Un dueño, cuatro perros y una anciana de 96 años muerta en Alguazas
Dos cachorras de cuatro meses, un dueño de 24 años y una investigación por homicidio por imprudencia. La defensa de Jesús M. cabe en una frase: «los dientes que tienen son de cachorras». Josefa Bravo tenía 96 años y murió en el Hospital Morales Meseguer de Murcia cuatro días después de ingresar con mordiscos y un desgarro en el brazo. La Guardia Civil le ha citado a declarar por la muerte de su vecina en la pedanía de El Paraje, en Alguazas, y el caso puede acabar en el juzgado por un supuesto homicidio por imprudencia o por lesiones graves con resultado de muerte.
El asunto enfrenta dos relatos que no comparten casi ningún dato. Y en medio, cuatro perros: dos cachorras, Puma y Loba, y dos ejemplares adultos de razas potencialmente peligrosas que siguen en la casa.
Qué sostiene el Ayuntamiento y qué responde el dueño
La versión municipal es la del escape y el ataque por sorpresa. Puma y Loba salieron de la parcela de Jesús M. y se echaron sobre la anciana cuando esta salió a la puerta de su casa a dar de comer a una colonia de gatos. Hasta allí se desplazaron la Policía Local y una ambulancia que no pudieron auxiliarla de inmediato porque los canes seguían agresivos; según el Consistorio, fue el padre del dueño quien tuvo que ir a llevárselos. Un familiar de la víctima asegura que el médico esperó media hora en la calle. «Me están arruinando la vida», dice el joven, que afirma no poder ni hacer la compra sin ser increpado.
Su reconstrucción va por otro camino. Sostiene que la mujer salió a escondidas, que está ciega y que aparta a los gatos grandes a bastonazos para que coman los pequeños: «se ve que ella vio a las perras y le dio un par de golpes a una». Después, el resbalón, el golpe en la cabeza y el codo partido. Y una coartada que repite: en el hospital, asegura, le dijeron que las mordeduras no eran de origen animal y que las heridas eran superficiales, sin puntos ni curas. La muerte, concluye, llegó por una desregulación del oxígeno y la tensión propia de la edad.
¿Puede un cachorro de cuatro meses romper un tensor metálico?
Aquí el relato se muerde la cola. Si los dientes son de cachorra, no deberían cargarse un tensor. Pero el escape, precisamente, se atribuye a que los animales rompieron el tensor de la valla con los dientes y abrieron un hueco por debajo de la alambrada oxidada del vecino. El dueño describe una valla de acero reforzado, más de 100 euros en materiales y más de treinta horas de trabajo, con dos líneas de bloques para impedir que escarbaran. «Yo más no podía hacer», insiste.
Las preguntas incomodan más por el lado económico. El propio implicado admite que podría haber tenido a los perros con más orden, pero que no le llegaba el dinero. La objeción que más se repite es la inversa: si no hay para chip, castración y seguro, ¿cómo hay para cuatro animales de este tamaño y estas razas?
La causa de la muerte y el homicidio por imprudencia
El nudo está en la causalidad. Unos mordiscos superficiales no matan a nadie, y ahí se agarra quien defiende al propietario; el problema es que la víctima ingresó con lesiones del ataque y falleció cuatro días después. Hay quien recuerda sentencias absolutorias en casos de puñetazo y muerte posterior por el golpe al caer, y quien responde que en esos fallos lo que faltaba era la autoría, no el nexo. La figura que sobrevuela es el homicidio preterintencional, con jurisprudencia que se consulta en el buscador del Cendoj y referencias a resoluciones como la de Zaragoza de 2019.
Sin informe forense no hay manera de cerrar el círculo. Si la muerte se desencadenó por el ataque, la responsabilidad del dueño de los perros es difícil de esquivar. Si se acredita una causa ajena, el escenario cambia por completo. Nadie quiere moverse de ahí.
Sacrificio cero, chip y colonias de gatos
El destino de los animales también se discute. La legislación de bienestar animal vigente establece el
sacrificio cero, lo que empuja a refugios y adopciones; hay quien ve en eso un traslado de costes al contribuyente y quien reclama directamente la esterilización y el control de estas razas. Se apunta además que los perros no estaban castrados ni inscritos en ningún registro, un extremo que el propio implicado no confirma.
Queda un detalle lateral que resume el absurdo administrativo: si alimentar colonias felinas está sujeto a autorización municipal, ¿acaba la familia de la fallecida con una sanción por dar de comer a los gatos? La tramitación sigue su curso y la pregunta, de momento, no tiene respuesta.
Los otros dos perros y el clima del pueblo
En la casa siguen
Gorda y
Joker, una hembra y un macho de razas potencialmente peligrosas, mientras el foco mediático se concentra en los cachorros y en su dueño. El joven describe un municipio donde no puede ni salir, y medios de todo el país se han desplazado a la zona. Vecinos y familiares mantienen posiciones enfrentadas sobre si los animales ya se habían escapado en otras ocasiones, un extremo que se afirma sin documento a la vista y que el propietario no reconoce.
Cuatro animales, dos cachorros, una valla de 100 euros y una mujer de 96 años. ¿Cuánto de esto es negligencia y cuánto es la peor edad posible para llevarse un susto?