29 años, dependiente y con pánico a la calle: el NINI definitivo
Roberto Hernández, 29 años, vive en Albacete. Desde hace una década no puede salir a la calle sin sufrir ataques de ansiedad. Su madre, trabajadora de hostelería, le mantiene y le acompaña a terapia. El padre, escéptico, cree que "trabajando se le quitaría la tontería". El caso, publicado por El Digital de Albacete el 21 de febrero de 2026, ha reabierto el debate sobre los límites de la protección social y la responsabilidad individual.
Una década de reclusión consentida
El origen del trastorno se sitúa a los 8 años, cuando Roberto sufrió los primeros ataques de ansiedad. En el colegio, un orientador le dijo que si le daba ansiedad bajara a su despacho a respirar. Un día el orientador no estaba, y Roberto nunca volvió a clase. Desde entonces, el miedo se ha cronificado. "Salgo como cualquier persona, pero a lo mejor llego a la puerta y no puedo más", explica en la entrevista.
El coste económico recae íntegramente en la madre. No hay prestación pública que cubra su situación. El padre, ausente del relato, aparece solo para decir que "con trabajo se cura". El entorno familiar se convierte así en una red de seguridad que, para algunos analistas, evita que el enfermo enfrente su fobia.
¿Enfermedad real o fracaso del sistema?
El caso divide opiniones. Por un lado, quienes sostienen que la agorafobia es un trastorno incapacitante bien documentado, y que exponer al paciente a la calle sin apoyo profesional puede agravarlo. Por otro, una corriente más crítica apunta a la sobreprotección: la madre que le acompaña a cada terapia, el colegio que falló, la ausencia de límites. "Si su supervivencia dependiera de salir, saldría", resume un observador.
El perfil dibujado por algunos críticos incluye rasgos comunes: introversión, físico poco agraciado, madre sobreprotectora, padre ausente, satisfacción plena en el ordenador. Una espiral de la que es difícil salir sin terapia de choque.
El precio de la inacción
Mientras el debate continúa, Roberto sigue en casa. Su madre trabaja para mantenerlo. La pregunta incómoda la lanza un comentario: "¿De quién va a vivir cuando los padres ya no estén?". La respuesta, hoy, no existe. El sistema sanitario público le ofrece terapia, pero no una solución. Y el entorno laboral, con una tasa de paro juvenil que sigue lastrando a los menos formados, no ofrece alternativas sencillas.
Un símbolo de nuestro tiempo
El caso de Roberto Hernández no es único. Los datos de la última EPA muestran que más de 800.000 jóvenes españoles no estudian ni trabajan. La mayoría no tiene un diagnóstico clínico, pero comparten la desconexión del mercado laboral y de la vida social. Albacete, además, es una provincia con baja densidad de empleo juvenil. "Sal de ahí, a mí me empezó a ir mejor cuando me fui", dice un testimonio.
El final del artículo no cierra. Roberto sigue en casa. Su madre, en el trabajo. El padre, en su escepticismo. Y la sociedad, dividida entre la compasión y la exigencia. La única certeza es que el caso ha puesto nombre al NINI definitivo: un hombre de 29 años atrapado en su propia puerta.