Cola kilométrica y gritos contra Putin en el funeral de Navalny
¿Cuántas personas hay que sacar a la calle para que una cola de varios kilómetros deje de ser una anécdota? El funeral de Alexei Navalny en el distrito maryino de Moscú, el 1 de marzo, reunió a cientos de ciudadanos que corearon «No a la
guerra» y el apellido del opositor mientras la fila se estiraba durante kilómetros. El cementerio permaneció cerrado ese día, los agentes empujaban a quienes depositaban flores con un «vamos, pasen rápido» y había efectivos desplegados incluso en las azoteas de los edificios cercanos.
Qué se vio en el funeral de Navalny en Moscú
El féretro llegó a la iglesia entre gritos de «Alexei» y de «Putin es un asesino», según los testimonios gráficos difundidos durante la jornada. En las inmediaciones se escuchó otra consigna,
el amor es más fuerte que el miedo, repetida por quienes esperaban turno para despedirse. En el ambiente había algo que no encaja con un entierro discreto: cientos de personas cantando el nombre de un hombre al que el Estado había etiquetado como extremista.
La escena se repitió a lo largo de varias horas, con la comitiva abriéndose paso entre una multitud que no dejaba de crecer. El dato que más se repitió en las crónicas fue el de la longitud de la fila, medida en kilómetros y no en metros. La vigilancia, en cambio, se midió en altura: agentes en los tejados controlando cada movimiento desde arriba.
¿Cuántas personas acudieron y cuánto pesa esa cifra?
Aquí empieza el pulso. Las versiones que circularon hablan de
cientos de personas en los alrededores de la iglesia y de una cola de varios kilómetros, con el cementerio cerrado y una presencia policial notable en la zona. Es la lectura que subraya el carácter masivo y espontáneo de la despedida.
En el extremo opuesto, otra corriente reduce el asunto a cuatro gatos y añade un matiz: de los asistentes, la mitad serían simples curiosos. Entre ambos polos aparece una cifra intermedia,
el medio millar de personas, que se usa para quitarle épica al acto sin negarlo del todo. El contraste que se lanza contra esas estimaciones es siempre el mismo: cientos de miles o millones de rusos respaldan al Kremlin, de modo que la foto de Moscú no representaría al país.
El problema de esa comparación es que mezcla magnitudes distintas. Una cosa es el apoyo declarado en un sistema donde manifestar lo contrario tiene coste, y otra la disposición real a salir a la calle en un funeral vigilado. Lo que sí es indiscutible es que ninguna de las partes niega la existencia del acto: solo discuten su tamaño.
Cánticos, detenciones y el riesgo legal de salir a la calle
El contexto normativo es la pieza que cambia el significado de la cifra. Una de las tesis defendidas con más insistencia es que en Rusia sigue vigente parte de la legislación aprobada durante la pandemia, con multas para quien se manifiesta y penas de cárcel para los reincidentes. Bajo ese marco, dejarse ver en una concentración no es un gesto inocuo.
De ahí sale el argumento de que los asistentes estaban haciendo algo más que rendir homenaje. Hay quien va más lejos y sostiene que a los detenidos por depositar flores se les han llegado a cursar órdenes de reclutamiento forzoso, y se habla de
más de 500 arrestos vinculados a esos actos de memoria. Son afirmaciones que circulan atribuidas a quienes las defienden y que no constan aquí verificadas de forma independiente.
La otra cara de la moneda la pone quien recuerda que el funeral se celebró, después de todo, sin una represión masiva visible. Ese contraste —permitir el entierro y vigilarlo desde las azoteas— es el que mejor retrata la ambigüedad de la respuesta estatal.
¿De qué murió Navalny según la inteligencia ucraniana?
Uno de los elementos más incómodos del caso apareció de forma inesperada. El jefe de la Dirección Principal de Inteligencia del Ministerio de Defensa de Ucrania, Kyrylo Budanov, declaró en un foro que Navalny murió como consecuencia de un coágulo de sangre desprendido y que ese extremo estaba
más o menos confirmado.
La declaración rompe la línea argumental de una de las partes, porque sitúa la muerte en el terreno de lo natural y no en el del crimen ordenado. Quienes sostienen la hipótesis del asesinato responden que un preso en condiciones de aislamiento difícilmente fallece por causas ajenas a la prisión, y subrayan que la filtración procede de un servicio de inteligencia en guerra con Moscú.
Lo cierto es que el estado del asunto sigue abierto: no hay una versión oficial rusa detallada sobre las circunstancias del fallecimiento y las dos lecturas conviven sin que ninguna haya quedado cerrada.
El otro eje: economía rusa, imperio y expansión de la OTAN
Debajo del funeral late una discusión más vieja sobre por qué Rusia vota lo que vota. La cronología que se maneja sitúa el punto de inflexión en el
default de 1998, el mismo año en que Putin fue designado al frente del FSB. A partir de ahí, recuperación económica, recentralización del Estado y devolución al sector público del control mayoritario de los activos en materias primas.
La objeción a ese relato es que el crecimiento arranca antes y que otras repúblicas exsoviéticas, con menos recursos y sin culto al líder, lo han hecho mejor en términos de desigualdad. El índice de Gini que se cita para apoyarlo muestra una concentración de renta superior a la de los vecinos bálticos. El contraargumento cultural alude a una figura paternalista, el
bátiushka, que también existió con los zares y que explicaría la tolerancia al mando fuerte.
En el plano exterior, se rescata la advertencia de George Kennan, uno de los arquitectos de la contención, contra la ampliación de la OTAN hacia el este una vez desaparecida la URSS. Y se menciona la irrupción de Boris Johnson en las negociaciones para sostener que hubo una ventana cerrada por intereses ajenos a Europa. Nadie ha demostrado cuánto pesó cada factor. Todos tienen su culpable favorito.
Al final, la cola de Moscú duró varias horas, se cerró un cementerio, se contaron detenciones y se cantó el nombre de un muerto. La única cifra que nadie discute es la que mide la fila. Y ni esa se ponen de acuerdo en cuántos metros tenía.