Cómo se recicla el discurso antisemita: mismas piezas, distinto siglo
¿Por qué un prejuicio milenario vuelve cada cierto tiempo disfrazado de hallazgo científico? La tesis de que existiría un enemigo biológico común a millones de personas —sostenida por algunos participantes en una discusión de foro— no cuenta con ningún respaldo genético. Ninguno. Lo que reaparece, siglo tras siglo, es el mismo mecanismo: tomar un agravio real o imaginado y estirarlo hasta cubrir a todo un colectivo. El antisemitismo funciona así, con piezas intercambiables y un culpable siempre disponible.
¿Qué sostiene la tesis del enemigo genético y qué la desmiente?
El planteamiento central afirma que un grupo —definido por ascendencia y no por práctica religiosa— sería una suerte de adversario natural del resto de la humanidad. La idea se apoya en una supuesta condición heredada, no en datos. En el propio desarrollo del intercambio aparece la objeción básica: el judaísmo no es solo una religión, se argumenta, porque una persona atea de padres judíos seguiría siendo judía mientras que un ateo de padres cristianos dejaría de serlo. De ahí se salta a hablar de pueblo, de casta, de lazos que irían más allá de la creencia.
Ese salto es justamente el problema. De una característica cultural o religiosa compartida no se deduce una naturaleza biológica común, y menos una hostilidad innata. Ninguna clasificación racial tiene hoy validez científica: es un hecho consolidado, no una opinión.
Las citas de autoridad que nunca dicen lo que se les atribuye
Buena parte del material recurre a la cita clásica como aval. Aparecen pasajes atribuidos a Cicerón —que describió a los judíos como nación de mentirosos y engañadores— y a Edward Gibbon, el historiador inglés de la decadencia romana, que los retrató como una comunidad de costumbres hosca y aparte. También se rescata al ideólogo del régimen nazi Alfred Rosenberg, según el cual el judío sería un adorador perpetuo del Becerro de Oro. Y hay quien invoca la antigua Roma, con Vespasiano y Tito, como modelo de lo que habría que repetir.
Son textos reales. Su significado, en cambio, se estira hasta lo que no dicen. Una cita del siglo I o del XVIII documenta un prejuicio de su época; no certifica una condición natural. Que una idea se repita durante dos mil años demuestra su persistencia, no su veracidad.
Del rechazo a una política concreta a la hostilidad hacia un pueblo entero
Aquí conviven dos cosas que no son lo mismo. Por un lado, la crítica a decisiones concretas del Estado de
Israel: las restricciones a la libertad de circulación, las demoliciones de viviendas, las ejecuciones extrajudiciales o la tortura son objeciones políticas legítimas que el propio material enumera. Por otro, el paso siguiente, cuando de la denuncia de un gobierno se pasa a atribuir culpas al conjunto de las personas judías, dentro y fuera de Israel.
Ese tránsito —de la política al pueblo— es exactamente donde una crítica se convierte en prejuicio. La distinción importa y en el cuerpo del debate hay quien la defiende: no todos los judíos son sionistas, se dice, y de hecho muchos son contestatarios respecto a su propia tradición.
El dato que sí se puede discutir: 130.000 parejas
Hay cifras concretas en el material y merecen separarse de la consigna. Se afirma que unas 130.000 parejas viven separadas por las leyes israelíes de reunificación familiar, con colas continuas para poder verse. También se cita el desplazamiento de población entre Rusia e Israel, y se discute el peso de fortunas privadas comparadas con las grandes listas de multimillonarios. Son datos que admiten verificación y discusión; ninguno de ellos sostiene la tesis de un enemigo natural.
El resto del debate mezcla política, historia y desconfianza genérica. La aparición de teorías sobre grupos que lo controlarían todo sin pruebas es el indicador más claro de por dónde resbala la conversación.
Conviene recordar que estas afirmaciones sobre un supuesto enemigo común no están respaldadas por ninguna evidencia, y que cuando alguien las traslada a la vida real, el daño deja de ser teórico.
Dos mil años de repetición. Si la tesis fuera cierta, a estas alturas ya habría pruebas. Sigue siendo una cita detrás de otra.