Trump recupera la Casa Blanca y el Rust Belt sella la elección
La noche electoral estadounidense se decidió antes de que muchos se fueran a la cama. Con las primeras mesas cerrando en Georgia, Kentucky, Carolina del Sur, Indiana, Vermont y Virginia, el recuento empezó a perfilar un resultado que horas después ya nadie discutía:
Donald Trump vuelve a la Casa Blanca. El republicano acumuló
4,8 millones de votos de ventaja sobre Kamala Harris y se llevó los tres estados que dirimían el mapa: Wisconsin, Míchigan y Pensilvania. Las proyecciones que auguraban una victoria demócrata ajustada se desinflaron en tiempo real, mientras la Reserva Federal recortaba los tipos un cuarto de punto hasta el rango del 4,50%-4,75%.
El seguimiento se hizo por dos canales con buena cobertura en directo,
La Voz de las Américas y
Bloomberg. A medida que cerraban mesas quedó claro que no habría sorpresa de madrugada ni la «magia» de última hora que algunos esperaban.
Qué es el colegio electoral y por qué 270 votos lo deciden todo
El presidente de Estados Unidos no se elige por voto directo. Los votantes designan a representantes y son esos
538 votos electorales los que deciden el resultado. La cifra sale de sumar dos senadores por estado más un número de diputados proporcional a la población, de ahí que Alaska aporte 3 votos y California reparta decenas.
Ganar exige acumular 270. La pelea se concentró en
93 votos repartidos entre siete estados que se preveían indecisos: Georgia (16) y Carolina del Norte (16), Míchigan (15), Pensilvania (19), Arizona (11), Wisconsin (10) y Nevada (6). Todo el sistema, con su conocida distorsión entre voto popular y resultado final, se jugaba en ese puñado de territorios.
Arizona se decide por 2.000 votos y Nevada acelera el recuento
Los primeros resultados llegaron con poco margen. Indiana y Kentucky cayeron del lado republicano; Vermont y Nuevo México, del demócrata. En Arizona, uno de los estados bisagra, el escrutinio iba
50-50 con el 51% de los votos contados y apenas
2.000 papeletas de diferencia a favor de Trump.
El Distrito de Columbia ofreció la estampa más desigual de la noche: Harris se llevó un
93% frente al 7% del republicano en la capital administrativa. Nevada, por su parte, aceleró el recuento tras los problemas de la convocatoria anterior y se inclinó por Trump con un margen cómodo.
El Rust Belt que se le escapó a Harris
El desenlace se cocinó en el cinturón industrial. Con el escrutinio avanzado, Trump se imponía por
+0,9 puntos en Wisconsin, +1,5 en Míchigan y +2,0 en Pensilvania. A Harris le habría bastado con ganar esos tres para ser presidenta. No ganó ninguno.
El detalle incómodo es que los tres estados tienen gobernadores demócratas y en los tres apuntaban a victorias demócratas al Senado. Hubo, por tanto, un número relevante de votantes que marcó la papeleta del senador de un partido y, en la misma cabina, la de Trump para la presidencia. Un voto escindido que rompe la lectura de bloques cerrados y sugiere un rechazo personal hacia la candidata más que un giro ideológico de fondo.
Los pronósticos que volvieron a fallar
Los modelos que dominaron la campaña quedaron otra vez retratados. Varias proyecciones finales daban la victoria a Harris con 270 o 276 votos electorales, mientras otras —las menos— situaban a Trump en 275. El resultado real dejó a los modelos mayoritarios en evidencia, un patrón que se repite convocatoria tras convocatoria.
En las cadenas españolas no fue distinto. Hubo analistas que, con parte del escrutinio ya avanzado y malas señales en zonas rurales, seguían describiendo unos comicios muy apretados. La distancia entre ese relato y el desenlace ilustra por qué buena parte del público dejó de fiarse de las encuestas.
¿Por qué faltan diez millones de votos respecto a 2020?
El recuento dejó una cifra incómoda: alrededor de
diez millones de votos menos que en 2020, con casi toda la caída concentrada en el lado demócrata. El voto de Trump se mantuvo llamativamente estable —
74 millones entonces, más de 72 ahora— mientras el demócrata se hundía. La abstención, más que el trasvase, explica buena parte del resultado.
Aquí el análisis se parte en dos. Hay quien sostiene que aquellos diez millones de votantes aparecieron una sola vez, en 2020, para echar a Trump y, cumplido el objetivo, no volvieron. Y hay quien va más lejos y afirma que aquella cifra nunca fue real, señalando irregularidades en el voto postal. Esa segunda hipótesis circula sin pruebas que la respalden y ningún tribunal la ha validado.
Los ricos votan a la izquierda y los pobres a la derecha
El mapa por renta dejó una estampa casi caricaturesca. Los condados más acaudalados del país —Manhattan, Marin, San Francisco, San Mateo— se inclinaron por Harris. Los más pobres, por Trump. La paradoja desmonta el relato de que un partido representa al pueblo llano y el otro a los poderosos.
A eso se suma el perfil del votante que decidió. La campaña republicana conectó con el voto rural, con parte del electorado hispano que rechaza fragmentos de la agenda cultural progresista y con una clase trabajadora que llevaba años sin sentirse interpelada. Los datos de participación apuntan a que ese trasvase, más que un entusiasmo masivo, fue lo que inclinó la balanza.
La Fed recorta tipos y Alemania calcula la factura arancelaria
La política monetaria no esperó al escrutinio. La Reserva Federal bajó los tipos un cuarto de punto, hasta el
4,50%-4,75%, una decisión leída como un intento de amortiguar la incertidumbre económica. Al otro lado del Atlántico, el Instituto Económico Alemán estimó que una nueva guerra comercial podría costarle al país
180.000 millones de euros durante los cuatro años de mandato.
Es el tipo de cuenta que anticipa el ciclo que viene: aranceles, represalias y una Europa que vuelve a comprobar su dependencia del mercado estadounidense. El Senado, mientras tanto, apuntaba a una mayoría republicana de hasta
55 escaños, lo que daría a Trump un margen amplio para legislar.
Los candidatos a vicepresidente, mejores que los titulares
Una conclusión transversal de la noche fue el nivel de los segundos espadas. J.D. Vance, el candidato republicano a vicepresidente, es un hombre joven que viene de una familia humilde y proyecta cercanía con las clases medias y bajas. Tim Walz, el demócrata, es gobernador de Minnesota, con gran capacidad de comunicación y un discurso centrado en la sanidad pública y los salarios.
Ambos, coinciden muchas voces, resultan más sólidos que quienes encabezaban las candidaturas. Trump llegará a los 82 años al final del mandato, una edad que invita a mirar con lupa a quien tendría la llave de la Casa Blanca en caso de imprevisto.
Con el mapa cerrado, queda la pregunta que nadie ha resuelto: qué pasó realmente con aquellos diez millones de votos de 2020. Las explicaciones oficiales apuntan a la movilización puntual, pero el dato sigue sin encajar del todo. Y mientras no encaje, la grieta entre quienes creen una versión y quienes creen la otra no hará más que ensancharse.