El cambio climático como coartada: el 8M y la DANA de Valencia
La primera respuesta al desastre no fue un embalse ni una alerta temprana. Fue un tuit. El mensaje inicial del asunto que centra esta pieza —fechado en clave «Covid-8M»— despachó la catástrofe con dos frases: las inundaciones son culpa de los negacionistas y el Gobierno financiará a los científicos para combatir el
cambio climático. Cero mención a presas, cauces o protocolos. A partir de ahí, la conversación derivó en algo más incómodo: la sospecha, sostenida por varios participantes, de que el clima funciona como coartada presupuestaria.
Qué se dijo en el mensaje inicial
El planteamiento era simple y de manual: atribuir la catástrofe a quienes dudan del relato climático y anunciar dinero público para investigación. La respuesta más repetida no discutió la existencia del calentamiento global. Discutió el uso que se le da.
El cambio climático mata, reza el titular que da nombre al asunto, y sobre esa frase se construyó todo lo demás: adaptarse a la realidad, sí, pero con qué obras.
La paradoja que abre el fuego es sencilla: si el fenómeno es conocido desde hace décadas, ¿por qué se construyó en barranqueras? La pregunta la lanzó un participante sin rodeos: los valencianos saben lo que es una gota fría de toda la vida, luego ¿por qué hay decenas de miles de viviendas en zonas de evacuación natural?
La gota fría no la inventó 2024
El argumento histórico fue el más repetido y el más difícil de rebatir. Se citaron episodios anteriores: la riada de 1957, la de 1982 y los registros de siglos previos. Un participante recordó que la Albufera de Valencia es una antigua bahía colmatada por materiales aluviales arrastrados durante milenios, lo que convierte la zona en un delta de inundación recurrente, no en una anomalía reciente.
Otro aportó una cita textual de un libro de 1795, las
Observaciones sobre la historia natural, geografía, agricultura, poblaciones y frutos del Reyno de Valencia, de José Antonio Cavanilles, como prueba documental de que el problema es anterior a los coches, a la industria y a la etiqueta energética. La ironía circuló sola: calentamiento global en el siglo XVIII, culpa de los carruajes sin etiqueta.
¿Por qué se insiste en el clima y no en las presas?
Aquí está el núcleo económico del asunto. La tesis sostenida por varios participantes es que el relato climático permite gastar sin rendir cuentas: subvenciones a investigación, a adaptación, a planes verdes, con la ventaja de que pedir resultados te convierte automáticamente en negacionista. Es la crítica clásica al gasto público etiquetado como noble.
El contraste que más se repitió fue el del Plan Sur de 1957, la gran obra hidráulica que desvió el Turia tras la riada. La pregunta implícita: por qué no se acomete algo equivalente hoy. La respuesta que dio más gente: porque levantar embalses y limpiar cauces no da rédito electoral ni permite anuncio en televisión.
El dato que descoloca: menos tormentas con más calor
Uno de los aportes más citados fue un estudio sobre la Pequeña Edad de Hielo (1300-1840). Según ese material, durante aquel periodo la actividad de tormentas fue muy superior a la actual, con el mar más frío y niveles de CO₂ de 270 ppm frente a los 425 ppm actuales. Fue, siempre según esa fuente, uno de los periodos de mayor intensidad de los últimos 11.000 años.
El corolario lógico de ese dato es incómodo para el relato oficial: si con menos CO₂ había más tormentas, la relación simple entre temperatura y precipitación extrema no se sostiene. No niega el cambio climático. Niega que sirva como explicación única de lo ocurrido.
La crítica a la gestión: alertas, cauces y competencias
Más allá del clima, el asunto derivó hacia la gestión concreta. Se mencionaron protocolos de aviso hidrológico, caudales que pasaron de decenas a miles de metros cúbicos por segundo en horas y correos internos entre organismos. La acusación recurrente no fue meteorológica sino administrativa: nadie avisó a tiempo.
También apareció la crítica al perfil del personal técnico y a los tiempos de respuesta institucional, con un argumento que se repite en cualquier catástrofe: contratar más funcionarios no arregla nada si el protocolo falla. Es discutible, pero es el tipo de objeción que no se responde con un tuit sobre negacionistas.
El cierre: dos relatos y un mismo muerto
El resumen del asunto cabe en una frase que se repitió con distintas palabras: el Gobierno tiene un relato y los afectados tienen una pregunta. El relato es el clima. La pregunta es por qué el agua llegó sin aviso y por qué se sigue construyendo donde el agua llega.
Mientras esa pregunta no tenga respuesta técnica —embalses, cauces, alertas, ordenación del territorio—, el debate seguirá girando en falso. Y cada temporada de lluvias volverá a ponerlo encima de la mesa. ¿Cuántas veces más?