internacional. Empieza mal, se resume. La objeción de fondo es otra: que la ley sea igual para todos no garantiza que la justicia lo sea, porque no defiende igual un abogado caro que uno de oficio. De ahí la conclusión incómoda: vale más controlar a los jueces que pelearse por cambiar las leyes.
En el trasfondo asoma la vieja sentencia de que hay tres maneras de ser esclavo: nacer siéndolo, ser conquistado o deber dinero. El endeudamiento como mecanismo de dominación es la pieza que cierra el círculo.
Planificar lo que votan
Frente al plan estatal, el argumento liberal se apoya en casos concretos: infraestructuras decididas por criterio electoral, aeropuertos sin pasajeros, un AVE que se hace porque hay votos que dependen de él. Si el dinero lo pone el mercado, el que falla se arruina; si lo pone el Estado, paga el contribuyente. Y España suma cuatro décadas sin bajar el paro con la deuda sosteniendo el gasto.
Nadie niega que haga falta planificar. Se niega que quien planifica sepa más que el que arriesga su dinero.
Al final, el discurso que más aplausos levantó en Davos fue el que llegó escrito de casa. Y nadie sale de ese escenario con el carné de antisistema intacto.