El amor como transacción: cuando el sexo tiene precio
Un billete de 100 euros y una hora de compañía. La ecuación es tan antigua como el comercio, pero el diagnóstico que se hace de ella —y del hombre que la practica— sigue encendiendo pasiones. La tesis de partida es contundente: quien paga por sexo no solo compra un servicio, sino que
vende su alma, se vuelve incapaz de amar y de desear con algo más que el envoltorio. La respuesta no se hizo esperar: si eso fuera cierto, media humanidad estaría condenada.
El asunto, lejos de zanjarse, derivó hacia un terreno más incómodo. ¿Es la prostitución una lacra moral o una válvula de escape para hombres que, de otro modo, no tendrían acceso a ningún tipo de intimidad? ¿Y qué pasa con las mujeres que cobran? Porque ahí el relato se rompe:
hay quien sostiene que la mayoría lo hace por voluntad propia, que es un dinero fácil comparado con limpiar casas, y que el abolicionismo no protege a nadie, solo intenta monopolizar el mercado sexual.
El hombre que paga: ¿víctima, verdugo o cliente?
La conversación se dividió pronto en dos bandos irreconciliables. Por un lado, los que ven en el putero a un depredador que financia la decadencia y luego se queja de que ya no hay mujeres decentes. Por otro, los que lo retratan como un
pobre diablo: calvo, gordo, invisible para el mercado afectivo, que con 100 euros accede a lo que de otro modo le estaría vedado. La compasión, en este segundo relato, no es desprecio; es constatación de una realidad incómoda.
El argumento más repetido es el de la eficiencia emocional. Un hombre con los huevos vacíos —la expresión es literal— piensa con la cabeza y no con la polla, lo que le permite detectar
red flags en posibles parejas sin el sesgo de la urgencia sexual. Es decir, pagar por sexo no solo no impide amar, sino que facilitaría la elección de una pareja seria. La lógica tiene su retranca: si el objetivo es vaciarse para luego poder amar mejor, el putero sería un romántico mal comprendido.
Frente a esto, la crítica moral no se queda corta. Se acusa a los clientes de hipócritas: financian aquello que dicen detestar. Y se les recuerda que el amor puro no se compra, se merece. La respuesta de vuelta es aún más cínica:
toda relación de pareja es una forma de prostitución fraccionada, donde ella cobra en cenas, viajes y caprichos, y él paga a plazos. La diferencia con la tarifa plana es solo el contrato.
La oferta: ¿víctimas o empresarias del sexo?
Aquí el debate se vuelve especialmente ácido. La imagen de la prostituta obligada, demacrada y sin alternativas se tambalea. Se argumenta que muchas están ahí porque quieren, que hay universitarias sin apuros económicos que se prostituyen para pagarse bolsos y ropa cara, y que el abolicionismo es una guerra contra la evidencia.
Quitar la prostitución dejaría en la miseria a un 30% de las españolas, según un cálculo que circula y que, aunque exagerado, apunta a una dependencia económica real.
La crítica al abolicionismo tiene un nombre: monopolio. Si el Estado prohíbe la prostitución, el dinero que iba a las trabajadoras sexuales acaba en las arcas públicas o en manos de redes criminales. La acusación es directa: los abolicionistas no quieren proteger a las mujeres, quieren controlar el mercado. Y mientras tanto, la demanda no desaparece:
hay puteros porque hay putas, y viceversa. La oferta y la demanda, dicen, no se legislan con buenas intenciones.
El retrato de la trabajadora sexual como empresaria choca con la realidad de la calle, pero el argumento tiene su lógica interna. Si el sexo es un servicio, quien lo vende decide su precio. Otra cosa es que el Estado quiera quedarse con el negocio. La comparación con el alcohol o el juego no es gratuita: se victimiza al consumidor para justificar la prohibición, pero el consumidor solo compra lo que se le ofrece.
El amor como química: la puntilla cientifista
En medio del rifirrafe moral, alguien lanzó la bomba: el amor no existe. Son señales químicas para facilitar la reproducción, un engaño con fecha de caducidad. Lo que sostiene una familia son intereses comunes, respeto y convivencia. Pasados unos meses o años, de lo que llamamos amor no queda ni rastro. Si eso es así,
pagar por sexo no vende el alma, solo salta el trámite de la cortejo y la hipocresía romántica.
La tesis, aunque brutal, encaja con el tono general del debate. Si el amor es una construcción social, la prostitución es solo otra forma de intercambio. La diferencia con el
matrimonio es el contrato: uno es temporal y explícito, el otro indefinido y disfrazado de sentimiento. La conclusión, en ambos casos, es la misma: alguien paga y alguien cobra. La pregunta es si el envoltorio romántico hace que la transacción sea más noble.
El cierre del debate no llega. Unos siguen viendo en el putero a un hombre sin alma; otros, a un tipo práctico que ha entendido cómo funciona el mercado. Y en medio, la evidencia de que el sexo, como casi todo, tiene un precio. La única duda que queda es quién sale más caro: la que cobra por horas o la que cobra en cuotas.