El Madrid como ariete del relato antirracista
El Real Madrid ha dejado de ser un club de fútbol para convertirse, según una corriente de opinión cada vez más ruidosa, en la punta de lanza de un relato que sitúa a España en el banquillo. La tesis que recorre el asunto es simple: la entidad presidida por Florentino Pérez habría aceptado el papel de plataforma desde la que se proyecta una imagen del país como infierno racista, con Vinicius Jr. como rostro visible y Netflix como altavoz. El detonante inmediato fue la grabación de un documental en el Santiago Bernabéu, un rodaje que, para muchos, convirtió un partido en un plató y a los aficionados en figurantes de un guion escrito de antemano.
La discusión no es nueva, pero ha mutado. Ya no se discute si Vinicius recibe insultos —hecho que nadie niega—, sino qué se hace con ellos y quién capitaliza el relato. Hay quien sostiene que el brasileño ha pasado de víctima a actor necesario de una operación mediática; enfrente pesa el argumento de que ningún jugador debería tener que aguantar lo que él aguanta. Entre ambos extremos, el fútbol español asiste a un choque que trasciende la grada.
El documental de Netflix y la teoría del guion
El rodaje de la productora en el estadio madrileño fue interpretado por una parte del público como una provocación calculada. La secuencia, según ese relato, era previsible: cámara, incidente, puño en alto y portada. La sospecha no es baladí. El Valencia cerró Mestalla a la productora, negándose a grabar en el interior del estadio y a conceder entrevistas, un gesto que algunos leyeron como dignidad institucional y otros como simple cálculo. El Madrid, en cambio, habría abierto las puertas de par en par.
La acusación de fondo es más ambiciosa: que el club blanco se ha convertido en el vehículo perfecto para instalar en Europa la idea de un apartheid que, según esta versión, nunca existió aquí con la intensidad que se le atribuye. La elección del fútbol no sería casual. Es el deporte con mayor audiencia global y el Real Madrid, el club con más proyección internacional. El escenario, por tanto, es el óptimo para lanzar un mensaje que, según los críticos, busca generar un sentimiento de culpa colectivo.
¿Por qué el Madrid y no otro club?
Porque es el más global y el más expuesto. La paradoja que señalan los analistas más ácidos es que el club que presume de españolidad —con el escudo, la corona y el nombre— es también el que más ha desdibujado esa seña de identidad en su plantilla. La comparación con la época de Hierro, Raúl, Casillas, Salgado o Guti se repite como lamento: aquel Madrid ganaba Champions con acento castellano; este, dicen, parece la selección francesa. El fichaje de Mbappé y el interés por otros jugadores internacionales alimentan esa sensación de desarraigo.
No es un argumento nuevo. Ya circulaba cuando el club fichó a jugadores de origen africano o latinoamericano, pero ahora se mezcla con el asunto Vinicius y adquiere otra dimensión. La pregunta que sobrevuela es incómoda: ¿puede un club ser el ariete del relato antirracista y, al mismo tiempo, el más criticado por su afición por el jugador que lo encarna? La respuesta, según los críticos, es que sí, porque ambas cosas sirven al mismo fin: mantener al Madrid en el centro del tablero mediático.
El negocio del fútbol y la hipocresía del aficionado
Más allá del caso concreto, el asunto destapa una crítica más amplia: el fútbol como negocio de masas que ha vaciado de sentido la experiencia del aficionado. La descripción que hacen algunos asistentes habituales a los estadios es reveladora. El público, dicen, está sentado, mirando el móvil, pendiente de las apuestas deportivas o de cualquier otra pantalla. Las gradas de animación cantan lo que les pagan por cantar, gane o pierda el equipo. El partido, como acontecimiento deportivo, ha quedado reducido a un telón de fondo.
Esa desconexión explica, en parte, por qué el relato del racismo encuentra terreno abonado. Si el aficionado ya no está en el partido, si lo que ocurre en la grada le resbala, el club puede permitirse convertirse en otra cosa: una plataforma de mensajes, un escaparate de causas, un actor político. La crítica no es solo al Madrid, sino al ecosistema entero. El fútbol femenino, señalan algunos, ha sido utilizado con la misma lógica: como cabeza de puente de una cruzada que trasciende el deporte.
El punto donde el análisis se atasca es siempre el mismo. Nadie discute que Vinicius recibe insultos. Nadie discute que el racismo existe y es condenable. Lo que se discute es qué se hace con ese hecho: si se combate o se explota. Y ahí, las posiciones se vuelven irreconciliables. Unos ven una víctima valiente; otros, un actor obediente de un guion que le supera. El fútbol, mientras tanto, sigue siendo el escenario donde España se mira al espejo y no le gusta lo que ve.