El Mundo reduce la conquista a plata, patatas y gérmenes
¿De verdad España se llevó toda la
plata de América y no dejó nada a cambio salvo enfermedades? Es lo que se deduce del tuit que El Mundo publicó a propósito de una entrevista con el historiador Charles C. Mann, autor de «1491», donde se resume la conquista con una frase que ya es meme: «Nos llevamos la plata, el tabaco y las patatas y dejamos a cambio un montón de gérmenes mortales». La pieza ha reabierto una guerra cultural que lleva cinco siglos sin tregua y que en España se libra, sobre todo, entre quienes piden perdón por todo y quienes no piensan pedirlo por nada.
El titular del diario no es inocente. Mann, según la propia entrevista, sostiene que no hubo «victoria moral» en ninguno de los dos modelos coloniales: el español extrajo riqueza pero no exterminó a la población indígena; el anglosajón arrasó con los pueblos originarios pero construyó sociedades «mucho más viables económicamente». La conclusión del autor, citada en el texto, es que ninguna opción es buena. El problema es que el resumen que ha circulado por redes convierte ese matiz en un titular de una sola dirección: España mala, anglosajones eficientes.
Qué se llevó España realmente de América
El primer dato que desmonta el titular es la plata. La extracción no fue ni de todo el territorio ni tan rentable como sugiere la frase. Un cálculo que circula en el análisis compara el volumen histórico con la actividad minera actual: solo las empresas canadienses extraen hoy, en un año, más plata de la que España sacó de América en trescientos. La cifra exacta, desglosada, sorprende a quien la ve por primera vez.
El segundo matiz es el destino del metal. Buena parte de los metales preciosos extraídos se quedaron en el propio continente, financiando iglesias, hospitales, universidades y obra pública. La plata que cruzó el Atlántico acabó, en no pocos casos, pagando las guerras europeas de la Monarquía Hispánica. Un negocio redondo para los banqueros genoveses y flamencos, no tanto para el contribuyente castellano.
El intercambio que el titular oculta
La lista de lo que España dejó en América es más larga que la de lo que se llevó. Caballos, cerdos, trigo, arroz, la rueda, la metalurgia, una lengua común a todo un continente y una red de universidades que, según los datos manejados en el análisis, llegó a 33 fundaciones en Hispanoamérica y Filipinas. También dejó la sífilis, que viajó en sentido contrario y se cobró lo suyo en Europa.
Lo de las universidades tiene truco. Se argumenta, con razón, que a ellas no iba el hijo del campesino indígena, sino el criollo y el español peninsular. El hijo del campesino de Albacete tampoco pisaba la universidad en la misma época. La comparación, llevada al extremo, deja a ambos modelos coloniales en evidencia: la educación superior era un privilegio en Lima y en Salamanca.
El argumento demográfico que nadie discute
Si España hubiera exterminado a la población indígena, como sostiene el relato anglosajón, Hispanoamérica no sería hoy un continente mayoritariamente mestizo. Ese es el contraargumento más repetido: los ejércitos de Cortés y Pizarro eran, en su mayoría, indígenas aliados de los conquistadores, y las sociedades resultantes mezclaron sangre europea, indígena y africana en proporciones que no se dieron en el norte.
La cifra que se maneja sobre la emigración española a América durante el periodo imperial ronda 1,86 millones de personas entre 1492 y 1832, con otros 3,5 millones en la etapa posvirreinal. Con esos números, la idea de un reemplazo total de población es matemáticamente imposible. Otra cosa es la catástrofe demográfica por enfermedades, que sí fue brutal y que ningún historiador serio niega.
La guerra cultural que no termina
El patrón se repite cada vez que un medio anglosajón publica algo sobre la leyenda negra. Hay quien detecta un sesgo sistemático en la producción académica sajona sobre el imperio español, como si sacudir a España diera laureles y financiación. La sospecha es vieja y no siempre injustificada: la historiografía protestante construyó su identidad en parte contra el catolicismo hispano.
En el otro extremo, la reacción española suele caer en el mismo error que critica: convertir la conquista en una epopeya sin sombras. Ni todo fue genocidio ni todo fue civilización. La frase del tuit de El Mundo es tan tramposa como la respuesta que la niega en bloque. Con estos mimbres, el debate seguirá abierto otros quinientos años. Y sin pedir perdón, claro.